El Camino «invisible»

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¿Cuántos avilesinos pueden decir sin titubear por dónde pasa el Camino de Santiago en la comarca? Hagan memoria. Sí, es cierto, hay una concha cerca de la iglesia vieja de Sabugo, y es habitual ver la espalda encorvada de los peregrinos y sus botas polvorientas subir la calle de Rivero, con el bordón en la mano. Pero poco más. Eso es porque el Camino, en la comarca, está ahí, pero casi no se ve. Al contrario que otros tramos de la ruta de la costa, el itinerario se esconde en arboledas, senderos rurales, esquiva las multitudes y se adentra en el corazón de la comarca, en terrenos desconocidos. Pero es también porque los ojos profanos no ven la senda, las flechas amarillas indicadoras pasan desapercibidas para quien no las busca.

Mochila en ristre, fotógrafo y redactora madrugaron esta semana para recorrer cerca de 25 kilómetros de etapa «rompepiernas» y ganar, sino la «compostela», al menos sí experiencia y algunas agujetas. Por delante, las huellas de cientos de peregrinos que cada año atraviesan la región en pos de una tradición secular, y que acaban a los pies de la tumba del santo o asomados a Finisterre, el último balcón de Occidente.

Punto de inicio: iglesia de Trasona. Allí, junto a sus muros, está la primera concha del recorrido, la vieira que indica la ruta a Galicia y que se ha convertido en el emblema del peregrino por excelencia. No obstante, esta es peculiar: sus rayos apuntan al cielo. En Asturias, la parte estrecha de la concha es la que marca al camino, mientras que en otras rutas la dirección va indicada por las estrías. La de Trasona, pues, a su aire.

Los primeros pasos, con el aire fresco de la mañana, hacen reflexionar lo distinto que se ve Trasona a pie, y también lo molesto que resulta el continuo trasiego de vehículos, primero sólo por la carretera vieja a Oviedo, luego por la «Y». El Camino, en fin, queda atrapado como el queso del sandwich, entre ruidos y polvo, motores y falta de señalización. Para llegar a Avilés, por la avenida de Gijón, hace falta un aquello de intuición o de conocimiento.

En la avenida de Cervantes, un grupo de caballeros templarios sale del albergue de Peregrinos. Cambiaron los caballos por bicicletas y la armadura por una camiseta blanca en la que destaca, roja, la cruz templaria en forma de «T» que se ha convertido en otro de los símbolos del Camino. Vienen de Ponferrada. Durmieron en Avilés, y con el semáforo en verde ya cruzan para subir Rivero. No tan madrugadores como ellos, en el albergue todavía quedan caminantes. Un grupo de canadienses comparte trozos de melocotón. Por allí asoma también José María Clero, responsable del centro, que reparte planos e instrucciones para todos. El tendal es una pinturera sinfonía de camisetas y calcetines al sol.

Pero el tiempo perdido apremia, y ya es hora de continuar la ruta. Junto a una cafetería de Rivero, dos bicicletas con la concha colgando indican peregrino a la vista. Dentro, en pleno desayuno, están Pablo Pérez y Javier Martín, valencianos. Empezaron en Canfranc, a 900 kilómetros, y afrontan con ánimo las últimas etapas, pese al cansancio. Quieren llegar el martes a Santiago.

Los arcos de La Ferrería son la siguiente imagen de la ruta, que, una vez en el parque del Muelle, se desdibuja. Los referentes se diluyen hasta llegar a Sabugo, donde comienza la subida, por la avenida de Alemania, hacia San Cristóbal. Un derroche de pintura amarilla permite, ahora sí, seguir el camino sin titubeos, y comenzar a sentir en las piernas el peso de las cuestas, junto a la nueva zona residencial de Avilés. San Cristóbal, donde las grandes mansiones comparten carretera con pequeñas explotaciones agrarias de bulliciosas gallinas, es un agradable llaneo que culmina en Bastián, en dirección a la costa, y que «cae» a Raíces Viejo a través de La Cuesta y de La Folleca. La vista del mar, antes de comenzar el descenso, es una de las estampas más gratificantes de la ruta.

No hay remordimientos para hacer una parada técnica y tomar un café con hielo y algo para picar: los establecimientos de Raíces reciben, día sí y día también a peregrinos sedientos. Muchos, explica una hostelera, deciden hacer unos metros de más para allegarse hasta la iglesia de Raíces Viejo antes de atravesar Salinas por El Campón. Después, el camino discurre por San Martín de Laspra, donde nuevas cuestas ponen a prueba la resistencia. Sólo después de ver la iglesia, que atesora con su ventana geminada uno de los pocos restos prerrománicos de la comarca, comienza la bajada al Pontón.

