Cinca Medio – El renacimiento aragonés

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En Cofita existe una ermita románica de tejado medio destartalado donde, si se acerca bien el ojo a la pared, pueden descubrirse las siluetas de unos caballeros labradas en la piedra. Hay también un viejo reloj solar. Unas vecinas me abren la puerta para mostrar el estado de desahucio que sufre, dedicada la sacristía al vano oficio de depósito de trastos. La ermita se pone de largo únicamente el 21 de julio, por la Magdalena. “Aquí la gente se fue para Monzón y no vuelve más que en verano” dice una de ellas, mientras las demás asienten. Otra me ofrece un trago de agua. Son personas apacibles, que miran con despreocupación al viajero. Le hacen sentirse como en casa.

Los caballeros de la piedra se suponen pertenecientes a la Orden del Temple, que estableció en Monzón una Encomienda desde 1143 hasta 1308, convirtiendo su castillo en cabeza de una demarcación que abarcaba 28 poblaciones de los valles del Cinca y Litera. Primero fortaleza musulmana, después cristiana, los templarios la transformaron en convento y cárcel y, el paso de los años y las guerras, otra vez en peña fuerte y codiciado botín. Hasta hoy, sometida a una lenta y minuciosa recuperación arqueológica, en que sirve de atalaya privilegiada sobre el casco histórico y el horizonte de ladridos y pinceladas oscuras del río. La sala capitular-refectorio se utiliza en el estío para veladas musicales y otros actos culturales, pero el resto del año merece la pena llegarse hasta la plaza de armas para husmear su historia entre las almenas y los resquicios de las piedras.

PARAÍSO DE FRUTALES
La memoria es una de esas cajitas envueltas en celofán que, como un cofre relleno de perlas de colores, contenían chocolate escarchado en una ciruela. Llegando a Albalate, el horizonte se dibuja en una planicie terrosa, alargada, que anticipa el paisaje ignoto de Los Monegros tras la cinta verdeante de la vega y las Ripas de Alcolea, unas altísimas paredes de tierra y cárcavas. Antes el cielo va convirtiéndose en un aliento de calima: es el paraíso euclidiano de los árboles frutales, donde se afanan los agricultores casi invisibles.

Albalate de Cinca asemeja el pueblo donde habitaba el abuelo arisco de Pepe Garcés, el pillastre de la Crónica del Alba, de Ramón J. Sender. Sender nació en Chalamera, tan sólo unos kilómetros más al sur, en la orilla opuesta. De Albalate, sin embargo, es originario el tenor Miguel Fleta. Un monumento lo recuerda junto al torreón almohade de su plaza mayor, como ocurre en Chalamera con el escritor muerto en el exilio californiano.

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Albalate es un poco la síntesis urbanística y espiritual del contorno. Hay algún palacio renacentista, con sus galerías de arquillos de medio punto y aleros de robusta madera, y enormes casonas con balcones de hierro forjado dibujando caprichosos bucles. Sus calles, pintarrajeados los muros por los últimos quintos, están tomadas por el rumor de huracán que levantan las palomas con sus arrullos o el gañido enloquecido de las golondrinas, por la silueta del solitario viajante que abandona un comercio y, también, por ese color a tierra parda que todo lo tamiza: las paredes, las esquinas, la luz.

En Binaced, muy cerca de la calzada romana que comunicaba César Augusta con Tarraco, los viejos charlan de forma muy animada a la sombra, en la mañana. Mientras, una mujer africana tira de dos pequeños hacia su casa, como un arco iris en el polvo. Pero existe otra realidad de la que me hace confidente la tosca conversación entre unos sin papeles españoles, que buscan trabajo en la recogida de la fruta, y el dueño de un bar que les advierte de la dificultad de su tarea. “No digo que alguno no lo haga, pero aquí la Cooperativa lo vigila mucho”, concluye.

CURIOSOS TOPÓNIMOS
La influencia musulmana fue trascendental y aún es evidente en la voz de muchas poblaciones, Azanúy, Alfántega, Conchel, Estiche, Selgua…; también en la disposición geométrica de cultivos o el trazado de las acequias que cuadriculan los campos. Y en la reunión del arte y el ladrillo: en Monzón, donde se alza la torre de Santa María, llena de arabescos mudéjares. O en Pueyo, con su torre campanario morisca.

La calle Mayor de Monzón es una línea donde las vecinas entrecruzan chismes y risas de un balcón a otro. A sus pies, los umbríos portales de vigas vistas y dibujos canteados en los suelos, los niños que juegan, las rancias tiendas, el trajín de la vida cotidiana. Monzón conserva la esbelta chimenea de ladrillo de la azucarera, cerrada en los años 60, como un monolito de homenaje a su pasado industrioso más reciente.

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Y por ella se enfila, precisamente, hacia Fonz, un precioso encaje medieval de pasadizos, viejos edificios blasonados, callejas empinadas y palacios renacentistas del siglo XVI, como la Casa Moner, la de Francisco Codera o el Palacio de los Gómez de Alba. Quedan en el recuerdo las mujeres charlando, sentadas en corro, en las tardes de Fonz. Y el palacio de los barones de Valdeolivos, con sus joyas: la biblioteca particular de la Casa de Ric, que contiene más de 4.000 volúmenes publicados desde el siglo XVII hasta principios del XX, y su archivo familiar, que cuenta con un importante fondo de documentos originales de la Guerra de la Independencia.

Y queda también el fulgor de estaño de los arrozales, junto al cauce del Cinca, desde la ermita de Santa María de Chalamera. Por allí pasaba un ramal del camino de Santiago que iba de Lérida a Fraga, el Monasterio de Sigena y Huesca. Al fondo, el canto del cuco y el olor a lluvia en el aire.

por Pepo Paz Saz, elmundo.es

One thought on “Cinca Medio – El renacimiento aragonés

    kamel said:
    May 5, 2009 at 8:52 pm

    Thanks

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