Freemasonry

La historia oculta de la masonería

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Para los historiadores, la masonería nació en 1717 gracias a los pastores protestantes ingleses James Anderson y J. T. Desaguliers, pero es lógico que sus ritos y creencias estuvieran inspiradas en creencias muy anteriores cuyos orígenes siguen en disputa ¿Proceden acaso de los Antiguos Misterios Paganos, del templo del Rey Salomón, de los templarios o de los Masones Operativos de la Edad Media?

En el Museo Británico se conservan dos de los documentos masónicos más antiguos que se conocen. Parecen remontarse a 1390 y 1450 respectivamente. El primero recibe el nombre de Manuscrito Regius, y el segundo es llamado Manuscrito Matthew Cooke. Tiene dos partes, conocidas como «la Historia» y «los Cargos Antiguos», que formaban parte de las Regulaciones generales masónicas compiladas en 1720, y que James Anderson utilizó también como material de referencia en sus Constituciones tres años antes. En el mejor de los casos, entonces, las primeras menciones masónicas datan del siglo XIV. ¿Es esa la antigüedad de la poderosa sociedad o existe un origen anterior, mítico y misterioso?

Estética salomónica

El ocultista pionero Eliphas Levi nos recuerda una leyenda masónica que relaciona los orígenes de esta institución con un manuscrito del siglo VIII sobre la construcción del templo de Salomón y su arquitecto Hiram Abiff.

El mítico templo era un auténtico tratado de geometría que reproducía en sus estructuras simbólicas los diferentes planos o niveles del cosmos. Su verdadera importancia es más bien alegórica. Así, esta construcción no sería más que una reproducción de la bóveda celeste donde el Sol es el rey y el altar apuntaría a la constelación de Aries. Algo que queda patente en la Epístola a los hebreos (9,24) cuando dice que «no entró Cristo en un santuario hecho por la mano del hombre, imagen del verdadero, sino en el cielo mismo».

Aún hoy, la decoración de las logias masónicas representa en su techo la bóveda celeste y, a su alrededor están los signos del zodiaco.

La Biblia dice que para la construcción del templo de Jerusalén fueron necesarios 153.300 trabajadores, divididos jerárquicamente en tres grados: 70.000 aprendices, 80.000 oficiales o compañeros y 3.300 maestros. Asegura la leyenda que se reconocían entre sí por medio de palabras secretas, señales y toques, diferentes para cada categoría.

Según la tradición masónica, Hiram completó la construcción del templo en siete años y, después, fue asesinado a golpes. «Cuando la construcción del templo de Salomón llegaba a su fin –explica el erudito masónico Mario Pérez Ruiz–, tres compañeros desearon conocer los secretos de los maestros y así disfrutar de ese grado y al no conocer la palabra secreta asesinaron a golpes a Hiram Abiff».

Los asesinos enterraron el cadáver lejos de Jerusalén y Salomón ordenó que nueve maestros lo buscaran… Y lo hallaron. Para reconocer el lugar donde fue sepultado plantaron allí una rama de acacia.

El relato de la muerte de Hiram guarda relación simbólica con Osiris. El arquitecto del templo de los judíos fue asesinado en la puerta occidental del templo, que es donde se pone el Sol. En la mitología egipcia los Salones del Amenti, regidos por el dios de la muerte y la reencarnación, están situados, también, en Occidente. Osiris se levanta de entre los muertos en el norte, que en la mitología egipcia está regida por Leo. Hiram Abiff es levantado de entre los muertos mediante un estrechamiento de manos masónico denominado la presa del león. Y, finalmente, tanto en los misterios masónicos como en los egipcios el «dios» que ha resucitado es enterrado en una colina y señalizado con un árbol.

La entrada al templo de Salomón estaba flanqueada por dos columnas conocidas con los nombres de Jachim y Boaz, a la guisa de los obeliscos que hacían lo propio en los templos egipcios. Las inscripciones que se hallan, por ejemplo, en el obelisco egipcio situado en el Central Park de Nueva York, mostrarían símbolos masónicos de tiempos de Tutmosis III. Lawrence Gardner asegura que Hiram Abiff retomó la costumbre egipcia de situar pilares a la entrada de los templos cuando situó Jachin y Boaz en el Templo de Salomón. Su interior era hueco y estaba pensado así para salvaguardar los archivos y los textos de las normas de los constructores.

Para los historiadores masónicos no es coincidencia: «Toda luz viene de Oriente; toda iniciación de Egipto», dejó escrito Cagliostro, fundador del Rito de la masonería egipcia. Hoy, el recuerdo de la luz de Egipto sigue fascinando a muchos masones, que no dejan de soñar con el esplendor y la perfección de las pirámides o los templos de la civilización faraónica.

Sufíes, sabeos y templarios

No obstante –nos recuerda Gérard Galtier– para la mayoría de francmasones, la Tierra Santa es la de Jerusalén y lo que convendría reconstruir es el templo de esa ciudad.

Y es que, en efecto, Salomón guarda la llave que permite abrir los secretos de la moderna francmasonería. Ya desde el siglo XVIII, varios autores sugirieron que el origen de la masonería había que buscarlo en los templarios. Según las teorías de estos estudiosos, esta fraternidad de monjes-guerreros fundada en 1118 habría permanecido encerrada nueve años en el templo de los judíos y tras una rápida expansión por Europa habría sido responsable de la financiación de buena parte de las catedrales góticas. ¿Acaso el movimiento masónico tomó su iniciativa de los templarios?

El célebre escritor Robert Graves deduce que la masonería fue introducida en Europa, y concretamente en Escocia, bajo la apariencia de un gremio de artesanos gracias a los templarios. Esta Orden habría recuperado en Tierra Santa abundante documentación islámica y judía, de ahí que algunos especialistas perciban en las enseñanzas masónicas cierta influencia sufí.

El traductor de las Mil y una noches, Sir Richard Burton, definió al sufismo como el pariente oriental de la masonería. Más lejos llega Idries Shah al concluir que «Boaz» y Salomón no fueron israelitas sino arquitectos sufíes. De hecho, Salomón es venerado por el Islam como un profeta. Pero Jorge Blaschke y Santiago Río aclaran que los sufíes no son su origen primigenio. Las raíces de sus enseñanzas radicarían en los sabeos, una secta de artesanos y comerciantes que profesaban una doctrina helenística atribuida a Hermes y que se concentraron en la Alta Mesopotamia y al noroeste de Alepo entre los siglos IX y XI. Practicaban un comunismo iniciático que propagaba un ritual de compañerismo, un entendimiento entre cuerpos de un mismo oficio.

En su opinión, la reforma de la masonería en Londres, a principios del siglo XVIII, cometió un grave error, ya que confundió con hebreos los términos sarracenos, desvirtuando la antigua tradición sufí.

Constructores de catedrales

Pero la mayoría de historiadores coincide en que los inicios de la masonería radican en las corporaciones de oficios y constructores medievales.

«Hablamos de hombres que interpretaban en un sentido muy sutil esa pedagogía de masas que la Iglesia pone en marcha en función de la piedra, ese arte ilustrativo que trataba de transmitirle al pueblo lo que no podía leer porque no sabía», explica Eduardo R. Callaey. «Cuando ves un pórtico románico es un libro que trata de transmitir cosas. A lo largo de la historia de la humanidad construir siempre ha tenido una connotación sagrada porque lo que se erigían eran templos. Lo demás no ha perdurado. Lo que ha llegado hasta nosotros es la piedra de los zigurats, las pirámides, los grandes templos de Oriente. Por lo tanto, siempre hubo una connotación sagrada en el oficio de construir».

En su opinión, esa responsabilidad recayó durante el Medievo en las órdenes monásticas y, en especial, en la benedictina (ver entrevista). En efecto, bajo la dirección de los grandes abades aparecerán las primeras expresiones de una arquitectura renovada que mostrará sus posibilidades en el arte románico y estallará con toda su potencia en el gótico. Bajo su protección encontraremos también las primeras evidencias de una masonería primitiva, fruto de la renovación del conocimiento y las técnicas de la construcción.

Los benedictinos primero y más tarde los cistercienses, dominarán la construcción. Cada convento es una colonia donde, además de dedicarse a la práctica de la piedad, se estudian las lenguas, la teología y la filosofía, se ocupan activamente de la agricultura y se ejercitan y enseñan todos los oficios… Los abades trazan los planos y dirigen su construcción, estableciendo de este modo una corriente de inteligencia entre los conventos.

Si Callaey está en lo cierto, la espiritualidad de Occidente subyace en las raíces del esoterismo judeocristiano y el trabajo iniciático de refinar la «piedra bruta» –símbolo central de la doctrina masónica– encuentra un antecedente directo en la acción de «cuadrar la piedra», planteada por los grandes maestros benedictinos como alegoría de la construcción del «hombre espiritual», apto para la tarea de erigir sobre la Tierra el reflejo de la Ciudad Sagrada, la mítica Jerusalén Celeste. Esto no deja de ser una tremenda ironía a la luz de la actitud combativa que siempre ha demostrado la Iglesia frente a la masonería.

Para demostrarlo, el historiador argentino esgrime fuentes de época y escritos históricos, como un manuscrito de Wilhelm de Hirsau, uno de los más grandes abades constructores de la Orden Benedictina en el siglo XI, en el que se hace referencia al mandil y a su profunda significación.

Xavier Casinos asegura que los masones gozaban además de privilegios que no tenían otros artesanos, como la libertad o franquicia de trasladarse de un lugar a otro para realizar su trabajo. Por eso se les llamaba también francmasones o freemasons (albañiles libres). Esa movilidad, en cualquier caso, dio lugar a los signos secretos, con objeto de reconocerse entre sí cuando acudían a una nueva construcción.

