San Miguel o “Los Templarios” en la Ubaga de Grustán

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La iglesia de San Miguel, más conocida en la comarca como “Los Templarios”, es un sorprendente y muy poco conocido lugar en las proximidades de Graus. Para llegar hasta él, tomamos en la villa ribagorzana el GR-1 en dirección a Grustán, – poblado deshabitado, situado en un paraje con una vista excepcional y cuya iglesia románica de Santa María de la Peña, donde se han realizado recientemente algunas obras de restauración, es una verdadera joya merecedora también de una detenida visita -, pero, más o menos a mitad de camino, en vez de seguir las marcas que indican un atajo que se aparta momentáneamente de la pista, seguimos por ésta hasta llegar a un recodo de la misma a cuya derecha se encuentra una pequeña y bien trabajada viña. Desde el camino, casi ya del todo tapada por el bosque de pinos que crecen en la ladera que desciende desde las rocas de la sierra de la ermita de San Pedro, en el paraje conocido como La Ubaga de Grustán, se pueden ver algunos restos del ábside de la iglesia que es fácil confundir en la distancia con las grisáceas peñas que asoman entre el verde de los pinos. Unos prismáticos pueden facilitar la identificación de nuestro objetivo y dirigir hacia él nuestros pasos con mayor seguridad. Si entramos, con el necesario cuidado con el cultivo, en la citada viña, descubriremos un pequeño sendero que unas pinturas rojas en algunos árboles nos ayudan a no perder. Llegamos de inmediato a un pequeño barranco que atravesamos por un puentecito hecho con troncos e iniciamos el ascenso por la ladera entre los pinos por un terreno algo emboscado, pero, al menos en la actualidad, transitable sin grandes dificultades. El lugar es húmedo y muy frío en invierno por encontrarse – como indica el topónimo con el que se conoce la zona – en la parte más umbría o “ubaga” de la sierra. Varias pinturas más en algunos árboles nos ayudan a no extraviarnos y en muy poco tiempo – desde nuestra salida a pie desde Graus ha transcurrido, andando sin prisa, aproximadamente una hora – nos topamos con los restos de la iglesia de San Miguel.

Se trata de una magnífica construcción que sorprende por la solidez y anchura de sus muros y la precisión y encaje de su sillería. Enseguida descubrimos que no estamos ante una simple ermita sino ante un recinto religioso de una sola nave de cierta envergadura y de unas mayores pretensiones que muchas de las más rústicas edificaciones religiosas de la zona. La techumbre está hundida por completo, pero las gruesas paredes del perímetro se mantienen en pie hasta el arranque de la bóveda, cuyos sillares hace tiempo que cayeron en el interior de la iglesia. El ábside, como siempre orientado hacia oriente, no se conserva íntegro, porque una parte se ha derrumbado según parece no hace demasiado tiempo. La puerta, abierta hacia la parte alta de la ladera, ha sido enterrada en parte por los deslizamientos de tierra de la misma, pero conserva su arco de medio punto y sus jambas a ambos lados. En ese mismo muro encontramos una ventana completa – única más la del ábside que, sin embargo, no se conserva por el derrumbe de esa parte – de arco de medio punto y de forma abocinada. En ninguna de las paredes encontramos ningún motivo ornamental y el recinto presenta la austeridad característica del arte románico. Aunque no puede asegurarse en absoluto tras la contemplación de su actual estado, tal vez pudiera tener alguna pequeña cripta bajo el altar como ocurre en algunas construcciones con las que guarda cierto parecido como la iglesia de San Juan Bautista en la Vila o Besians Alto o la de la iglesia del antiguo monasterio de San Martín de Caballera.

