Sintra – Jugando con el tiempo

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Cuando las luces del día se van apagando, el viento es el único imperativo en el Penha Longa Hotel & Golf Resort. Sus silbidos no sólo evidencian el microclima que reina en esta isla urbanizada en el entorno de la sierra de Sintra, sino que también son mensajeros de las creencias populares y de las voces antiguas que pueblan este lugar. Desde la habitación, emerge el patrimonio arquitectónico que enriquece el recinto del hotel, revelando la herencia del esplendor eclesiástico y monárquico portugués del siglo XIV, en el que arraigan sus orígenes. La primera huella de otro tiempo es la del nombre: Penha Longa proviene de la existencia de un gran peñasco que domina una extensión de 220 hectáreas, transformada a finales de los 80 en hotel por un grupo empresarial japonés y recientemente remodelado por una compañía inversora alemana, en una mezcla entre tradición y modernidad.

Esa piedra coronada por una cruz alberga un tesoro en su interior. Ahí está desde hace siglos, esperando quien se adueñe de él. Cuenta la leyenda que hay quien lo haya intentado lanzando huevos para acertar en el punto exacto en el que está escondido, de ahí el color amarillento de su cima… pero es posible que ese alguien ignore que el único tesoro es este lugar. Por alguna razón ya fue escogido hace siete siglos por los seguidores de Jerónimo para fundar la rama portuguesa de esta orden religiosa y, más tarde, como lugar privilegiado de veraneo por monarcas, como Manuel I (1496) o Sebastián (1580), cuyas presencias se palpan todavía hoy.

Los monjes ascetas, que creían que la meditación era el camino del conocimiento y de la salvación, eligieron este paraje por la soledad y la preponderancia de la naturaleza. Porque era, y sigue siendo, un refugio, un lugar lo suficientemente apartado y equipado como para sentirse a salvo de las preocupaciones mundanas, pero muy bien comunicado con Lisboa, una de las capitales europeas más seductoras, situada a tan sólo 20 kilómetros. A diez se encuentra Estoril, centro turístico, y un poco más cerca, Sintra, la región a la que pertenece.

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Si es cierto, como dice José Saramago, que todos los caminos conducen a Sintra, no hay más opción que deambular por una ciudad que conjuga montaña y mar hasta el extremo más occidental del continente europeo y que ha sido escenario de reyes, de masones o templarios. De escritores que, igual que Lord Byron en plena efervescencia romántica, la describieron como un paraíso.

Conocida en la antigüedad como Monte de la Luna, el hombre fue escribiendo en piedra la historia de Sintra pero no menospreció su riqueza ambiental y eso fue reconocido en 1995 con su designación como Patrimonio de la Humanidad. El trazado medieval se conserva en las calles estrechas, laberínticas y, sorteando el paso de los visitantes, no hace falta alejarse mucho del centro para encontrarse todo tipo de monumentos civiles y religiosos, como el Palacio Nacional, la Torre del Reloj o ejemplos de tantas iglesias como proliferan en este país. Pero Sintra es visita obligada por sus jardines exóticos, por el Palacio da Pena, un edificio que parece robado a un cuento de hadas, o por las murallas del Castelo dos Mouros, una construcción militar árabe del siglo VIII.

Un poco más escondida está la Quinta da Regaleira que, desde los símbolos templarios o masónicos hasta los lenguajes alquimistas revelados en pozos y grutas, narra la tradición mitológica de los lusitanos. Fue aquí mismo donde la fadista Mariza encontró la inspiración para poner en escena el poema Cavaleiro Monge, de Fernando Pessoa.

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Cuando las luces del día se van apagando en el Penha Longa, el ventanal nos protege de la inmensidad de la naturaleza y de las voces del viento. La decoración de la habitación, de líneas sobrias en color castaño tierra combinado con madera, incita a la relajación y a disfrutar de todos los detalles que el hotel dispone para el viajero: un vino de Oporto, una televisión de plasma, la música ambiente, cualquier delicatessen, un baño relajante o las imágenes regaladas desde la terraza.

En esa panorámica de la montaña, sobresale el perfil de la iglesia matriz que presta culto a Nuestra Señora de la Salud porque hace siglos, entre sus muros, protegió a los habitantes de la zona de la peste. Guarda las figuras de los apóstoles. De todos menos uno. Judas. Y su ausencia es un misterio que nadie consigue explicar.

Desde la terraza vuelven, como un murmullo, las plegarias del nuncio Pompeu Zambricario, quien se hizo construir un jardín renacentista con lago como centro espiritual y que ahora el Penha Longa Hotel quiere recuperar para integrar en su patrimonio. O la del rey Manuel I, que quizás proyectó desde aquí grandes conquistas para el reino de Portugal. Él fue el precursor del arte manuelino, un estilo portugués, cuando el resto del mundo experimentaba el gótico y el renacimiento, con formas sensuales y motivos que absorben las influencias marítimas. Hoy su rastro también se aprecia en este complejo. El Penha Longa es un respiro a la aceleración de los días para interesarse por la historia portuguesa o para dejarse entretener por el tiempo jugando al golf en uno de sus dos campos. El sol brilla en la piscina, todo está preparado en el Health Clube, pronto lo estará en el spa tailandés.

Es posible que sí, que el único tesoro sea este lugar. Del siglo XIV al XXI, seguimos recorriendo el mundo, como ya lo hicieron los portugueses en su pasado, a través de las distintas especialidades de té, con la intimidad de una conversación en el bar, hoy poblado por hombres de negocios, o por una gastronomía que atraviesa desde Japón a un Portugal que, con una carta de más de quinientos vinos, sigue regando su eterno debate entre el clasicismo y la contemporaneidad.

por Sonia Dominguez, elmundo.es