Durante el siglo XVII tuvo lugar el proceso de transición que llevó a los gremios de constructores a convertirse en la masonería tal y como la conocemos en la actualidad. Es decir, abandonó su operatividad para transformarse en una sociedad filosófica que mantenía buena parte de la simbología medieval, como el compás, la escuadra, el mandil y la plomada. Con el nacimiento de esta masonería especulativa sus miembros ya no deberán construir una catedral, sino una humanidad mejor a partir del templo interior de cada masón.

El caballero Ramsay introdujo la «hipótesis templaria», más adecuada para la nobleza del siglo XVIII que el carácter burgués de las Corporaciones de Oficio, y dio nacimiento al sistema conocido hoy como Rito Escocés Antiguo y Aceptado. A partir de entonces, se introdujo un nuevo elemento de controversia entre quienes abrazaron el origen templario de la institución como fundamento histórico de la Orden y quienes intentaron sostener su origen en los constructores de catedrales.

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Rosslyn y el secreto de los masones escoceses

Esta discusión, que ya lleva más de dos siglos, se ha visto incentivada en los últimos años con la aparición de numerosos libros, tanto históricos como debidos a los defensores de este origen templario de la Masonería. Muchos creen haber encontrado en la capilla de Rosslyn el nexo definitivo que uniría el destino de la Orden del Temple y los maestros canteros.

Según los escritores británicos Christopher Knight y Robert Lomas, el punto de partida de la francmasonería hay que buscarlo aquí, porque los miembros de la familia Saint Clair de Rosslyn se convirtieron en los Grandes Maestres hereditarios de las Artes, Gremios y órdenes de Escocia y ostentaron el cargo de Maestre de los Masones de escocia hasta finales del siglo XVIII.

La capilla de Rosslyn se halla a 16 Km de Edimburgo. Fue erigida entre 1440 y 1490 por William Saint Clair y sus paredes y columnas parecen esconder un conocimiento ancestral transmitido a través de generaciones. La relación entre los templarios y Rosslyn se remontaría a los tiempos de la primera cruzada. Henry Saint Clair participó en ella junto al fundador del Temple Hugues de Payns, casado con su sobrina Catherine. A su regreso recibirá el título de barón. Aunque su nombre no figura entre los nueve fundadores de la Orden del Temple, es evidente que ambos mantenían estrechos vínculos.

La hipótesis de Knight y Lomas plantea que William Saint Clair, conocedor de que los manuscritos supuestamente recuperados por los templarios en el Templo de Salomón habían sido guardados en Escocia, construyó Rosslyn para custodiarlos y establecer una Nueva Jerusalén. Esto, naturalmente, supone admitir que los templarios no viajaron a Tierra Santa para defender a los peregrinos sino con un propósito más bien arqueológico. Por esa razón, nueve hombres (como los que hallaron el cuerpo de Hiram) permanecieron nueve años encerrados entre sus muros. Muchos expertos han reparado en la persistencia de esta clave numérica: el 9. Resulta que la novena letra del alfabeto hebreo es la Tav (la Tau griega). Esta letra, representada por el noveno sefiroth cabalístico (Yesod o Fundación) se relaciona con la serpiente y el secreto de la sabiduría. Pero es que, además, la marca de la tau era la que los cainitas llevaban sobre la frente cuando Moisés se encontró con ellos. En la capilla de Rosslyn, curiosamente, los catorce pilares han sido dispuestos de tal manera que los ocho del lado este trazan la forma de una triple Tau. Sospecho que Hugues de Payns y sus ocho freires fundadores ignoraban los códigos y el significado de lo hallado en el Templo y, por ello, tuvieron que recurrir a la ayuda de cabalistas judíos y sabios islámicos, a través de su protector san Bernardo de Claraval, el reformador del Císter.

Dos siglos después la simbología había sido desvelada y puesto a salvo en la capilla de Rosslyn. Este santuario sería por tanto una evocación del templo de Salomón, con torres y un enorme techo central de forma curva sostenido por arcos. Una reconstrucción del templo que estaría adornada con simbolismo nazareo (secta religiosa contemporánea a Jesús cuya etimología viene de Custodio o Conservador) y templario encaminado a dar cobijo al «secreto».

Cuando las logias escocesas decidieron elegir una Gran Logia para su administración, convinieron que sir William Sinclair (descendiente directo por línea paterna del constructor de la capilla) ocupara el cargo vitalicio de gran maestre.

El retorno de la Antigua Alianza

En seguida surgieron desacuerdos en el seno de la masonería inglesa. Tras el establecimiento de la Gran Logia de Londres se formaron dos grupos: los «antiguos» y los «modernos». A estos últimos les preocupaba que los antiguos hubieran decidido preservar el patrimonio jacobita (Partidario del derecho divino de los monarcas) y la amenaza que ello suponía para la casa Hannover, de corte protestante.

Los jacobitas veían en la leyenda de Hiram, en el tercer grado de su rito, una alegoría sobre el asesinato de Carlos I Estuardo, como si los símbolos hubieran sido tomados de la conjura que tramaron los partidarios de este rey para vengar su muerte y colocar en el trono a su hijo. Aunque, según refiere Gerard de Nerval, una versión muy similar de la leyenda de la muerte de Hiram se escuchaba en los cafés de Estambul en forma de cuentos.

Esto abre un serio interrogante acerca del origen de la ceremonia más importante de la francmasonería, aunque tal vez la fuente original del grado de maestro resida en las abadías pues, como nos aclaró Callaey, existe una llamativa semejanza entre esta ceremonia de exaltación y los votos del monje benedictino en su última etapa de ordenación. Esto significaría un retorno a la Antigua Alianza con los católicos jacobitas, quienes introdujeron muchos elementos centrales de los rituales con base templaria y explicaría la abundante presencia de eclesiásticos en la francmasonería del siglo XVIII.

in Akasico.com

DeMolay!

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No dia 18 de março de 1314, foi queimado na fogueira às margens do rio Sena, o 23º e último Grão-Mestre da Ordem do Templo, chamado de templário. Vários outros companheiros haviam sido vítimas de torturas, fogueiras ou humilhações, pelo colégio inquisitorial católico e pela monarquia francesa, principal deflagradora do processo de desarticulação da maior ordem militar europeia. Tudo sob os auspícios da autoridade papal ambígua e incapaz de fazer frente aos interesses e exércitos de Felipe IV.

Ainda que haja milhares de explicações históricas para a fatídica extinção do Templo, é necessário fazer do episódio uma metáfora e, por isso mesmo, a figura de DeMolay entrou para a história como sinônimo de resistência contra a tirania, contra a maldade, contra a perseguição. A imolação da vítima serviu para anunciar os novos tempos: a centralização monárquica, a formação de exércitos nacionais, a radicalização dos dogmas, o sistema financeiro nacional, enfim, um conjunto responsável pelo mundo moderno e contemporâneo. Não morreu o ideal de cavalaria, sustentado na palavra de honra, na moral defendida com o fio da espada, da coragem, do bem. Embora tenha sido ridicularizado por Miguel de Cervantes a criticar os romances de cavalaria tardia, em seu Dom Quixote, esses ideais transformaram-se e ganharam foros simbólicos. Os símbolos inspiram a consciência, elevando-a para um novo patamar de compreensão.

Multiplicaram-se as ordens simbólicas e entre elas, uma das mais importantes organizações juvenis do mundo: a Ordem DeMolay. Responsável por cultivar valores ligados à família, à cidadania, educação pública, reúnem-se periodicamente os jovens que se interessam num novo padrão simbólico, sem sangue, sem guerras, sem destruição, cujo campo de batalha está no íntimo. Esses jovens erram e acertam, refletem sobre o mundo e sobre si mesmo e transformam-se, forjados com essa linha ética que mantém uma ligação indissociável com aquele mártir.

Mato Grosso deve estar orgulhoso. Temos João Bosco Monteiro da Silva Júnior como Grande Mestre Nacional Adjunto da Ordem DeMolay, essa organização extremamente conceituada que pretende fazer dos jovens pessoas melhores e líderes de uma transformação moralizadora. Além disso, congrega vários Capítulos em Cuiabá, Várzea Grande e outras tantas cidades, formatando uma teia de relação de troca de experiência para esses jovens engajados naquele ideal simbólico de cavalaria.

DeMolay virou lenda, símbolo, inspiração. Os méritos desta e de outras figuras deste quilate, é fazer das vivências um manual, um guia, um catecismo. Num tempo onde pode parecer ultrapassado o culto da honra, é justamente nisso que se apoia a nossa salvação enquanto comunidade: estabelecendo laços perpétuos de credibilidade. Parabéns a todos os que cultivam essas idéias e se sacrificam por elas.

por Eduardo Mahon, Gazeta Digital

L’honneur de René Guénon et l’Orient Orthodoxe

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L’honneur de René Guénon est d’avoir eu raison contre son temps, mais aussi de n’avoir pas dévié du sens de sa mission ; à savoir : “réorienter” ce qui pouvait l’être dans le monde moderne. Le fait de constater que, à strictement parler, la modernité est, en fait, “l’occidentalité” elle-même a déjà été largement débattu et, si d’aucuns, lecteurs attentifs de Guénon, ont pu juger opportun de déclarer que la vision guénonienne de l’Orient était par trop partiale, voir partielle et subjective, il n’en demeure pas moins incontestable que, ce qu’il y a de “moderniste” dans les civilisations orientales depuis une centaine d’années a, bel et bien, pour origine l’Occident, au sens le plus large.

