La Vera Cruz de Segovia

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Cuenta la leyenda que recién inaugurada la iglesia, allá por el año 1162, murió un caballero de la Orden del Temple. Su cuerpo fue llevado hasta los muros de esta enigmática y espectacular construcción y un descuido hizo que el cadáver del caballero se quedara solo durante toda la noche.

Fue entonces cuando los grajos entraron en la iglesia y picotearon el cuerpo hasta dejarlo destrozado. A la mañana siguiente, el prior de la Orden entró en el recinto y comprobó en qué estado habían dejado las aves el cadáver. Gritó, corrió y espantó a los grajos que aún saqueaban el cuerpo, a la vez que lanzaba una maldición para que no volviesen a entrar en el santo lugar. La leyenda asegura que desde entonces nadie ha visto de nuevo a dichas aves sobre el tejado de la Vera Cruz. Sin duda algo más que una iglesia, algo más que un símbolo.

A los pies del Alcázar de Segovia, que dicen que alarga su sombra para proteger sus piedras, encuentro la citada iglesia. Un edificio santo que, al parecer, mandaron construir caballeros templarios en el siglo XII. Una teoría, la de su origen templario, que es la más extendida hasta nuestros días, aunque recientes investigaciones apuntan que su origen podría ser de la Orden del Santo Sepulcro, una congregación castellana que consagró la iglesia en el año 1208.

Contribuye a esta confusión una inscripción en el interior, frente a la portada lateral sur, en el edículo central, que dice: “Los fundadores de este templo sean colocados en sede celestial, y los que se extraviaron les acompañen en la misma. Dedicación de la Iglesia del Santo Sepulcro. En los idus de abril de 1246 –nuestro trece de abril de 1208–”.

Muchas son las teorías sobre este escrito. Muchos sus enigmas. ¿Lo fundaron templarios que luego se extraviaron? ¿Quiénes son los extraviados? ¿Se castigó a los extraviados y por eso el templo pasó a manos de otras personas? Parece que son los caballeros del Santo Sepulcro los que reconocen la labor de los templarios al consagrar la iglesia, pero nada está claro sobre tan encriptado texto. Parece que en esas palabras se recoge el castigo que recibió el Temple… No sería el único cambio de dueños. En 1531, tras unirse las Órdenes del Santo Sepulcro y la de Jerusalén, la iglesia pasó a manos de los caballeros de la Orden de Malta, Rodas y Jerusalén, sus actuales propietarios.

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Ocho lados que en realidad son doce

Hiela en Segovia. El aire pesa, como el tiempo. Me apoyo en una cruz de piedra, que torcida mira al horizonte. La iglesia parece que nace del suelo. La luz hace vaho cuando uno intenta penetrar en la iglesia.

Muchas veces se afirma que la Vera Cruz es una iglesia de planta octogonal, típica de la Orden del Temple. En realidad son doce sus lados, con tres ábsides cilíndricos adosados, una sacristía también cilíndrica y una torre de planta cuadrada. Una extraña construcción en la España y Europa de entonces. ¿Por qué doce lados? Un octógono suponía –me explican– un elemento intermedio entre la tierra, que se representaba como un cuadrado, y el cielo, que era un círculo o cúpula. Cuantos más lados tiene un polígono más se aleja del cuadrado –tierra– y más se acerca al círculo –cielo–. Doce son los lados de esta iglesia, algo atípico y que como símbolo viene a hablar de su espiritualidad y cercanía al más allá. De hecho, en la Revelación de San Juan, la Jerusalén Celeste era representada como una ciudad circular provista de doce puertas, agrupadas de tres en tres en los puntos cardinales. La Vera Cruz que observo parece una metáfora de la Jerusalén de San Juan.

Por fuera es una iglesia sugerente, diferente, perdida en el viejo camino que conducía desde Segovia a la población cercana de Zamarramala. Una iglesia que recuerda a otras dos famosas construcciones que entonces se mantenían en pie a miles de kilómetros de distancia, que crecieron en el lugar en el que nace el Sol. Los investigadores creen que la Vera Cruz tiene sus precedentes en la famosa Mezquita de la Roca de Jerusalén y en la basílica del Santo Sepulcro.

