Los Templarios y el Reino Perdido

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 En el siglo XII diversos reyes europeos recibieron una carta firmada por un tal Preste Juan, quien se autocalificaba regente de un misterioso reino situado en las tierras de Oriente y en el que habitarían seres mágicos. En El fantástico Reino del Preste Juan (Aguilar, 2007), obra fascinante de la que extractamos el siguiente artículo, su autor descubre en el documento una serie de claves esotéricas que apuntan hacia la Orden del Temple.

Varias misivas, escritas por un personaje que se hacía llamar Preste Juan de las Indias, llegaron a manos de importantes líderes políticos y espirituales en 1165, entre los que se incluían el emperador de Sacro Imperio Germánico, Federico Barbarroja; el emperador bizantino de Constantinopla, Manuel Comneno; Luis VII, rey de Francia; el monarca luso Alfonso Enriques y el Papa Alejandro III de Roma. El misterioso documento –cuyo remitente aseguraba que vivía en alguna parte de la difuminada geografía de Oriente– aludía a las enormes riquezas y gran poder que ostentaba su autor, el Preste. Este rex et sacerdos (rey y sacerdote) se confesaba cristiano, aunque algunos creyeron que pertenecía en realidad a la herejía de los nestorianos.

Los receptores de la carta vieron en el poderoso rey cristiano un excelente aliado para luchar contra los musulmanes. La respuesta del Alejandro III a la misiva del Preste se demoró casi cinco años, pero contó con un mensajero de lujo: su médico personal, un tal Phillipus. Nada se sabe del resultado de este viaje.

La espesa niebla del tiempo ocultó este curioso episodio. La misiva, en la versión destinada al emperador de Constantinopla, empezaba así: «El Preste Juan, por virtud y la gracia de Cristo Jesús, rey de todos los reyes cristianos y señor de todos los hombres de la Tierra, salud y gran amor envía al muy gentil Emperador, defensor de Constantinopla. Sabed que le desea salud para que prevalezca y conquiste grandes riquezas (…) Soy Señor de los Señores y supero en toda suerte de riquezas a las que hay bajo el cielo, así como en virtud y en poder a todos los reyes del universo mundo. Setenta y dos reyes son tributarios nuestros. Cristiano devoto soy y a los cristianos pobres que, en cualquier parte se hallan bajo el imperio de Nuestra Clemencia, los protejo».

Más adelante, el documento aludía a los habitantes del enigmático reino: las míticas mujeres amazonas, los pueblos condenados de Gog y Magog y hombres salvajes, además de centauros, unicornios y dragones adiestrados por sus súbditos. Cuando leí por primera vez la carta del Preste Juan me percaté de que su contenido estaba pergeñado de términos alquímicos, lapidarios medievales y, quizá, un mensaje críptico dirigido a la cristiandad. Alquimia de la inmortalidad.

Es posible que parte del mito del Preste Juan se gestase en la India. Sus habitantes creían en la estrecha relación entre el oro y la longevidad, un asunto que parecía interesarle al Preste especialmente. Los hindúes desarrollaron una «alquimia de la medicina», disciplina centrada en el estudio de la inmortalidad y del espíritu. Precisamente, en los dominios del rex et sacerdos existiría una fuente de la eterna juventud. La versión de la carta alude a un «palacio de la inmortalidad», perteneciente al Preste Juan, que una misteriosa voz ordenó construir a su padre. La obsesión de los alquimistas europeos por la transformación de metales viles en oro puede explicar, en parte, que en la carta se mencione reiteradamente la posesión de este metal. Pero la pista decisiva para confirmar el carácter alquímico de la misiva es la extensa referencia al mítico unicornio, importante elemento en el contexto de la alquimia, pues representa la naturaleza doble —divina y demoníaca— del mercurio, el cual actúa como agente de la transmutación.