Outre cette réserve, il est également de bon ton aujourd’hui, que chacun de ceux qui se mêlent d’écrire sur et autour de la Tradition, y aillent de son petit paragraphe “personnel” sur l’erreur de Guénon, c’est-à-dire son “analyse” du Christianisme et de l’ésotérisme chrétien en particulier.

Il semble bien, en effet, qu’un certain nombre de lecteurs de René Guénon connaissent quelque troubles dans leur “tentative” de concilier christianisme et “guénonisme”, comme si l’un et l’autre pouvait avoir une commune mesure.

Nous voudrions rappeler ici, tout d’abord, deux données essentielles. Primo, c’est la plus simple à dire et à entendre : le “guénonisme”, précisément n’existe pas et n’a pas même à exister. René Guénon a “appelé” ceux qui le pouvaient à reprendre un contact vivant avec leur, ou une, tradition vivante. Il a exposé très clairement, et magistralement selon nous, pourquoi et comment ! Secundo, il a, précisément, exposé et explicité cela à l’intention particulière des “occidentaux”. On a déjà, et avec force raison, écrit, et dit, que l’œuvre de René Guénon était inutile, voir superfétatoire, pour, par exemple, un moine de l’Athos, un initié soufi ou taoïste ou encore un lama bouddhiste. Tout au contraire est-elle strictement nécessaire aux occidentaux qui, en toute logique, devraient être chrétiens …

Le problème, si c’en est un, est justement là ; car, lorsque René Guénon écrivait et vivait encore en France, que lui fut-il donné de rencontrer en la matière ? Des chrétiens certes, mais d’une part Francs-Maçons, gnostiques, “hermétistes”, symbolistes ou occultistes et, d’autre part néo-thomistes … Et, René Guénon, “témoin et passeur de la Tradition” d’écrire pour ou contre ces gens-là très spécialement. Négativement pour opposer à toutes les influences délétères la clarté des enseignements sapientiaux ; positivement pour rappeler énergiquement l’aspect proprement essentiel, donc éminemment vital, de ces enseignements.

En toute logique, si cela devait être fait c’est qu’il manquait bien quelque chose ! La confusion des ordres et des domaines résultait bien de ce manque cruel. Et nous pouvons affirmer avec René Guénon que ce qui manquait c’était bien, en définitive, le sens de la Tradition, sa présence et le lien qui y unit. Quand à savoir d’où et de quand provenait cette perte … la réponse aussi faisait défaut !

L’Orient est vaste. Celui auquel s’abreuva René Guénon fut celui de l’Inde, celui de la humma musulmane, du Taoïsme aussi … mais il y manqua celui de l’Orthodoxie ! Lui en faire le reproche aujourd’hui serait abusif et ce, d’autant qu’il avait, par ailleurs, judicieusement cerné les causes du problème soulevé par la compréhension de l’ésotérisme chrétien en Occident.

Il semble bien, en effet, que le passage d’une tradition “polythéiste” à la voie “monothéiste” n’ait pas été vécu aussi douloureusement en Grèce, puis dans les pays slaves, « lorsque Byzance répandit la flamme de la foi dans l’espace hyperboréen », pour reprendre l’heureuse formule de Serge Boulgakov ; qu’il le fut en Occident où, par ailleurs, il advint que, plus tard, le christianisme s’incorpora, plus qu’ailleurs le légalisme romain. Avant même l’avènement glorieux de la voie christique, toutes les initiations plus ou moins orthodoxes, se tenaient, à Rome, face à ce “légalisme politico-religieux” et opposaient à son ritualisme, certes nécessaire, les voies spirituelles visant rien moins qu’à l’intériorisation, par chaque initié, de l’enseignement le plus subtil des religions.

L’Eglise, de par sa vocation “universelle”, vocation “unifiante”, dût donc trouver et tâcher de conserver un subtil équilibre entre “religiosité politique et légaliste” et voie spirituelle vivante et doctrine “intériorisante”. Deux attitudes s’affirmait qui ne tardèrent pas à s’opposer, jusqu’à la rupture … « la robe sans couture fut déchirée » !

Dans son ouvrage, Le Graal roman[1], Nikos Vardhikas, pressent bien le mythe et les légendes du saint Graal comme un ultime soubresaut de la Tradition indivise … L’origine celtique, aujourd’hui reconnue, de ces légendes semble donner raison à ce pressentiment. En effet, les Eglises dites celtiques, gardèrent, par delà le respect et l’obéissance du à Rome, de profonds rapports avec l’Eglise d’Orient et sa théologie. Le Grec fut, par exemple, à égalité avec le Latin, la langue de diffusion de la théologie en Irlande (certaines paroisses pratiquaient même des Liturgies en langue grecque …)[2] …

On connaît assez les différents qui opposèrent les tenants de la tradition “romaine” et ceux de l’irlandaise (ou celtique), sur la date de Pâques, la Liturgie et même la conception du monachisme … mais on constate trop peu souvent que c’est après l’acceptation des normes “romaines” que commencent à fleurir les légendes arthuriennes, c’est aussi peu de temps après le grand schisme[3] … Mais nous trouvons également dans cette continuité les origines, admises par certains, de la Franc-Maçonnerie organisée[4], que l’on lie, le plus souvent, et sans “preuves tangibles”, avec l’Ordre du Temple … Mais, nous n’aurons pas ici le temps d’aller plus loin dans cette voie. Toutefois, nous voulons, précisément attirer l’attention de nos lecteurs sur ce point que, René Guénon, avait, bel et bien raison de reconnaître l’ésotérisme chrétien dans le foisonnement de ces récits … ce qui manqua ce fut l’essentiel, à savoir la possibilité de revivifier l’enseignement qu’ils contenaient. Mais, les choix faits par l’Eglise d’Occident, au lieu de ramener à Elle et en Elle ces précieux enseignements, les en éloignèrent plus encore, et ceux-ci se cristallisèrent dans des formes diverses, selon les milieux rencontrés pour aboutir à l’opposition flagrante d’un exotérisme et d’un ésotérisme, tous deux se figurant être “absolu et unique”[5]. Et, cela René Guénon l’a constaté ! Ce que certains lui reprochent aujourd’hui tient au fait de cette réalité historique et spirituelle … l’honneur de René Guénon c’est aussi d’avoir tenu compte de ces réalités-là dans la perspective et la mission qui étaient siennes …

Afin d’étayer notre propos nous voudrions nous arrêter sur la notion de “Paternité spirituelle”. En effet, si René Guénon a continuellement insisté sur l’importance de la transmission traditionnelle de la spiritualité la plus pure, ce n’est pas un hasard et, si cette notion se trouve, bien que parfois masquée par des développements aventureux, au cœur des récits arthuriens ce n’est pas, non plus, par hasard …

Or, la spiritualité Orthodoxe, à toujours offert la possibilité de l’épanouissement de cette notion primordiale.

Les conseils des différents ermites aux chevaliers, dans les récits arthuriens, s’apparentent tous, de près ou de loin, à la tradition des la prière perpétuelle et de la théosis. Ces saints personnages, en tout cas, ressortissent bien de l’image couramment admise du “Père spirituel”.

Ignace Brianchaninov appelle la paternité spirituelle : le « sacrement de filiation ». Il précise d’ailleurs, en accord avec la tradition Orthodoxe, qu’un Père spirituel n’est pas « un maître qui enseigne mais un “père” qui engendre ».

En outre l’Eglise reconnaît, dans son usage du mot “père” deux traditions distinctes : d’une part la “paternité fonctionnelle” (qui remonte à saint Ignace d’Antioche) qui fait que l’on appelle “père” tout Evêque ou prêtre en fonction de son sacerdoce ; d’autre part la “paternité spirituelle”, proprement dites, qui remonte aux Pères du désert, moines ou laïcs (saint Antoine, par exemple, était un laïc). Plus proche de nous dans le temps, Paul Evdokimov rappellera, quant à lui, que la condition essentielle qui légitime un Père spirituel c’est « d’être d’abord devenu soi-même pneumatikos ». Saint Syméon le Nouveau Théologien disait lui : « Pour donner l’Esprit Saint il faut l’avoir ».

Il se révèle donc, à travers cet usage du terme “père”, deux pratiques qui rejoignent ce que René Guénon nommait, faute de mieux, de son propre aveux, l’exotérisme et l’ésotérisme ou, la religion fonctionnelle et la voie spirituelle d’intériorisation, d’indentification et d’Union, les deux n’étant, dans ce cas, nullement en contradiction ou en opposition l’une avec l’autre[6].

Paul Evdokimov rappelait également, et fort opportunément, que, selon les Pères : « tout croyant peut se faire “moine intériorisé” et trouver l’équivalent des vœux monastiques, exactement au même titre, dans les circonstances personnelles de sa vie, qu’il soit célibataire ou marié ». Ce qui est parfaitement affirmé par l’Eglise d’Orient pour laquelle tout baptisé passe, lors du sacrement de l’onction chrismale, par le rite de la tonsure qui le consacre entièrement au Seigneur. Ce rite, analogue au rite monastique, invite chacun à retrouver le sens du monachisme “intériorisé” que le sacrement enseigne à tous mais que tous ne peuvent réaliser …

Ces minces réflexions s’ajouteront, nous l’espérons, aux notes sur l’Hésychasme de Michel Valsan, et contribueront, si Dieu le veut, à faire apparaître que, contrairement à ce qu’une actuelle tendance, en Europe occidentale, voudrait faire accroire, la “pensée” traditionnelle revivifiée par René Guénon, ne s’oppose en rien à la véritable tradition chrétienne, mais que, bien au contraire, celle-là pourrait, fort opportunément, éclairer celle-ci (dans l’aire occidentale) sur ce qu’elle a manqué de conserver au cours de son “évolution”.