Esta es la última travesía urbana hasta llegar a Soto del Barco. Los peregrinos que sigan las flechas seguirán por El Villar, junto a las urbanizaciones de Piedras Blancas. Luego ya lo rural lo invade todo: vacas pastando, cabras barbudas y los surcos abiertos por tractores al lado del camino. Justo en el punto de conexión con la carretera general, allí donde hay que cruzar para subir a Santiago del Monte, David Gasi se toma un respiro, derrumbado contra la pared de una casa. Acaba de rellenar su botella de agua, y contempla atónito dos señales que divergen, ambas con el símbolo de Santiago.

Gasi se deja fotografiar sin problemas. Es australiano, aunque reside en Reino Unido. La avilesina es su segunda etapa, ya que decidió iniciar la ruta en Gijón, donde tiene buenos amigos. El peregrino está cansado. Su mochila de novato, cargada en exceso, es un lastre que reconoce que tendrá que aligerar. Se justifica: pensaba que iba a encontrarse con frío y mal tiempo, pero el sol sonríe, y él también, con resignación. Viaja solo. «Alone? It’s ok?» «Yes, it’s good», responde.

Es hora de decidir cuál de los dos caminos señalados es el bueno. Un vecino levanta el brazo, amable, y señala el de la izquierda. Sea. Unos metros más allá, una alegre pandilla de chiquillos se pone a seguir a David Gasi con ganas de fiesta. Imitan sus gestos al andar, el marcar del ritmo con el bordón. El australiano los descubre, y les hace una foto de recuerdo. Más allá es un perro amistoso el que acompaña al caminante en las últimas casas del pueblo, antes de introducirse en el bosque, por un camino que corre paralelo a la rasa de Ranón.

Quizá empiece entonces el tramo más duro. Con los músculos ya cansados, el peregrino tiene que hacer frente a una nueva cuesta, de esas que quitan el aliento y dejan al neófito sin resuello, antes de adentrarse en un paisaje primo hermano de los desiertos lunares, si es que existen. Explotaciones mineras, carteles de peligro, desmonte de terrenos, y también dudas, crisis de fe. Dudas, sí, sembradas por algún inconsciente que cambió las flechas y que hace perder un kilómetro precioso con las fuerzas ya justas. El australiano, que llega unos metros más atrás, se encoge de hombros antes de dar la vuelta para retomar el buen camino. No es la primera vez en el día que le pasa.

Los eucaliptos, primero, y luego los árboles autóctonos, envuelven las prolongadas cuestas de bajada a partir de este punto. Faltan las flechas, faltan conchas, y los antecesores dejaron marcas para suplir con imaginación las carencias: señales escritas sobre el barro blando, trozos de plástico amarillo atados en los árboles, piedras indicadoras, hasta que la señalización vuelve a comenzar. Y este dúo de peregrinos camina y camina sin ver la hora de llegar a Ranón, para hacer un nuevo intermedio que nunca llegará a producirse. Por una razón muy simple: el Camino no pasa por el pueblo de Ranón. Se adentra en el monte de La Granda y cuando por fin los árboles dejan ver, el río Nalón saluda con rotundidad. El barrio de El Castillo está ya ahí, a un suspiro. Bienvenidos a Soto del Barco.

La subida por la empinada escalera merece la pena, así sea sólo para ver la torre del homenaje del viejo castillo. Las aguas lamen los postes de los embarcaderos y las huertas jalonan esta parte de la ribera hasta llegar a las primorosas casas. «Hic Aqua Peregrini». Este cartel junto a una fuente es una sorpresa y una invitación a beber, por fin, algunos tragos.

De El Castillo se pasa a Soto en un decir amén. A lo lejos, pero realmente muy a lo lejos, se distingue un puente sobre la carretera del aeropuerto que hubo que atravesar varias horas antes. ¿Quién dijo que la gesta era imposible? Soto del Barco queda también atrás y los últimos metros hasta el puente del Nalón son la confirmación del logro, aunque la despedida, como el inicio, engulle al peregrino en el ruido ensordecedor, los coches, la velocidad. A la vera del río, una última foto, junto a las lanchas de los pescadores, con el puente que anuncia la entrada en el concejo de Muros del Nalón.

No más por hoy. Una mañana entera y cerca de 25 kilómetros de paseo bien merecen un refrigerio y un descanso. El que quiera, que siga. Buen Camino, peregrino.

Por Elisa Campo, LNE