El castillo de Blatná, perla del sudoeste de Bohemia

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Con su alta y esbelta torre gótica el castillo de Blatná se parece a un cisne blanco que se mira en el espejo de las relucientes aguas. Blatná es uno de los castillos acuáticos mejor conservados en territorio checo. Está ubicado en la homónima ciudad, en el sudoeste de Bohemia.

Cuando nos acercábamos al castillo de Blatná, un fuerte viento azotaba las aguas de su foso acuático.

El castillo fue edificado en un islote en medio de un estanque, construido en lugar de un pantano. En la Edad Media el acceso era posible sólo por un puente levadizo.

Todo indica que ya en los tiempos prehistóricos se asentaron los primeros pobladores en el islote que emergía de extensos pantanales. Las tierras pantanosas se denominan en Bohemia “blata”. De ahí el nombre del castillo y de la ciudad de Blatná.

Cuando cruzamos el antiquísimo puente de piedra sobre el foso acuático del castillo de Blatná, empezamos a respirar los aires medievales.

La primera mención de Blatná en fuentes escritas se remonta al año 1235. Según las crónicas medievales, el castillo perteneció a alguna orden de caballeros: a los templarios o a los johanitas. Con la supuesta presencia de los templarios está relacionada la siguiente leyenda:

En el salón de banquetes del castillo se encontraba en el pasado una pintura que representaba un paisaje desierto y rocoso en el que se paseaban caballeros templarios. Delante de ellos caminaba un moro semidesnudo. Éste portaba una linterna cuya luz incidía en una piedra al pie de una roca y el moro apuntaba a ese lugar con el dedo índice de la mano izquierda.

Todo aquel que contemplase el cuadro reconocía que tenía la sensación de que lo invadía un extraño enigma que no estaba en condiciones de descifrar.

La leyenda narra que a finales del siglo XVIII trabajaba en el castillo de Blatná un escribano que pasaba largas horas delante de la pintura tratando de descifrar el mensaje oculto en la escena retratada. Y un día efectivamente llegó a comprender el lenguaje misterioso de la pintura.

El escribano se dio cuenta de que el moro de la pintura conducía a los caballeros templarios al lugar donde estaba escondido un tesoro. Con el dedo indicaba el lugar que estaba además iluminado por su linterna. No estaba claro si indicaba a los templarios si debían extraer el tesoro o si tenían que custodiarlo ante las malas personas.

Al escribano no le preocupaba este último problema. Necesitaba aclarar otra cosa: si la pared en la que estaba la pintura ocultaba o no un tesoro. Un día dio en la misma unos golpes. De la pared salió un sonido que indicaba que en su interior había un hueco.

Por la noche el escribano llegó con las herramientas y abrió en la pared un agujero. Apareció un hueco del que el hombre retiró el oro y la plata y la misma noche huyó con el tesoro al extranjero.

Los tesoros históricos que admiramos en Blatná se deben en gran parte a los señores de Rozmitál que adquirieron el castillo antes del año 1400. Durante su gobierno, Blatná conoció su mayor esplendor.

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Cuando los turistas entran en el castillo por el zaguán de su imponente torre gótica, recuerdan que por ese mismo lugar pasó el 25 de noviembre de 1465 una espléndida cabalgata, encabezada por Jaroslav Lev de Rozmitál.

El magnate estaba al frente de una delegación integrada por unos 40 hidalgos, encargada por el rey Jorge de Podebrady de realizar una misión diplomática en varios países de Europa Occidental.

Los diplomáticos checos debían intentar negociar con los monarcas europeos un tratado que estipulase la solución pacífica de todos los conflictos que surgieran en el continente europeo. El proyecto del monarca checo de crear una unión europea de naciones se adelantó varios siglos a su tiempo. Por eso no pudo salir adelante.

El culto diplomático Jaroslav Lev de Rozmitál se dejó inspirar por la alta cultura de la nobleza de Europa Occidental que había conocido durante el viaje. Se nota en la decoración de su despacho, llamado Sala Verde, cuyas espléndidas pinturas murales del gótico tardío han conservado su frescura sin haber sido jamás restauradas.

Transcurrieron siglos y en 1798 el castillo de Blatná fue adquirido por el linaje de los Hildprandt que sería su dueño hasta 1948, año en que el castillo fue expropiado por el régimen comunista.

La llegada de los comunistas al poder significó una violenta interrupción de la carrera de los hijos del barón Hildprandt que consagraron su vida al arte.

Jindrich Hildprandt dedicó su vida a la escultura. El artista esculpía sus singulares obras en piedra o las tallaba en madera dura, técnica que había aprendido durante su estancia en Cuba.

Durante el recorrido por el castillo de Blatná podemos contemplar el retrato del padre del artista, el barón Ferdinand Hildprandt, tallado en madera conservada por el agua del mar y que el escultor trajo desde Cuba.

Jindrich Hildprandt es también autor de la escultura que representa a un muchacho- pescador, instalada en Buenos Aires.
El artista vivía y trabajaba en una casita estilo Imperio, situada en el parque del castillo de Blatná. Después de ser desalojado de su vivienda por los comunistas, en 1961 emigró a Alemania Occidental.

¿Y qué fue de los restantes miembros de la familia de los Hildprandt? En 1958 el emperador de Etiopia, Haille Selassie, solicitó durante su visita oficial a Checoslovaquia al presidente comunista Antonín Novotný que el régimen permitiera a los Hildprandt emigrar a su país. El monarca conocía a la familia desde los tiempos de antes de la Segunda Guerra Mundial.
El barón Bedrich Hildprandt pudo salir legalmente de Checoslovaquia y la familia vivió en Etiopia hasta 1975.

Después de la Revolución de Terciopelo de 1989 el castillo fue restituido a los descendientes de los propietarios originales que ahora dedican un enorme esfuerzo a su restauración como podrán convencerse, amigos, durante su visita a Blatná. Después de recorrer el castillo no se olviden de ir al parque donde les espera una manada de gamos que se crían en Blatná desde el siglo XVI.

Por Eva Manethová, www.radio.cz