En conclusion, tout ceci démontre bien, nous semble-t-il, à qui connaît, en profondeur le message de René Guénon, à quel point ce dernier est tout à fait conforme à la tradition “orientale” du Christianisme !

(Paru, en roumain ; « Meritul lui René Guénon si Orientul Ortodox » in Oriens, Studii traditionale, Niome si Rostiri René Guénon, Edition Aion, 2006.)

[1] Nikos Vardhikas, Le Graal roman, 1997, Jean Curutchet / Editions Harriet…

[2] Par exemple le grec dit littéralement “triade” pour Trinité … ce qui ne devait pas manquer de constituer un attrait particulier pour les premiers théologiens et mystiques de l’Eglise d’Irlande

[3] La théorie des deux Glaives et la conception même d’un saint Empire, sont étrangers aux doctrines traditionnelles des Celtes. La conception celtique de l’Autorité spirituelle et du Pouvoir temporel fut bien plus proche de celle de l’Empire Byzantin et de la symphonie des Pouvoirs. Les traditions romaines et germaniques, dominées par une spiritualité à forte connotation kshatriya, ont imposées leurs perspectives dans les domaines spirituels et temporels. Elles ont forgés l’Occident !

[4] En Ecosse, par ailleurs, pays aux origines celtiques …

[5] Si le Pape, possède bien les attributs de Janus, dieu des initiations, pourquoi donc celles-ci devraient avoir besoin de s’organiser hors de l’Eglise, cherchant une arche autre que l’Arche ? Les évêques Orthodoxes, choisis parmi les moines, ont conservés sur leurs bâtons pastoraux le Caducée … symbole « hermétique » et, donc, ésotérique s’il en est …

[6] « Nous dirons, en précisant, que si un mystère n’est pas un secret, cela est particulièrement vrai du mystère chrétien, continuant la condition même du Dieu Incarné, à la fois offert dans sa plénitude à chacun, et invisible pour ceux qui ne le voient pas. On est, essentiellement dans un autre univers que celui de la doctrine ésotérique protégeant, par une initiation secrète, sa “vérité universelle” contre les psychiques et les hyliques. La distinction, elle-même extérieure, entre ésotérique et exotérique, est dépourvue de sens ici, car il ne s’agit plus d’une continuation cachée et niant le temps d’un passé sacré, mais d’une continuation de Présence, à chaque instant créatrice et vivifiante, – on dirait d’une contemporanéité de l’Esprit. ». Monseigneur André Scrima, cité in « Etudes et documents d’Hésychasme », Michel Valsan, Etudes Traditionnelles.

by Thierry Jolif

Orígenes esotéricos de las catedrales

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Entre los siglos XI y XIV, en poco más de 250 años, Francia asistió a la construcción de 80 catedrales y más de 500 grandes iglesias. Algo muy similar ocurrió, aunque en menor medida, en otros países europeos, como Inglaterra, Alemania o España.

Semejante afán constructor ha estado siempre rodeado de un halo de misterio y, especialmente en las últimas décadas, multitud de trabajos han pretendido ver en estos prodigios del saber y la fe de la Edad Media, y en la aparición supuestamente repentina del estilo gótico, una demostración física y palpable del conocimiento esotérico de templarios o alquimistas. Sin embargo, buena parte de esta bibliografía dedicada a analizar el supuesto hermetismo de los templos medievales –y más especialmente de las catedrales góticas– suele contener numerosos errores. Entre ellos, uno de los más repetidos asegura que buena parte de las catedrales góticas, así como la creación de este estilo arquitectónico, tienen su origen en los caballeros templarios.

En realidad, si a alguien debemos el surgimiento del gótico es a Suger, abad de Saint-Denis, y es seguro que los célebres caballeros poco tuvieron que ver con la edificación de estos hermosos e impresionantes templos. ¿Significa esto que dichas creaciones medievales carecen de enigmas? Más bien el contrario. Ciertamente, los constructores medievales, auténticos creadores de estos complejos y sorprendentes «rascacielos», insuflaron en sus obras toda una serie de conocimientos y mensajes que podemos calificar de esotéricos sin que, por otra parte, ello implique que tales ideas resultasen heréticas o contrarias a las doctrinas de la Iglesia. Desde la concepción del edificio en un plano, pasando por su orientación o el trazado de su planta, todos y cada uno de los elementos de una catedral o una iglesia eran planteados cuidadosamente siguiendo unos esquemas cargados de simbolismo y de un conocimiento que en buena medida se había heredado de la antigüedad.

LA ESCUELA PITAGÓRICA

La principal herramienta constructiva de los maestros de obra medievales era la geometría, una disciplina que todo constructor tenía la obligación de dominar a la perfección. Con la única ayuda de figuras geométricas simples, como el círculo, el cuadrado y el triángulo, los constructores eran capaces de crear las plantas y los alzados más complejos y hermosos. Sin embargo, y a pesar del dominio que mostraban en esta disciplina, la base de dicho conocimiento no era un logro propio, si no que procedía de la más remota antigüedad, aunque fue la Escuela Pitagórica la que se hizo más célebre por aplicar dicho saber. La secta creada por este sabio de Samos en el siglo VI a.C. fundamentaba todas sus enseñanzas en la importancia del número como medida de todas las cosas. Pitágoras y sus seguidores no veían los números –y las figuras geométricas que se derivaban de ellos– como simples cifras, sino que les atribuían un valor simbólico y místico. Así, entre los números considerados «divinos» por los pitagóricos –hay otros, pero estos son los más destacados– está el 10, cuyo resultado se obtiene sumando los cuatro primeros números enteros: 1, 2, 3 y 4. Esta cifra, la Década, era representada por ellos mediante una figura geométrica llamada tetracktys, un triángulo equilátero formado por una base de cuatro puntos, que según iba ascendiendo tenía uno menos, hasta llegar a la cúspide, con uno solo.

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Foto (c) LM – 2008 [Sta. Maria do Olival; Tomar; Portugal]

Más importante aún que la Década fue su mitad, el cinco, la péntada y su representación geométrica, el pentalfa o pentagrama. Esta cifra era para los pitagóricos símbolo de la salud, del hombre, del crecimiento, de la armonía natural y del movimiento del alma. Del mismo modo, lo consideraban una cifra «nupcial», pues unía al primer número entero par (el 2), considerado por ellos como femenino, con el primer impar (el 3), de carácter masculino. Además, era también un símbolo del microcosmos y su representación geométrica, el pentagrama, contiene el número aúreo o divina proporción. La importancia de este símbolo era mucho mayor, pues el pentalfa era el símbolo utilizado por los miembros de dicha secta como signo de reconocimiento entre ellos.

Además de estos números sagrados, otra figura geométrica surgida de las doctrinas pitagóricas, el triángulo rectángulo del famoso Teorema de Pitágoras, tuvo también un interés especial para los arquitectos medievales. Este triángulo tiene la particularidad de que sus lados están en progresión aritmética: 3-4-5, y puede generarse mediante una herramienta llamada «cuerda de los constructores» y que consta de 12 espacios iguales. Todos estos conocimientos habrían sido adquiridos por Pitágoras, según la tradición, durante su estancia en Egipto, aunque desarrollados por él en su escuela de Crotona.

LA LEY DEL SECRETO

Pero además de estos conocimientos, la secta fundada por este sabio griego poseía algunas características que más tarde se repetirían en las logias de constructores medievales. La Escuela Pitagórica poseía una estructura o separación jerárquica entre sus alumnos, quienes eran divididos en matemáticos –quienes ya habían sido iniciados en los secretos de la escuela– y acusmáticos, los aprendices que todavía esperaban su iniciación y que hasta entonces recibían enseñanzas simples, siempre tras una cortina que les impedía ver al maestro, a quien se limitaban a escuchar de viva voz. Una jerarquización similar existía en las logias de constructores medievales, quienes se dividían en aprendices, oficiales y maestros. Por otra parte, entre los pitagóricos existía una «ley de secreto», que les impedía revelar los conocimientos aprendidos a los no iniciados. Si alguien quebrantaba esta ley, era considerado un hereje de forma inmediata, y repudiado e ignorado por todos.

Esta misma «regla de silencio» la encontramos entre los constructores medievales, como evidencian algunos documentos que se conservan. Los Estatutos de Ratisbona, de 1459, son explícitos en este sentido: «Ningún trabajador, ni maestro, ni jornalero enseñará a nadie, se llame como se llame, que no sea miembro de nuestro oficio y que nunca haya hecho trabajos de albañil, cómo extraer el alzado de la planta de un edificio». Se establecía así una obligación de secreto que obligaba al aprendiz que había sido iniciado en el grado de oficial a no revelar los nuevos conocimientos adquiridos. Al igual que sucedía con los pitagóricos y su pentagrama, entre los constructores medievales existían también signos y señas de reconocimiento, que no podían ser reveladas, y que eran recibidas al completar el aprendizaje. Entre estos símbolos se encontraban los famosos compases, escuadras, plomadas y niveles, que siglos más tarde serían adoptados por la masonería especulativa.