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Según cierta leyenda, la Piedra Filosofal se encuentra bajo el cuerno del unicornio, también considerado un poderoso antídoto contra venenos. La misiva del Preste se refiere a unicornios de tres pelajes: rojo, blanco y negro. «Sin embargo, los blancos tienen más fuerza que los demás, ya que combaten al león, aunque el león los mata», leemos en uno de los fragmentos. Está comprobado que estos tres colores se refieren a las tres etapas fundamentales de la alquimia: el nigredo (Obra en Negro), el albedo (Obra en Blanco) y el Rubedo (Obra en Rojo). La poder de las piedras preciosas El poder del Preste estaba relacionado con la posesión de gemas o piedras preciosas. En las cartas se citan algunas con propiedades mágicas y terapéuticas. La clave de estas menciones se encuentra en unas obras medievales llamadas lapidarios, que contenían abundante información sobre las gemas y sus capacidades mágicas, médicas y herméticas. La base de dichos textos es que los astros son capaces de proyectar sobre las piedras preciosas una serie de virtudes o desgracias, susceptibles de ser absorbidas por el ser humano que entre en contacto con éstas.

En la alquimia se asocian determinadas piedras y minerales con poderes cosmológicos y astrológicos. Según las cartas del Preste, el jaspe se utilizó en la construcción de los peldaños que daban acceso al monumental «espejo que todo lo ve». De acuerdo con los lapidarios, el jaspe tiene la facultad de confortar el espíritu y mejorar la vista. En la carta latina del Preste Juan se menciona, por encima de otras, a la esmeralda: «En nuestra mesa comen a diario treinta mil hombres, además de los que entran y salen (…). Esta mesa es de esmeraldas preciosas y la sostienen dos columnas de amatista. Por la virtud de esta piedra, nadie que se siente a la mesa puede embriagarse». Además, el Preste Juan poseía un cetro de esta misma piedra preciosa, que varios autores han relacionado con el Santo Grial, pues una versión afirma que el sagrado vaso estaba fabricado con esmeraldas. Así, el mito del rex et sacerdos se relaciona con el cáliz de la Última Cena. Quizá por este motivo, el caballero templario y trovador von Eschenbach escribe su poema Parzival sobre la leyenda del Rey Arturo y el Grial, introduciendo en el relato la figura del Preste Juan.

Los Templarios: autores de las cartas

Esta es la hipótesis que defiendo en mi libro “El fantástico Reino del Preste Juan”. Para ello me baso no sólo en un profundo análisis de las misivas, sino también en un estudio del contexto histórico en el que se divulgaron. Los documentos son el reflejo de una época –mediados del siglo XII– de grandes convulsiones políticas, sociales y culturales en Europa. En aquel mundo belicoso, fanatizado y supersticioso, las cruzadas representaron la culminación de un ideal largamente acariciado por reyes y papas: la conquista de Tierra Santa para la cristiandad. Las nuevas órdenes religiosas monásticas, como los Caballeros templarios, se esforzaron por estar presentes en Tierra Santa y franquear las rutas hacia Jerusalén de los peregrinos cristianos.

En el 1144 los turcos selyúcidas tomaron el condado latino de Edesa. Esto desencadenaría la segunda cruzada, predicada por San Bernardo de Claraval, que fracasaría cuando las tropas franco-germanas fueron derrotadas en Damasco. En 1145, en Viterbo (Italia), apareció un obispo cristiano de origen francés llamado Hugo. Procedente de Jabula (Líbano), era enviado por la Iglesia de Armenia. Hugo solicitaba ayuda al Papa Eugenio III para reconquistar a los árabes la ciudad de Edesa. El obispo mencionaba a un rey llamado Presbyter Iohannes que pretendía tomar Jerusalén y que vivía en el Extremo Oriente. Sin embargo, como era de esperar, nada se supo de los ejércitos del Preste Juan. Pero algunos regentes europeos no perdieron la esperanza en que el rex et sacerdos se dignase a unir sus tropas a las de los cruzados y, de este modo, derrotar a los musulmanes.

La carta probablemente tenía como fin insuflar ánimos a los principales monarcas de la cristiandad. Si pensaban que al otro lado del planeta existía un poderoso aliado cristiano, sería más complicado que se rindieran frente al enemigo musulmán. En la versión francesa de la carta se lee que 2.000 franceses armados protegían al misterioso rey y a sus tesoros. Esta cita apunta claramente a la Orden del Temple. Los templarios no eran simplemente monjes guerreros, sino que los más ilustrados se habían iniciado en algunos conocimientos, como la alquimia. Dicho «arte» les llegó por medio de los musulmanes, con los que se relacionaron en Tierra Santa.