Otra vez, como pasa con muchas de las construcciones templarias, encontramos la unión de islam y cristianismo; una vez más, los caballeros del Temple toman parte de la cultura y religión con la que más férreamente lucharon.

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El edículo central

De puertas para adentro, la Vera Cruz es un enigma que recuerda a otros lugares parecidos, construcciones antiguas que se supone fueron propulsadas también por los templarios. El mes pasado recogíamos en esta sección los secretos de la ermita de San Baudelio, en Soria. A ambas les une la idea del tronco central. En San Baudelio era una palmera perfectamente detallada en su ramaje. En la Vera Cruz es el símbolo de un fuerte árbol el que sujeta sus muros. La palmera o el árbol son parte de la cultura islámica. La columna del mundo. La unión del cielo y la tierra…

El árbol de la Vera Cruz es sólido y macizo. Un edículo central de doce lados. Parece un templo dentro de otro templo. Nacen aquí dos plantas. Una inferior, en la que la luz entra por cuatro arcos que miran a los cuatro puntos cardinales, es estrecha y baja; una especie de cueva o cripta. Entro, miro el altar, donde las cruces blancas sobre fondo rojo de la Orden de Malta sobresalen sobre el Cristo allí representado. Parece que éste podría ser un lugar de iniciación de los caballeros. Un lugar donde empezar la meditación o cumplir penitencia. Se supone que es inicial allí la meditación o penitencia porque mis pies están pegados a la tierra, como lo estuvieron entonces los de muchos hombres piadosos. El camino para subir al cielo. Principio y fin. Algo parecido a lo que en San Baudelio se conoce como la linterna de los muertos.

Hay también un piso superior. Subo las desgastadas escaleras de piedra que dan la espalda al ábside central. Gastadas por el paso del tiempo, las escaleras al norte y al sur comunican las dos plantas. Allí, arriba, una mesa de piedra se encuentra justo en el centro. Sobre su tabla resbala la mirada hacia el altar, hasta el Cristo. Encima, una bóveda de influencia califal corona la planta. Otra vez el islam. A la izquierda una imagen de San Juan Bautista, columnas de tipo salomónico y pequeñas vetas en la pared por las que entra la luz. También son los arcos de influencia árabe. Parece una sala de reuniones de los hermanos, pero también parece un lugar elevado donde poder acercarse más a Dios, al mundo celestial; un segundo grado en los caballeros que quieren hacer terrenal el cielo. Pero hay una tercera sorpresa: una pequeña celda corona la construcción. Un lugar reservado para la alta meditación, en la que el hermano, en un habitáculo muy pequeño, quedaba casi colgado del cielo, para terminar su contacto con Dios. Se cierra allí el círculo. Muerte y resurrección. Parece una linterna. Ya tengo la similitud que buscaba. Aquí como en San Baudelio existe la linterna de los muertos. Se completa también en mi cabeza la simbología del árbol. Todo él –en su tronco que refleja toda la vida– lleva al caballero desde lo terrenal a lo celestial.

Esta iglesia fue también una perfecta excusa para acabar con la Orden del Temple. Las acusaciones de oscurantismo y adoración a un ídolo pagano fueron algunos de los motivos para llevar a cabo su disolución y ejecutar a muchos de sus caballeros. Y la Vera Cruz forma parte de ese misterio. En realidad, este templo tiene mucho que ver con una iglesia portuguesa de la Orden del Temple: la iglesia de Tomar, otro punto más para pensar que fueron templarios los que levantaron estas enigmáticas piedras.

En esta iglesia, como en tantas otras, cuentan que hay una astilla verdadera de la cruz de Cristo. En Semana Santa, los caballeros de la Orden de Malta escoltan una procesión en la que sale el Lignum Crucis. Dicen que si se juntaran todas las astillas que hay de la cruz de Cristo, se podría construir un palacio de madera. ¿Leyenda o realidad? Si alguna hubiera de ser verdadera, pocos lugares en el mundo parecen tan apropiados como éste. De hecho, otra de sus muchas leyendas relaciona a los caballeros de la Vera Cruz con el milagro de la Cruz de Caravaca, en Murcia. Pero esa es otra historia, otra memoria de las piedras que, si el tiempo nos lo permite, recorreremos en futuras ocasiones.