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Por otro lado, no todos aquellos que lo deseaban eran aceptados como aspirantes a futuros oficiales o maestros. Además de una serie de requisitos «básicos» (haber nacido libre –no esclavo– y ser hombre «de buenas costumbres, no vivir en concubinato y no entregarse al juego), no se admitía a los aprendices si éstos no manifestaban poseer aptitudes especiales para comprender el lenguaje simbólico utilizado por maestros y oficiales, el cual estaba especialmente plasmado en esculturas y fachadas. Todas estas enseñanzas y conocimientos de la escuela pitagórica pasaron a las logias medievales gracias a dos vías: en primer lugar mediante la arquitectura, a través de a los constructores romanos (los llamados Collegia Frabrorum) y, por otra parte, a través de la filosofía platónica y neoplatónica, deudora de Pitágoras, y recogida por los Padres de la Iglesia. el número, pensamiento divino La huella de estas doctrinas esotéricas, aplicadas por los constructores, es evidente en los diseños realizados en catedrales y templos medievales, pues todos ellos siguen las reglas de un tipo de matemáticas sagradas, tal y como señala el historiador del arte y experto en simbología Emile Mâle, en su libro Arte religioso en la Francia del siglo XIII: «Esquemas de este tipo presuponen una creencia razonada en la virtud de los números y, de hecho, en la Edad Media nadie dudó que los números estaban dotados con algunos poderes ocultos».

El propio San Agustín creía que cada número tenía un significado divino, pues interpretaba los números como pensamientos de Dios: «La Sabiduría Divina está reflejada en los números impresos en todas las cosas». Conocer la ciencia de los números, equivalía a conocer la ciencia del Universo y, por lo tanto, a dominar sus secretos.

GEOMETRÍA SAGRADA

Esta importancia de la matemática y los números es especialmente evidente en el papel destacado de la geometría (que no es sino una plasmación gráfica de estos últimos). En El simbolismo del templo cristiano (Ed. José J. Olañeta, 2000), Jean Hani, profesor de la Universidad de Amiens, señala al respecto: «La geometría, base de la arquitectura, fue hasta el comienzo de la época moderna una ciencia sagrada, cuya formulación por lo que a Occidente se refiere proviene precisamente del Timeo de Platón y, a través de éste, se remonta a los pitagóricos». En época medieval se popularizó también la representación de Dios como geómetra, el Creador como Gran Arquitecto del Universo, una designación que pasaría siglos después a la masonería especulativa. En estas representaciones Dios aparece representado con un compás, uno de los emblemas de los maestros constructores, que también aparece plasmado en muchos edificios medievales. Esta importancia extraordinaria de la geometría se hace manifiesta en algunos de los textos conservados de los maestros masones, en los que a su vez se aprecia también el carácter secreto de sus enseñanzas, como en este cuarteto de época medieval: «Un punto hay en el círculo que en el cuadrado y triángulo se coloca. ¿Conoces tú este punto? ¡Todo irá bien! ¿No lo conoces? ¡Todo será en vano!»

Una de las figuras geométricas más importantes entre los constructores medievales, el pentagrama, evidencia de nuevo sus raíces pitagóricas. El profesor Santiago Sebastián, en su libro Mensaje simbólico del arte medieval (Ed. Encuentro, 1996), al referirse a la importancia de la geometría en los templos románicos, explica: «Más importante como figura clave fue el pentágono, que poseía la llave de la geometría y de la sección áurea, e incluso poseyó poderes mágicos».

El estudioso Matila Ghyka, autor de El número de Oro (Ed. Poseidón, 1978), menciona algunas de ellas: en Notre-Dame de París, dentro de un rosetón pentagonal de una vidriera; en la «rosa» norte de Saint-Ouen en Rouen, así como en el rosetón norte de la catedral de Amiens. Otra muestra de la importancia que tuvo esta figura pitagórica la encontramos en los cuadernos de trabajo del maestro arquitecto Villard de Honnecourt, que vivió en el siglo XIII, y cuyos diseños suponen hoy una pieza inigualable para conocer cómo vivían y trabajaban los miembros de las corporaciones de constructores. Pues bien, en estos cuadernos de dibujo, hoy conservados en la Biblioteca Nacional de Francia, vemos como la figura del pentagrama aparece repetidamente como base para el diseño de plantas, alzados, rostros humanos, animales, etc…

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ARMONÍAS Y PROPORCIONES

Todavía hoy, y a pesar de las numerosas modificaciones que han sufrido buena parte de estos templos medievales, es posible apreciar la singular belleza y armonía que desprenden algunas de estas construcciones. Esta atmósfera especial, capaz de llevar al recogimiento a quien recorre su interior, no es una sensación subjetiva, sino más bien al contrario. Tiene su origen en otra de las piezas clave utilizadas por los maestros constructores, y que igualmente se basaba en el número: la relación o proporción entre las distintas partes del edificio. Entre estas proporciones destaca especialmente la célebre sección áurea o «divina proporción», el número phi, presente en la figura del pentagrama, como ya hemos visto, . Mediante el uso de esta y otras proporciones, los maestros constructores vinculaban sutilmente las distintas partes del edificio, formas, volúmenes y superficies. Igualmente importantes para esta cuestión fueron otros dos números ya mencionados, y que eran sagrados para los pitagóricos: la Década o Tetracktys y su mitad, la Péntada.

Tal y como explica Jean Hani: «La Década era el número mismo del Universo, base de la generación de todos los números presentados, planos o sólidos y, por tanto, de los cuerpos regulares correspondientes a algunos de ellos; y baste también de los acordes musicales esenciales (…) La Péntada, el pentáculo, polígono estrellado o estrella de cinco brazos, fue el símbolo del amor creador y de la belleza viva y armoniosa, expresión de ese ritmo imprimido por Dios a la vida universal. Servía para determinar correspondencias armónicas pues, entre todos los polígonos estrellados, éste es el que ofrece directamente un ritmo basado en la proporción o número de oro, que es la característica por excelencia de los organismos vivos». Además, estos dos números aparecían también de forma habitual en el propio plano generador del edificio, pues en muchos casos el «círculo rector» creado al orientar el templo (ver recuadro) era dividido en cinco o diez partes, lo que generaba diseños en los que los elementos estaban unidos por proporciones áureas.

GEMATRÍA: LA CÁBALA EN PIEDRA

Otro de los aspectos esotéricos de las construcciones medievales, igualmente relacionado con los números y sus mensajes ocultos, es el de la gematría. De forma similar a lo que ocurre en la tradición hebrea con la cábala, la gematría es una «ciencia tradicional» que interpreta de forma simbólica las palabras a partir del valor numérico de sus letras, ya sean hebreas o griegas. En ambos casos es posible traducir las palabras a números, e interpretar estos de manera simbólica, y viceversa. «Difícilmente hubo un teólogo medieval –explica Emile Mâle– que no buscara en los números la revelación de la verdad oculta. Algunos de sus cálculos recuerdan vívidamente a los de la Cábala». Esta práctica cabalística y mística también fue conocida y empleada de forma habitual por los maestros constructores de la Edad Media, existiendo numerosos ejemplos que dan prueba de ello.

Uno de los más llamativos se encuentra en la catedral de Troyes (Francia). Allí podemos comprobar que la clave de la cabecera está a una distancia del suelo de 88 pies y 8 pulgadas. 888 es la cifra que obtenemos si, usando la gematría, traducimos el hombre de Jesús en griego: IHSOUS o lo que es lo mismo: I(10) + H(8) + S (200) + O (70) + U (400) + S (200)= 888.

Por otra parte, algunos pilares miden 6 pies y 6 pulgadas, y la iglesia tenía 66 de estos pilares. Sobre aclarar que el 666 es el número de la Bestia, tal y como cita el Apocalipsis, y que los pilares –que sostienen las bóvedas y simbolizan a los apóstoles– deben aplastar al Maligno. Tal y como explica Jean Hani en su obra, este simbolismo gemátrico de Troyes parece aludir continuamente al Apocalipsis de san Juan, pues también encontramos en este templo 144 ventanas (en alusión a los 144.000 elegidos), y el triángulo utilizado para obtener el alzado del templo, «oculta» un ángulo de 26 grados, cifra del nombre de Dios en hebreo: IHVH. Hani cita otros ejemplos: en la iglesia de Saint-Nazaire, en Autun, la longitud y la anchura del templo suman 257, cifra que equivale a NAZER. Ésta palabra significa «la corona del príncipe» y unida al Nazaire del nombre de la iglesia quiere decir: «la corona del Rey Jesús, el Nazareno».

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Del mismo modo, la longitud de la catedral de Notre-Dame de París es de 390 pies, que gemátricamente significa: «ciudad de los cielos». Identica cifra y mensaje lo encontramos también en la iglesia francesa de Saint-Lazare de Autun, «oculto» en las medidas de tres ventanas del crucero. Este uso simbólico del número tampoco era una creación original de los constructores medievales sino que, una vez más, fue heredado de prácticas más antiguas. Así, el estudioso y sacerdote monseñor Devoucoux, demostró que los antiguos templos de Jano y Cibeles, así como el de Artemisa en Éfeso, fueron erigidos empleando el simbolismo de la gematría.

LA ORIENTACIÓN DE LOS TEMPLOS

Al igual que sucede con el conocimiento relacionado con el simbolismo del número y las proporciones, la orientación de los templos cristianos también fue heredado de los antiguos constructores, y tuvo una importancia casi religiosa entre egipcios, griegos y romanos. Este ritual de orientación, indisolublemente unido al de fundación, establece una relación del edificio con el Cosmos. En la antigüedad clásica, los templos estaban dispuestos con la puerta de entrada hacia el Este, de forma que, con la salida del Sol, los rayos de luz iluminaran la estatua del dios custodiada al fondo del templo.