La cruz Otra pista sobre un posible origen templario es la alusión en las cartas a la cruz, uno de los elementos más importantes de la simbología templaria: «Cuando procedemos a guerrear contra nuestros enemigos, mandamos llevar ante nuestra faz, en lugar de estandartes, trece cruces grandes y muy altas, hechas de oro y piedras preciosas, cada una en un carro; y todas y cada una de ellas son seguidas por diez mil caballeros y cien mil infantes armados». Los templarios también enarbolaban cruces en el campo de batalla. En la misiva también aparece reflejado el valor de la cruz de oro, es decir, el «oro alquímico».

Son 13 las cruces que portan los soldados del Preste, quizá recordando a los 12 apóstoles más Cristo o a los 12 signos zodiacales y el Sol, símbolo crístico por excelencia. Más tarde, durante el proceso contra los templarios en el siglo XIV, se los acusó de practicar artes alquímicas, algo que los acusadores consideraron funesto y demoníaco.

Años antes, en 1317, el Papa Juan XXII publicó una bula contra los alquimistas. Si realmente el autor de las cartas del Preste Juan fue un alquimista —y todo parece apuntar en esta dirección—, deberíamos buscarlo en el seno de la Orden de los Caballeros de Cristo en aquel año 1165, posiblemente en la Occitania. ¿La intención? Conseguir que los reyes cristianos reconquistaran Edesa –importante bastión templario– y expandir los dominios del Occidente cristiano más allá de los territorios conocidos.

¿Dónde está el reino del Preste Juan? El imperio del Preste Juan parece confundirse con el mismísimo Paraíso Terrenal o colindar con él. Es lo que se deduce de las cartas, pues, según las mismas, se encuentra situado donde surgen los ríos edénicos mencionados en el Génesis bíblico. Algunos creyeron que tales ríos nacían cerca del Ganges, en la India, o en la zona de Mesopotamia, entre el Tigris y el Eufrates, cuna de la humanidad. Además, en la misiva latina se menciona a uno de sus reinos del siguiente modo: «Un bosque situado en las estribaciones del monte Olimpo, del que brota una fuente de aguas transparentes que guarda el sabor de todas las especias (…). Su curso prosigue por tres días, hasta llegar a las proximidades del Paraíso, del que Adán fue expulsado».

En la Edad Media, la India se consideraba una tierra de infinitas riquezas, donde se situaba el Paraíso Terrenal, y que los comerciantes anhelaban dominar para obtener mercancías con las que negociar en Occidente. La tierra de Tarsis, a la que alude en la Biblia, se llegó a confundir con la misma India. En Tarsis, que en hebreo significa «crisólito» o «zafiro», moraban dragones y se producía pimienta en cantidad, tal como indica la carta del Preste.

El espejo mágico Uno de los objetos más enigmáticos y fascinantes mencionados en las cartas del Preste es, sin duda, el espejo mágico que todo ve. El soberano localiza el poderoso «cristal» frente a su palacio: «Encima de aquel pilar soberano, puesto allí por una mano sabia, descansa el espejo, que puede verse desde muy lejos en toda la región. Fue levantado con tan gran arte y proyectado con tan gran maestría que en él pueden verse y contemplarse fácilmente las guerras que, en el país que sea, preparan nuestros enemigos. No hay tierra tan lejana donde se fragüe una guerra, ni traición de gente alguna, que no veamos al momento. No tenemos menester de espía alguno que nos informe rápidamente de las noticias, ya que todo lo vemos en el espejo: nuestros enemigos y sus preparativos, nada se nos puede ocultar. De día y de noche, es la verdad, mantenemos junto al espejo tres mil hombres armados para guardarlo y evitar que lo roben por ardid, lo tiren al suelo o lo hagan añicos; y para que los enemigos no puedan acercársele, es bueno vigilarlo de cerca».

Entre los taoístas, el espejo mágico desvela la naturaleza real de las influencias maléficas, las aleja y protege contra ellas. De ahí que el Preste construyera un espejo gigante para poder ver el movimiento de sus enemigos y, consecuentemente, anularlos.

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