Javier Díaz Húder, especializado en novela histórica, habla de su nuevo libro

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POR EVARISTO AMADO

«Conozco bien Galicia. Es un sitio donde a uno le gusta perderse». Javier Díaz Húder (Funes, Navarra; 1940), 65 años, recién jubilado, antiguo empresario, realizó sus primeros ensayos narrativos tardíamente, en el transcurso de la última década. No le gusta que lo definan como «escritor profesional», si bien admite que en la actualidad sí dedica todo su tiempo a su obra. Encadena ya más de media docena de títulos. El último, «El renacer del Temple» (semifinalista en el premio de novela histórica Alfonso X el Sabio en su edición de 2005), lo ha traído a Compostela.

Allí desmenuza las claves de su penúltima creación y analiza la salud del género histórico, que considera hipertrofiado por el éxito y plagado de hijos bastardos.

-Decenas de novelas y estudios al respecto han desdibujado la figura del caballero templario. ¿Quiénes eran realmente?

-La Orden del Temple empezó como unión de los Caballeros de Cristo, un grupo de religiosos acendrados. Formaban una organización religioso-militar fundada para defender los Santos Lugares y la ruta de los peregrinos a Tierra Santa. Como ocurre con el Opus Dei, el que ingresaba en la orden tenía que dejar sus bienes y donar todas sus propiedades a la Iglesia al morir… La organización se hizo riquísima y era un poder fáctico muy importante en la época. Recibían muchas donaciones, Con ellas llegaron a constituir un ejército de 15.000 hombres.

-¿Qué hay de cierto en su papel de iniciadores de un protosistema bancario?

-Ellos decidieron crear una red de encomiendas por toda el área geográfica sobre la que se extendieron. Por aquel entonces un caballero necesitaba de 6 mozos, caballos…Trasladar todo esto a Palestina era muy complejo, por lo que deciden crear este sistema fiduciario. No lo inventaron propiamente: los griegos, los romanos y los judíos tenían algo parecido. Los templarios sí fueron precursores en el uso de los pagarés y las letras de cambio. Era un sistema más importante que las postas del medievo. En lugar de llevar el dinero, portaban recibos en los que podían ir descontando.

-¿Por qué ha crecido su mito literario en la actualidad?

-En aquellos tiempos no tenían el misterio que tienen hoy. Todo se remonta a la época en que Felipe IV de Francia y I de Navarra decide acabar con la Orden, punto de partida del libro. El monarca destruye esta organización en Francia, pero su decisión no tiene el mismo efecto en los diferentes países. Si en Francia son borrados del mapa, en Alemania se transforman, y en Inglaterra comienzan a disminuir poco a poco. La clave está en que cuatrocientos años después, en el siglo XVIII, los templarios escoceses terminan uniéndose a la masonería. Y de eso habla «El Código Da Vinci». La mentira de ese libro es que no habla de los templarios, sino de su posterior simbiosis.

-¿Han afectado esas «mentiras» a la novela histórica como género?, ¿Cree que lo han devaluado?

-La mía es una aventura sobre los templarios, pero no recurro al esoterismo. La calidad de la novela histórica se ha visto resentida por muchos motivos. Uno es la cantidad de títulos que inundan las librerías tras el auge de «El Código Da Vinci». Hay demasiados. También existen muchos arribistas que bajo el título de novela histórica han publicado semblanzas de monarcas u otro tipo de creaciones que escapan al propio género. El propio «Código da Vinci» es un pastiche.

-¿Hasta qué punto le está permitido al autor de novela histórica cruzar de la historicidad a la pura invención, dónde debe parar, a qué límite puede agarrarse entonces?

-Es lo que más claro tengo al escribir: el contexto histórico es sagrado. Intento asignar a las diferentes figuras históricas el lugar que se han ganado en la Historia, sin buenos ni malos. Discrepo de esos escritores «de casa» que describen a sus reyes como buenos… Las situaciones ficticias deben ayudar a contar una historia que sucede en otro tiempo de manera verídica.

-¿Qué nos ha quedado en Galicia del Temple?

-Galicia en aquellos tiempos no estaba constituida como un reino independiente, su nobleza era bastante autodidacta y estaba al margen del movimiento europeo. Sólo el Camino de Santiago la unía al mundo. No había muchas iglesias templarias, pero León estaba muy cerca. Por ejemplo, el castillo de Ponferrada es templario. En Galicia la influencia de la orden era menor.

-En la novela hace una interpretación muy personal del motivo bíblico del Arca de la Alianza…

-El Arca de la Alianza existió efectivamente. Pero no me refiero a la bíblica. Los judíos sí tenían un arca, en la que portaban objetos sagrados de la religión judía: las velas del templo, el candelabro, las Tablas de la Ley… Los filisteos se la arrebataron en tiempos del Rey David, un trauma muy difícil en aquella época para el pueblo hebreo. Pero los filisteos comenzaron pronto a padecer enfermedades cutáneas, muy parecidas a las que provocaron el desastre de Chernobil o la bomba de Hiroshima. Pensaron que el arca estaba maldita y la enterraron en un descampado. Los judíos lograron recuperarla, pero tras el hallazgo sufrieron los mismos horrores. La llevaron de vuelta a Israel.

-Más o menos directamente, el territorio y la historia de Navarra está muy presente en su obra. ¿Por qué?

-Geográficamente, Navarra es una zona de cruce y de paso. Muchas de las invasiones que sufrió la península llegaron por ahí. Una novela no forma parte de una geografía, es parte del interior de los personajes. Lo que más conoce un autor es lo que está a su alrededor. Muchos desconocen que el propio Felipe IV de Francia, que no tuvo ningún papel importante en la política española pero sí fue un rey con peso en aquel país, tuvo ese atributo de monarca navarro. Y me parece importante contarlo. Él provocó el cisma papal de Avignon. Allí le llaman el «rey de hierro».

in abc.es