Con la llegada del cristianismo, las primeros iglesias continuaron esta tradición, aunque tras el Concilio de Nicea se estableció que fuera la cabecera la que estuviera mirando a la salida del Sol, y no la puerta. De este modo, cuando el astro rey iniciaba su ascenso los rayos de luz entraban a través del ábside, identificándose la luz con el propio Cristo. Esta orientación tenía también otros significados simbólicos, como explica Jean Hani: «La puerta está al oeste, a poniente, en el lugar de menos luz, que simboliza el mundo profano o, también, el país de los muertos. Al entrar por la puerta y avanzar hacia el santuario, uno va al encuentro de la luz: es una progresión sagrada, y el cuadrado largo es como un camino que representa la ‘Vía de Salvación’, la que conduce a la ‘tierra de los vivos’, a la ciudad de los santos, donde brilla el Sol divino».

 

in Revista “Enigmas”

DVD Review: National Treasure (2-Disc Collector’s Edition)

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I’m at a crossroads. Is it possible to really like a movie but not have anything substantially positive to say about it? Some movies, it appears, are not wholly a sum of their parts. National Treasure (2004) has been released again to DVD, this time on a 2-Disc Collector’s Edition. I knew I had enjoyed the movie on its first DVD release in 2005 but couldn’t remember why as I sat down with this new release.

To start, this is a Jerry Bruckheimer production. His previous collaborations with Nicolas Cage (The Rock and Con Air) had both been entertaining but lackluster performances for an actor that once gave us Leaving Las Vegas. I like Bruckheimer’s television productions (CSI and The Amazing Race) and he hit the sweet spot with Pirates Of The Caribbean but his resume is filled with more style than substance.

The film starts with one of the plot devices that will instantly take all the momentum out of a movie. The movie starts in a flashback to 1977 and almost immediately flashes back within the flashback to 1832. If starting an action-adventure film is like starting a race, this is the equivalent of running five minutes in the wrong direction before turning around to start running in the correct direction. There’s quite a bit of history to be conveyed to solve the clues to this treasure hunt, but most of them are explained without flashback (like the prop of the $100 bill in Philadelphia). This device only accomplishes two minor points. First, we here the “Charlotte” clue that perplexes treasure hunters for 172 years. Well, it’s only a mystery for the viewer until the next scene after the credits when we discover that “Charlotte” is a ship. Secondly, the initial flashback to 1977 sets up Benjamin Gates’ (Nicolas Cage) passion for hunting this treasure based on a story from his grandfather. This scene would serve as a better marker when he arrives at his father’s (Jon Voight) house after stealing the Declaration. There’s already a characterization there of the doubting father vs. the faithful grandfather. And it would help explain Dr. Abigail’s (Diane Kruger) turn to see him as a romantic figure.

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The first scene after the credits serves as real start of the action. Ben, his computer nerd sidekick Riley (Justin Bartha), and his money sponsor, Ian (Sean Bean), are in the Arctic about to find the long-lost Charlotte. Conveniently, the ship is located only inches below the snow. Looking for the treasure in the ship allows for lots of exposition, including Knights Templar history for those that haven’t read or seen The DaVinci Code. Ben and friends don’t find the treasure but another clue that tells of a map on the back of the Declaration of Independence. Like the opening scene of Raiders Of The Lost Ark, here we have Ben’s partner, Ian turning on him to steal the clue and leave Ben for dead in the Arctic. This is a classic way to set up a rivalry and yet I feel like we never had time to see them as friends/partners so there isn’t the same betrayal when Ian turns on him.

This introduction to the plot and characters leads nicely into Act 1: stealing the Declaration of Independence. Ben and Riley are backed into a corner where stealing it is their only choice. No one believes their story. The scene where Ben and Riley are at the National Archives telling Dr. Abigail Chase that the Declaration is going to be stolen is one of the best quiet moments of the film. The chemistry between the three shines through, Riley’s “voice of reason” is set up, and Dr. Chase’s initial reluctance to believe their story still shows a passion for history that will later allow her to change.

Act 1 comes to a close with the first tent pole of the film. The chase through the streets of Washington D.C. as Ian pursues Ben with Abigail caught in-between is wonderfully constructed but it’s heartless. It feels too much like a computer-generated, generic chase. Maybe we don’t care enough about Abigail yet or that the plot device of the second Declaration is way too obvious that we aren’t concerned about the outcome of the chase.

Act 2 starts with the possession of the Declaration. The fact that Special Agent Peter Sadusky (Harvey Keitel) has started his investigation gives the plot a bit of a boost. Now, we have a second group to keep track of and stay ahead of. The Declaration sends them to Philadelphia in search of more clues. I like the way the clues build upon themselves, forcing the group to take along the previous clues in order to use future tools. The clue on the back of the $100 bill gives them a time constraint, always a good thing in an action film. The last clue in Philadelphia sends the groups to New York City.

This Act ends with the second tent pole of the film. There’s a long chase through the streets of Philadelphia that feels strangely like an on-foot replication of the chase scene in D.C. Once again, the chase seems placed here just to mark the end of the Act, not as a necessary plot device. In fact, I’d argue that after finding the glasses that gave us the last clue to head to Wall Street, that the movie didn’t need a chase scene. Let each group figure out where to go and have the race be to the treasure.

The final Act takes place as everyone races to the treasure. The sets are beautifully constructed, if not too influenced by the Indiana Jones series. We’ve got all of the important characters back together as we approach the end. When it looks like the treasure isn’t there, we discover the “real treasure” – the father’s pride in his son. This is where I think the scene back at the father’s house is wasted. If we build up the son’s want of acceptance by his father, then this last scene is a much bigger payoff. Once they discover their family pride, then they are allowed to discover the real treasure of the Knights Templar.

The DVD includes the usual suspects of extras – deleted scenes, on location, on the set, featurettes and an alternate ending that is better than the actual ending in many ways. The actual ending has Ben and Dr. Abigail at their new home talking to Riley about the treasure. The alternate ending builds upon a “new” relationship between Ben and his father. Here they’re at the National Archives and hint at more treasure-hunting together. This familial message puts a nice bow on the plot. It was dropped because it felt too much like a set-up for a sequel. What? Since when has that been a problem for a movie? Whether you’re planning one or not, it’s always good if you can leave yourself that opening.

So, I’m not sold on the producer. I don’t think that the lead actor gave his best performance. I think that the main theme of father/son family pride was buried. The chase scenes felt dull and uninspired. And I often felt like it was borrowing liberally from the Indiana Jones series. Yet, I was with the story the whole time. The mystery saves the day. One clue leads logically to another and the clues build upon the knowledge of the previous ones. No blood, no sex, and no foul language allowed me to watch this with my younger children. You can’t always put your finger on what makes you like a movie. I find it hard to say anything other than fun.

Written by Musgo Del Jefe

“Holy Blood, Holy Grail” co-author Richard Leigh passed away

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Richard Leigh, co-author of The Holy Blood and the Holy Grail, one of the most controversial books of the 1980s has died November 21st, aged 64; in 2006, with Michael Baigent, he lost his plagiarism case against the American Dan Brown, author of The Da Vinci Code, the spectacularly successful thriller which they claimed was based on their book.

Written by Leigh, Baigent and Henry Lincoln, The Holy Blood and the Holy Grail claimed to have uncovered a massive conspiracy to conceal a bloodline descended from Jesus of Nazareth that has influenced the course of European history.

The protracted court case boosted sales of The Holy Blood and the Holy Grail, which had stalled at 3,500 copies a year in Britain, to 7,000 copies a week, a 100-fold rise. (Similarly, The Da Vinci Code returned to the bestseller lists with sales of 20,000 copies a week.) But against their royalties windfall, Leigh and Baigent – Lincoln took no part in the case – were left with a legal bill for their failed action of about £2 million.

Originally published in January 1982, The Holy Blood and the Holy Grail achieved enormous commercial success; by last year it had reportedly sold two million copies.

Richard Harris Leigh was born on August 16 1943 in New Jersey. His father was British, his mother Austrian. Leigh graduated from Tufts University in Boston and took a Master’s degree at the University of Chicago before studying for a doctorate in Comparative Literature at the State University of New York in Stony Brook. He spent several years working as a university lecturer in the United States, Canada and Britain.

In 1975, at a summer school in England where he was lecturing on aspects of literature, Leigh met the writer Henry Lincoln and discovered that they shared an interest in the order of medieval warrior-monks known as the Knights Templar.

Lincoln had already started researching the strange story of an obscure 19th-century French country priest, Bérenger Saunière, who had apparently been able to spend huge sums of money in the years around 1900, refurbishing his parish church in the remote Languedoc village of Rennes-le-Château in the foothills of the Pyrenees. In Leigh, Lincoln found a sympathetic and knowledgeable fellow-traveller.

When Leigh offered to help Lincoln with studying the Templars he recruited Michael Bagient, a psychology graduate who was researching the shadowy order for a film project.

Between them Leigh, Lincoln and Baigent developed the Saunière story into a full-blown hypothesis: that Saunière had stumbled on a sensational secret. This was that Jesus had not died on the Cross but had married Mary Magdalene and fathered at least one child; his descendants, they suggested, continue to exert an influence on European history through the Prieuré de Sion, a secret society originally founded in Jerusalem during the First Crusade.

