Un subsuelo misterioso

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Quizá en ningún lugar del mundo se mezclan tanta historia, leyendas, misterios y pasiones como en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Contemplada desde enfrente, desde el Monte de los Olivos, con sólo el valle del Cedrón por medio, es de una belleza impresionante. El sol que reluce sobre la cúpula dorada de la Mezquita de Omar, construida en el lugar que ocupó el templo judío, prodigio de equilibrio geométrico que han tratado de copiar sin éxito numerosas iglesias en Europa; la colosal Mezquita de Al Aqsa; la conjunción perfecta de espacios, árboles, fuentes para las abluciones; todo aparentemente tranquilo y respirando sosiego y paz. Pero cuando uno se acerca empiezan las dificultades. Si se es musulmán es muy probable que los soldados judíos no le permitan ni acercarse si tiene menos de 50 años. Si no pertenece a esta religión, tendrá que buscar la puerta adecuada, la hora y el día pertinente. Y no es sencillo, porque en esta explanada hay mucho más de lo que se aprecia a primera vista.

Ante todo, tiene un mundo subterráneo en el sentido literal de la palabra. En efecto, Herodes planeó una explanada de dimensiones mucho mayores que la colina, y construyó unas bóvedas en el sur y en el este para poderla edificar encima. De buena parte de este mundo subterráneo sólo tenemos noticias por los visitantes ingleses del siglo XIX, porque más tarde la autoridad musulmana impide totalmente el acceso. En 1972, acompañando al Padre Benoît, un biblista francés que residía en Jerusalén y gozaba de un altísimo prestigio ante la autoridad musulmana, pude entrar en los subterráneos surorientales, un espacio enorme abovedado, de origen herodiano, que los cruzados usaron como establo para los caballos de su ejército. Además, pasadizos y escaleras, cisternas para el agua del Templo, y canales por los que puede pasar una persona erguida.

¿Qué pensar de la revuelta ocasionada por el intento de la municipalidad de Jerusalén de sustituir la actual rampa que lleva a la puerta de los Magrebinos? Se trata del acceso al recinto para los no musulmanes. La rampa es insegura y su sustitución por una metálica, además de ventajas prácticas, liberaría espacio para el notable parque arqueológico del entorno. El acceso actual es un terrón estrecho, acumulación de sedimentos bizantinos, omeyas, medievales y modernos, de escaso interés según me dicen arqueólogos de Jerusalén (no judíos), bajo el que existe un magnífico espacio arqueológico. En este lugar, la arqueología está muy frecuentemente al servicio de proyectos nacionalistas o ideológicos.

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Se puede objetar que los estratos superiores han sido destruidos casi totalmente y que se han sacado a la luz los restos herodianos del siglo I. Y es verdad que las construcciones herodianas son consideradas como las de mayor valor arqueológico. Pero la desconfianza y el recelo de los musulmanes es muy explicable. Piensan que las excavaciones pueden ser ocasión para penetrar en la explanada por sus oquedades subterráneas. Y desconfían de la valoración arqueológica de los hallazgos. Y lo que es más grave: todo ese espacio arqueológico en el entorno exterior de la explanada se descubrió cuando, después de la conquista de la zona por el ejercito judío en la Guerra de los Seis Días (1967), se derribó el modesto barrio árabe que allí estaba y se excavó rápidamente, conculcando las normas que debe respetar un ejército ocupante. Claro que Israel cuenta con el permiso de su dios y, sobre todo, con el apoyo incondicional de Estados Unidos para hacer caso omiso del derecho internacional y de las declaraciones de la ONU. Para los judíos, la explanada es ‘el Monte del Templo’ de Salomón que cantan con emoción en sus salmos.

El lugar fue ocupado por los musulmanes en el siglo VII, y los cruzados lo conquistaron en el año 1100, y convirtieron las mezquitas erigidas por los árabes en iglesias. Allí residía el rey cristiano, que cedió después el lugar a la Orden del Temple (templarios), quienes dieron nombre al espacio. Es Saladino quien lo recupera para el islam en 1188, y así permanece hasta nuestros días. La Explanada de las mezquitas para unos, el Monte del Templo para otros, lugar donde se sitúan numerosas enseñanzas y episodios de la vida de Jesús, leyendas de Mahoma e innumerables tradiciones judías. Lugar de condensación de emociones religiosas que pueden estallar en cualquier momento. Realizar un gesto que pueda interpretarse como religioso y no musulmán -leer la Biblia, por ejemplo- acarrea una bronca entre gestos amenazantes.

Las consecuencias de los trabajos en la rampa de la Puerta de los Magrebinos, en sí mismos de poca importancia, revela que los odios, la desconfianza y las heridas siguen abiertas, y que se agrandan cada vez más. Se desea que las religiones se entiendan y sean un factor de paz. Me conformaría con que ni la Biblia ni el Corán pretendan ponerse por encima de la razón universalizable, único medio para conseguir una modesta, imperfecta, pero valiosísima paz de la que Jerusalén carece hoy y ha carecido prácticamente a lo largo de toda su historia milenaria.

Por RAFAEL AGUIRRE ÁLVARO SÁNCHEZ
en Elcorreodigital