Fuera del recinto y esparcidas por el suelo se encuentran las partes de un sarcófago de piedra antropomórfico y, a unos metros, la que parece con bastante seguridad la losa que lo taparía. Se observan algunos restos que podrían ser de otros sarcófagos; personas que estuvieron bastantes años atrás en el lugar nos han contado que recuerdan con precisión la existencia de al menos tres de ellos, en aquellos años todavía bastante bien conservados. Además encontramos diseminados algunos otros sillares labrados. Aparecen también visibles las paredes de piedra de lo que, antes de la repoblación forestal de la zona, serían bancales escalonados, sin duda cultivados en tiempos pasados. Aunque el lugar parece haber sido no hace mucho algo desembarazado de ramaje, éste vuelve a invadir la zona y en el interior de los restos de la iglesia y en sus paredes han crecido algunos árboles que amenazan con emboscar el recinto de forma completa. Lo mismo puede decirse del camino que permite su acceso que, de no ser desbrozado con cierta frecuencia, puede acabar cerrado por el bosque si tenemos en cuenta que no parece, al menos hasta ahora, muy transitado. Tal vez el citado sarcófago debería ser trasladado a algún lugar protegido para evitar que sufra daños mayores. Creemos que, sin duda, el lugar merece ser más conocido y cuidado por el valor y la historia que encierran sus gruesos muros. A pesar de su importancia, y a buen seguro por su escondida ubicación y durante mucho tiempo difícil accesibilidad, no es citado en ninguno – al menos de los conocidos por nosotros – de los libros que recogen, algunos de manera muy exhaustiva, la relación de muestras del estilo románico en la comarca o la provincia.

La tradición ha trasmitido en Graus el nombre de “Los Templarios” para esta construcción. Sabemos que hay mucha leyenda y poca documentación sobre la presencia en estas tierras de las órdenes militares, pero su influencia en Aragón durante el reinado de Alfonso el Batallador fue tan grande que el citado monarca les legó el Reino en su testamento y trabajo tuvo Ramiro II el Monje, cuando fue nombrado rey tras la muerte de su hermano, para frenar las reivindicaciones de las citadas órdenes que exigían, apoyadas incluso por el papa Inocencio II, el cumplimiento de la voluntad última del monarca fallecido. En su excelente y reciente libro Septembris, Jorge Mur hace una breve referencia al lugar al señalar que a la muerte del rey Alfonso el Batallador tras el intento fallido de tomar Fraga en 1134, su hermano, el nuevo rey Ramiro II el Monje, “fue uno de los artífices de que las Órdenes Militares renunciasen a los derechos testamentarios en el reino a cambio, eso sí, de algunos lugares y bienes en Ribagorza. A los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén se les entregaron Siscar, Chiró y otras plazas, mientras que a los templarios Mongay, La Mellera, Purroy, Estopiñán y, cercanas a Graus, Grustán y el lugar de San Miguel, en el barranco de Regrustán” (1). Parece difícil, aunque no totalmente descartable, que, dada su proximidad a Graus, la iglesia fuera construida antes de su toma definitiva en 1083, pero, si hacemos caso a lo anterior, debía de estar ya terminada a la muerte del rey Alfonso en 1134. Por ello puede creerse con bastante lógica que fuera levantada entre esas dos fechas, es decir, entre los finales del siglo XI y los principios del XII.

Sabemos que el lugar pertenecía al término de Grustán, en la actualidad incluido dentro del extenso municipio de Graus. Entre los dos pueblos – Graus y Grustan – se establece un curioso paralelismo: ambos poseen una iglesia denominada de Santa María de la Peña – la actual Basílica en Graus y la parroquial de Grustán – y además otra iglesia dedicada a San Miguel – la actual parroquial en Graus y la de “los templarios” en Grustán -. A su vez, la capital ribagorzana celebra, desde el año 1201, su más importante feria anual el 29 de septiembre, festividad de San Miguel. El arcángel San Miguel tenía una gran importancia en la religiosidad medieval y sobre todo para las órdenes militares: se trata del ángel protector de los hombres frente al Anticristo y quien disputa, espada en mano, frente a la balanza que pesa el bien y el mal, cada una de las almas con el diablo en el Juicio Final. Para los templarios era un modelo de ángel guerrero al que ellos pretendían imitar en su condición de clérigos soldados.

No sabemos qué suerte correría ni qué cambios experimentaría con la posterior caída en desgracia y expulsión de los templarios del Reino de Aragón. Ha llegado hasta nuestros días en el estado que hemos descrito y sería importante, para honrar nuestra historia y por el valor que posee, que la iglesia de San Miguel o Los Templarios sea preservada, sacada de su olvido y conocida como un importante vestigio de la rica historia de estas tierras.

NOTAS: (1) MUR LAENCUENTRA, Jorge. Septembris. Historia y vida cotidiana en Graus entre los siglos XI y XII. Instituto de Estudios Altoaragoneses. Huesca. 2003. Páginas 82-83.

Por Carlos Bravo Suárez y Francisco Rubio Fuster, Alto Aragón