In a follow-up book, The Messianic Legacy (1986), Leigh and his co-authors claimed that the then Grand Master of the Prieuré, Pierre Plantard de Saint Clair, was seeking to restore the Merovingian dynasty to rule France while also taking on a monarchic role in the running of the European Union. It was later proved that Plantard had made up the Prieuré as a hoax in 1956.

Further collaborations with Michael Baigent included The Dead Sea Scrolls Deception, alleging a Roman Catholic conspiracy to conceal the scrolls, and The Temple and the Lodge, a history of Freemasonry (both 1991); Secret Germany (1994), the story of a plot to kill Hitler; The Elixir and the Stone (1997); and The Inquisition (1999).

Although best-known for his non-fiction work, Leigh preferred to think of himself as a writer of literary fiction. In Erceldoune & Other Stories (2006) he included an essay on “Ireland, Mythic Logic”, which explored the forces at work where the country’s past, present and future intersect.

His last novel, Grey Magic, published this year, was semi-autobiographical, the narrator and protagonist being born in the United States but moving to Britain in his early thirties.

Richard Leigh, who died on November 21, was unmarried.

in The Telegraph

Templar Chronicles III – Alcobaça 2

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Hello,

I’m Luis de Matos, Chancellor of the OSMTHU and Editor of the Templar Globe.

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Last April I presented our readers with the account of one of my family outings to Alcobaça, a Cistercian Monastery closely connected with the Portuguese Templar heritage, and told you a little bit about this beautiful village and its medieval history. I finished the article by promising to write about the two royal tombs we can find in the church, reminding you that the story behind such noble residents is one of great significance and singularity. A story that deserves to be told. You can find those posts here: Templar Cronicles I; Templar Chronicles II – Alcobaça 1. If you haven’t read them yet, it is a good starting point for today’s post.

The story that deserves to be told involves the forbidden love of Prince Pedro I and Maid Inês de Castro. Prince Pedro I was born in 1320, while his grandfather King Dinis (the one who harboured fleeing Templars in the newly created Order of Christ) was still ruling Portugal. Pedro was born in the city of Coimbra, the first born son of the future King Afonso IV and Queen Beatriz of Castille.

King Dinis had been a man of intellect and culture. Poet and Troubadour, he married Isabel – later canonized as Saint Isabel for her Miracle of the Roses -, a Princess from the Languedoc who introduced the cult of the Holy Spirit in Portugal, still present in several forms in Tomar, Sintra and the Azores. King Dinis called all sorts of wise man and artists to the kingdom coming from all parts of Europe, including some from the Arab kingdom of Al-Aldaluz (today Cordoba and Granada). He founded the University of Coimbra in 1290 and sponsored sea explorations, medical research and other sciences while maintaining a good friendship with the heads of the two main chivalric Orders in Portugal, the Order of the Temple which enjoyed total freedom of movement in the country and owned extensive land along the Tagus river, and the Order of Aviz, that had been founded by the founder of Portugal, King Afonso Henriques, over 100 years earlier.

The drama of Pedro and Inês takes place during that hiatus of time (1314 to 1385) between the moment the Templars had been suppressed and were reforming in special places in Europe (of which Scotland is the better known example and Portugal the lesser explored mystery), and the moment both the Order of Christ and the Order of Aviz were ready to be called to a higher duty in 1385 when its Master and son of Pedro I became King John I of Portugal, starting the second Dynasty and marrying Filipa of Lancaster, whose offspring are still remembered as the great explorers of the seas under the white flag with RED cross of the Order of Christ, which had as a great luminary the unavoidable Prince Henry the Navigator (or Infante Henrique de Sagres). King John I, illegitimate son of King Pedro I, was placed under the care of the Order of Christ, under Master D. Nuno Freyre de Andrade after he was born, having later been raised to Master of the Order of Aviz before the crisis in succession catapulted him to kingship as John I. In fact, it was the same Peter I that re-established Tomar as the seat of the Order of Christ – as it had been the seat for the Templars in Portugal – transferring it from Castro Marim where it had been placed temporarily by King Dinis.

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Cross of Aviz

Chronology

I – From the Templars to the Order of Christ

1307 Templars arrested in France. Many escape to Scotland. Many escape to Portugal where they are protected by King Dinis

1309 All Templar possessions and knights in Portugal are declared under the personal protection of King Dinis.

1312 After the Council of Vienna, the Order is dissolved by the Pope

1314 Jacques de Molay is burned at the stake in Paris. Pope Clement V dies.

1314 / 16 Vacancy in St. Peters throne, with the Cardinals resisting to elect a successor to Clement V.

1316 Pope John XXII is finally elected, choosing Avignon as his seat.

1317 King Dinis applies near the newly elected Pope in Avignon for the recognition of the Order of Christ, formed with the former Templar Knights and owner of all Templar possessions in the realm of Portugal.

1319 The Order of Christ is approved by Pope John XXII. D. Gil Martins, Master of the Order of Aviz is the first Master of the Order of Christ and the new Order is put under the spiritual guidance of… the Cistercian Monastery of Alcobaça. The seat is Castro Marim.

II – Order of Christ and Order of Aviz time of preparation for taking power

1320 Prince Pedro I is born

1325 King Dinis dies. King Afonso IV comes to the throne.

1336 Prince Pedro marries Constança, forced by his father

1336/55 Pedro and Inês love story and tragedy.

1357 King Afonso IV dies. Pedro I becomes King of Portugal. John, illegitimate son of King Pedro I, is born and taken under the care of the Order of Christ. The Order of Christ returns to Tomar and takes the former Templar castle and convent as its seat. This concludes the passage from the Templars to the Order of Christ, both in temporal and spiritual terms. Its now time to strengthen the Order of Aviz.

1364 When D. Martin de Avelar, Master of Aviz, dies, D. Nuno Frey de Andrade, Master of the Order of Christ and tutor of the young illegitimate Prince John, travels to Chamusca to meet King Pedro and request from him that he appoints his own son Master of Aviz. So, by appointment of King Pedro I, and the intervention of the Master of the Order of Christ, Prince John (of only 7 years of age) is designated Master of the Order of Aviz. This act consummates the move to take power on the part of the survivals of the Templars. Prince John’s tutorship is still held by the Master of Christ until he becomes of age, although the education in arms was undertaken in Aviz.

1367 King Pedro I dies. His son D. Fernando comes to the throne.

1383 King Fernando dies, leaving no male heir to the throne. For two years Portugal is in turmoil as the menace of losing independence is imminent with the King of Castille plotting to acquire the throne by marriage. A growing wave of support claims that John, Master of Aviz, should become the new King. This movement is supported and encouraged by the Order of Christ.

1385 John, son of Peter I, Master of the Order of Aviz, becomes king by popular acclamation, supported by the majority of the Portuguese noble houses and foreign kings, such as Richard II from England. This inaugurated the Dynasty called of Aviz. Under the leadership of Nuno Álvares Pereira, with the Order of Aviz and the Order of Christ on each side, the Portuguese King John I, Master of Aviz, defeats a far stronger army sent by King John I of Castille in a deadly battle in Aljubarrota, just a few miles off Alcobaça. In effect the Order of Aviz takes the throne.

1387 Forging an even stronger relationship with England, King John I of Portugal marries Filipa of Lancaster, sister of the soon to be King Henry the IV of England.

Part III – The Outcome

1400’s Led by Henry the Navigator, first from Sagres and then from the Convent of Christ in Tomar, the Portuguese start the great era of Discoveries.

This has been a short account of the influence of the Order of Christ and the Order of Aviz during the preparatory post-Templar 14th century in Portugal.

Both orders, Templars / Aviz, were the true backbone of the nation in Medieval times. That work was reinforced, as we have seen, after the Templars gave way to the Order of Christ. The fact that John, long before he would be in a position to be acclaimed as king, was placed under the care of the Order of Christ and later appointed Master of Aviz, openly protected by the Master of Christ and by another Order of Aviz hero, Nuno Alvares Pereira, clearly shows the importance of both Orders in Portuguese historical events. The protection of both Orders given to the rise of a new dynasty, the Dynasty of Aviz with King John I, is in many ways similar to the protection given by the Templars at least after 1126 to the first dynasty, the Dynasty of Bourgogne with Afonso Henriques. Different players, but the same pattern altogether.

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Nuno Alvares Pereira, companion of John I, with the Cross of the Order of Aviz

However, there are reasons to believe that deeper secrets are hidden under the political relevance of the Order of Aviz and the Order of Christ / Templars along Portuguese and hidden European history. In an article published in 1982 Portuguese researcher and author Olimpio Gonçalves, a leading authority on this subject, makes a few valuable points. Those who look deeper into history and look for the signs of what lies beneath – the reasons for the apparent reason – understand that the Soul of the Lusitan nation, later embodied in Portugal, is “tutored” – so to speak – by 3 Orders, of which the red cross of the Order of the Temple (reformed by King Dinis into Order of Christ, maintaining the distinctive red colour and initiatic mandate…) and the green cross of the Order of Aviz, form the two visible pillars that stand vigilant guard to the orb inside, so beautifully expressed in the national flag adopted in 1910.

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To the latter observation of Olimpio, we add that the same colours are also associated with the Masonic degrees of Scottish Master of Saint Andrew (of the Scottish Rectified Rite – survival rite of the Strict Observance) and Scottish Knight of Saint Andrew (29th degree of the Scottish Rite of 33 degrees). The cross of Saint Andrew ( X ), patron of Scotland, is a particularly important symbol to meditate upon here, since in the Templar context it is indissolubly connected with the greek cross of Christ ( + ), both valuable keys to understand the octagon and the eight sided Templar buildings (Tomar, Segovia, London, Paris, etc. – Mosque of Omar) and the so called occult Orders (such as the Priory of Sion or whatever real Order could have existed instead, playing the real role supposed for this 20th century fabrication). In this context, studying the Scottish survival of the Temple – with Skye, Rosslyn and Henry Sinclair, and ignoring Portugal with Sintra, Tomar and Henry the Navigator, is to simply look at the reflex of a broader light. Both lines are complementary and one would not survive without the other. I hope to be able to elaborate a bit more on this later.

