Calatrava la Vieja, el principio de la milicia de Dios

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Sobre los soberbios muros, poderosos durante tanto tiempo a contener el violento oleaje de alarbes invasiones, abre surcos el labrador para cubrir tanto abandono y olvido con la corona de flores y espigas de la fecunda naturaleza. ¡Efímera condición de las obras humanas!”. Así concluye la historia de un castillo, el de Calatrava La Vieja, según cantaban los historiadores de la época. Ruinas y escombros del lugar que vio nacer la más importante Orden de caballeros, quizá con la de Santiago, que ha dado España: la Orden de Calatrava.

Este nuevo ejército religioso fue sucesor y heredero de aquel que llegó hasta el mismísimo Jerusalén y que acabó sus días entre intrigas de reyes y Papas: el Temple. Los templarios, en 1200, abandonaron la plaza, Calatrava la Vieja, que hacía marca entre la España cristiana y la musulmana, ante la eminente amenaza sarracena. Entonces, ante la súplica del monarca –Don Sancho–, un abad y un monje crearon un cuerpo religioso-militar que despertó al final, al igual que sus antecesores, el recelo de las más altas instancias.

Luchas árabes

Cerca del actual Carrión de Calatrava, los musulmanes levantaron una fortaleza militar para defender el importante camino que unía las ciudades de Toledo y Córdoba. Un gran castillo en el que hoy se están haciendo excavaciones arqueológicas y que aguanta aún la huella de la época árabe. Fue, dicen las piedras y las crónicas, una plaza al más puro estilo musulmán, que contó con mezquita, baños, tiendas… y sobre la que existen escritos que ya la mencionan en el año 785. El Guadiana –siempre el agua– se observaba desde las almenas, y su poder, aun cuando ya está bastante derruido, se aprecia entre sus restos. Una primera lucha interna entre el poder árabe de Toledo y Córdoba llevó al castillo a la destrucción; luego fue el emirato de Córdoba el que volvió a apuntalar sus muros y convertir Qal’at Rabah –como se conocía en época árabe– en una ciudad amurallada, convertida en una isla en medio de la meseta castellana por la construcción de un foso de agua que rodeaba todo el recinto.

Llegan los cristianos

La plaza, estratégicamente vital para la reconquista, la tomó por primera vez el rey Alfonso VI, en 1147. Tres años después la fortaleza fue otorgada al Temple para su defensa. Según consta en la propia prospección arqueológica, ésta fue la primera edificación templaria en el reino de Castilla y León. Rápidamente, los nuevos moradores levantaron una iglesia, con ábside en forma de herradura, un poco inclinada hacia un lado, que simboliza la cabeza de Cristo desvanecida en la cruz.

Sin embargo, los arduos caballeros templarios no consiguieron defender la fortaleza y ante el numeroso ejército musulmán que amenazaba sus muros decidieron abandonarla antes de presentar la, a su juicio, inútil batalla. Entonces, el rey Sancho III reunió a su consejo de nobles y pidió voluntarios para defenderla. Fue, dice la historia, un monje y caballero, fray Diego Velázquez, el que convenció al abad de un monasterio navarro, don Raimundo, para que reclamara la fortaleza como propia. Nadie más habló, la plaza ya tenía dueño. Un suicidio, pensó el resto. Corría el año 1158.

Según las crónicas, don Raimundo de Fítero y fray Diego Velázquez reunieron en poco tiempo un ejército de monjes y caballeros de más de 20.000 soldados. La llegada de las ordas cristianas convenció a los musulmanes de hacer el camino inverso de los templarios y desistieron de intentar tomar la fortaleza. Calatrava La Vieja había sido salvada. Ahora tenía otros dueños.

La nueva Orden estuvo sometida a la regla de san Benito. Del aspecto espiritual se encargó el abad, Raimundo de Fítero, mientras que el militar era asunto de Diego Velázquez, que además de monje era un arduo guerrero. El primero tuvo que hablar con la congregación del monasterio de Fítero y con la abadía de Scala-Dei en Francia, de la que emanaba la autoridad de la congregación para atenuar los preceptos de una nueva Orden en la que armas y oración se daban la mano –algo no reconocido por el Císter–.

Pocos años después, en 1163, la muerte del abad en el castillo convento de Ciruelos y una difícil situación política en Castilla, acabaron con la “sublevación” de los guerreros sobre los religiosos, que no querían estar gobernados por un abad. Tras un periodo convulso, los monjes se retiraron de Calatrava La Vieja y marcharon a Ciruelos o a Fítero. Desaparecido también fray Diego Velázquez, nombrado abad de otro monasterio, la Orden tuvo por fin a su primer maestre, don García, cuya primera misión fue la de marchar a Francia a pedir reconocimiento y, en parte, independencia del Císter; y luego a Roma, donde el Papa, Alejandro III, concedió el 25 de septiembre de 1164 la primera bula que reconocía la creación, ya sí propia, de una “milicia de Dios”. La Orden de Calatrava era independiente.

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De Alarcos a las Navas de Tolosa

Llegaron entonces años de luchas, posesión de nuevas tierras y más poder. Dos batallas marcaron el destino de Calatrava La Vieja. La primera, la dura derrota de Alarcos. En 1195, Alfonso VIII, su ejército y caballeros provenientes de las Órdenes de Calatrava y Santiago, sufrieron una severa derrota a mano de los almohades. Mucha sangre de los calatravos se derramó en aquella batalla. Tanta, que la fortaleza que les vio nacer fue abandonada y recuperada por los musulmanes; y tanta, que la cruz negra que era emblema de la Orden pasó a ser roja, dicen algunos que en recuerdo a tanta sangre derramada.

Pero no desapareció la Orden; sólo se replegó. Mantuvo parte de sus posesiones y se rearmó, al igual que los ejércitos de Alfonso VIII. El rey, obsesionado con vencer a los almohades, declaró una guerra santa que apoyó el Papa. Había que expulsar a los musulmanes y para ello, en 1212, una gran ejército cristiano los derrotó en la célebre batalla de las Navas de Tolosa, lo que supuso el principio del fin de Al Andalus.

Antes de esa batalla, la cruzada cristiana tomó de nuevo el castillo de Calatrava La Vieja, en un asedio que, sin embargo, hizo que muchos cruzados europeos volvieran a sus casas defraudados por el pacto que hizo el rey Alfonso con los musulmanes. El monarca permitió una retirada de las tropas almohades a cambio de la fortaleza. El recinto, ya bastante deteriorado por las disputas, volvió a manos de la Orden que lo supo defender cuando quedó expuesto al olvido. Sin embargo, el tiempo se cobró su factura y los calatravos edificaron una nueva fortificación, más al sur, en el año 1218. Construida por los prisioneros musulmanes de Las Navas, nació Calatrava La Nueva, sede que ya nunca abandonarían.

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