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Apron and Jewel of Scottish Master of Saint Andrew (Rectified Rite)

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Apron, Sash and Jewel of Scottish Knight of Saint Andrew, 29th degree AASR

The period between 1307 and 1385 is then characterized by preparatory work by the Order of Aviz and the Order of Christ which would both take centre stage in the political and scientific events that would follow soon. This preparatory work was undertaken in total discretion and very few documents prepare us for the flourishing years to come. The total eclipse of the Templar fleet and maps would give way to the Portuguese Discoveries, started early in the 1400’s, with vessels carrying the Cross of Christ to far away lands.

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By 1307 Portugal – with extensive help of the Templars – had already a stable territory, most of which conquered to the Moors in the course of the Iberian Crusades. The south and west were nothing but a great opening to the vast and unknown Atlantic Ocean, full of legends and promises of hidden treasures. To the north it was divided from Galicia (a province of the Kingdom of Leon) by the Minho river and the border with the kings of Castille to the east was well defined since the times of the first Portuguese kings down to the south, where in the Algarve the fortress of Castro Marim (first seat of the Order of Christ) on the west bank of the Guadiana river, guarded the country from any foolish attempts that could have been made by the taifas (kingdoms) of the Moors of the Al-Andaluz. It would take the united Spanish kingdoms, under Isabel la Católica, almost 200 years more to conquer Granada in 1492 and close their side of the story as far as war with the Arabs was concerned.

Marriage between heirs to the throne of Aragon, Castille, Leon and Portugal were a common way to forge alliances and keep peace between Christian kings. However, there was always the danger that a king might die without male descent and another nation, by marriage, unite under a foreign country two territories. That had been the primary source of concern for the Portuguese crown since the early days. Falling under the crown of Castille would bring open war with the Moors again to a country that had been in relative peace for decades, in a favourable environment to see the flourishing of sciences, teaching, arts and commerce. Even Rome was far away on the horizon, many times neglecting this remote kingdom. The Portuguese kings had helped Castille in some battles against the Moors, especially when national borders might be at peril (Badajoz, Seville, Salado, etc.), but for the most part the time of the Reconquista was a thing from the past and smaller scale military warfare was only used in squabbles against neighbouring Christian Kingdoms. There were Arabs, Christians and Jews living side by side in the major Portuguese cities. Indeed some of the funding for the early Discoveries came from Jewish hands, showing how close the Order of Christ had come to that community. Unity with Castille would shake the Lusitan project from top to bottom and would throw a blanket of darkness and inquisitorial perusal into the practices, livelihood and teachings of a vast segment of the population. That “catastrophe” (interpreted by philosophers and poets as “catharsis”) only befell the nation centuries later, within a set of circumstances that are also of great interest for the students of Templar/Order of Christ history.

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King Afonso IV

Amidst this prevailing fear, it was King Afonso IV’s primary concern to find a suitable bride for Prince Pedro I, future king. The choice fell on Princess D. Branca, granddaughter of King Sancho IV of Castille. However, by the age of 14 the Princess was very feeble and Prince Pedro absolutely refused to go ahead with this political marriage. His father then selected another suitable bride, D. Constança Manoel, daughter of one of the most noble lords of Castille, Leon and Aragon. However, Pedro rejected the bride as well, furious for not having been consulted on such a personal matter and not happy that she had already been rejected by King Alfonso XI of Castille before him. This choice wasn’t approved by Alfonso XI either. The intervention of the Master of the Order of Aviz was fundamental and, although Alfonso eventually accepted to have his former bride marry the Portuguese prince by means of a power of delegation, he held her prisoner in a tower in the city of Toro, preventing her from attending her own wedding. After a couple of years of active animosity, peace was finally signed in Seville and Constança travelled to join her husband in Coimbra. However Pedro was full of energy and passion for life, a great lover of hunting and not a very devoted husband. For a long time he didn’t pay attention to his duties as heir to the throne and led a life of pleasure, neglecting his wife that his heart never accepted.

One day his attention was captured by the fairest of the maids of his wife Constança. The ravishing beautiful Inês de Castro became the centre of his obsessive attention, causing scandal in the kingdom and severe misunderstandings with his father, King Afonso IV. It became such an important problem that Afonso IV was forced to retire Inês de Castro to a lonely and distant castle in the far away inaccessible lands of the Portuguese border. But if he thought that this would be enough to turn off his son’s love flame, he was in for a surprise. Pedro and Inês started to correspond with the help of intermediaries that would bring back and forth their love pledges and passionate writings. Pedro, like his grandfather King Dinis was a bit of a poet himself. It became a case of an impossible love. And the more impossible and distant, the more maddening and absorbing it got to restless Pedro. His duty to the nation – to have offspring – was being fulfilled with Constança, but his heart was fully united with Inês and the physical separation was unbearable.

In 1354 Constança died after having given birth to Prince Fernando (later to become King after his father, closing the Bourgogne Dynasty with his early death with no male heir). To great astonishment of the nation and repudiation of King Afonso IV, Pedro sees himself as a free man now and releases Inês from her exile, bringing her to openly live with him in an adulterous relationship, without marriage, establishing themselves first away from the agitated life of the court, but shortly after in the very city of Coimbra.

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Pedro and Inês de Castro

The majority of Portuguese lords are not happy with the situation. Inês has two Spanish brothers that Pedro, to spite his enemies and his father, supports and advances politically. One of them even makes it as Constable of the Kingdom and Alcaide-Mor of Lisbon. As their love develops and the influence of the Spanish entourage of Inês grows, so their enemies become more and more suspicious and decide to warn King Afonso IV that the independence of the nation is at peril if nothing is done, since being followed in throne by his son Pedro, he could marry Inês, have offspring and then there would be little to prevent a full scale invasion from the Spanish kingdoms. To complicate matters even further, the Black Plague enters in Portugal and causes a wave of death of an unprecedented scale, causing famine and economical and political crisis. Many rush to condemn adulterous Inês as the cause of such misfortune and see the stubbornness of the Prince that didn’t want to lead the life of a heir to the throne with the nation’s best interests in mind, following instead his foolish passion, punished by Providence with the Plague.

Early in 1355 King Afonso IV is a divided man. He’s torn between reasons of state and his love as a father. Pedro declines all of his father’s suggestions of suitable brides to marry. Advisers of the King say that the reason might be that Pedro married Inês in secret. The only way out of the problem, they say, is to suppress Inês de Castro. His advisers eventually win and the King gives permission that the crime be carried out. Taking advantage of the fact that Pedro was an avid hunter, they prepare a trap to kill Inês while Pedro is away. It is said that the day Pedro was leaving for his hunting trip a great black dog leapt from amidst his dog pack and viciously run to attack Inês with fearful eyes of fire. The prince’s men were petrified and could not react, but Pedro, with one stroke of his sword decapitated the horrible dog whose blood stained fair Inês’s dress. Everyone became gloomy and the sense that grave things were close by was unmistakable. However Pedro decided to hold his departure no longer and bids a last goodbye to Inês.

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Soon after Pedro leaves, King Afonso’s arrives with his men. Inês feels the danger and gathers her daughter and two sons and runs to the gardens. It’s in front of the Fonte das Lágrimas (Teardrop Fountain) that Inês pleads for the life of her children and says in her defence that her only sin is the undying love for Pedro. The King is inclined to use clemency, but three lords that were with him persuade the monarch that they should not back away from the mission. Shaken in his heart, Afonso spares the children, but allows for the lords to mercilessly behead Inês de Castro. To this day the Fountain spring is tainted in red.

Pedro was far away, hunting in the woods, in blissful ignorance of the tragedy.

Fernão Lopes, royal registrar, says about D. Pedro: “The hand of one that harms writes in sand, but the one who is harmed carves in marble and such was the case with D. Pedro.”

In Templar Chronicles IV – Alcobaça Part 3 we will finish the Pedro and Inês tragedy, we will understand why Pedro was known as “The Justice Bearer”, we will tell you about his relentless revenge and will look closely to their tombs since then in the Monastery of Alcobaça, face to face, each in one arm of the transept of the beautiful Cistercian church, so that when the Final Judgement comes and they are resurrected, each other will be the first person that each lover will see. To the end of the world…

To finalize for today, here is a chart detailing how the Order of the Temple survived as Order of Christ in Portugal under the protection of the Royal House and of the Order of Aviz, and how both Orders stood as two of the three secret pillars acting behind the courtains of history that lead to the Age of Discoveries with Prince Henry the Navigator, stepping in, in key moments.

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Bibliography
Gonçalves, Olímpio, Revista Graal, Comunidade Portuguesa de Eubiose, 1982
Lopes, Fernão, “Chronica Delrey Dom Pedro deste nome o primeiro e dos Reys de Portugal o oytavo”, edição do Padre José Pereira Bayam, Lisboa 1735
Monteverde, Amilio Achiles, “Resumo da Historia de Portugal”, Lisboa 1844
Pina, Ruy de; “Chronica de Elrey Dom Afonso o Quarto”, Lisbon 1653

Text and Photos by Luís de Matos (c) 2007. Chart (c) Luis de Matos 2007