El rastro de los templarios

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La orden que ayudó al rey Jaime I a conquistar el Reino de Valencia escribió en piedra su testamento póstumo: castillos y fortalezas de la Comunitat revelan el pasado de los monjes guerreros.

 

Temibles. Enérgicos. Militares. Pertinaces. Leales. Entregados a la causa. Las iniciales de estos términos conforman el nombre de una orden mítica de monjes guerreros: Temple. Su huella aún perdura en forma de castillos dispersos por el territorio valenciano. Los caballeros escribieron un capítulo en la historia de la Comunitat. El final de la orden, no obstante, fue indigno para unos militares al servicio de la cristiandad: la hoguera.

Los templarios murieron perseguidos. Tachados de herejes, la Iglesia para la que habían combatido contra el mundo musulmán durante dos siglos expropió su excelso patrimonio. Los expertos de Historia Medieval tratan de eliminar de la inapropiada fama del Temple palabras como oscurantismo y clandestinidad. La exposición 700 anys després. Els cavallers del Temple o la vigència d’un mite, que hasta el 8 de enero se expone en el castillo de Peñíscola, contribuye a aclarar quiénes fueron los templarios.

“Los caballeros de la orden querían conquistar territorios para la cristiandad desde Occidente hasta Oriente y protegían a los peregrinos que iban a Tierra Santa”, detalla Àngels Casanovas, comisaria de la muestra en el castillo de Peñíscola. Nada que ver con las logias o los masones.

Brazos de hierro
La hueste templaria tuvo una actuación decisiva en las fronteras de la conquista cristiana en los siglos XII y XIII. “Constituyeron un conjunto de ejércitos en pie de guerra permanentemente, únicos por su solidaridad y cohesión, por su desinterés y por su ‘espíritu’. Sus múltiples posesiones les proporcionaron un notable capital para la guerra y la colonización de la frontera. Poseían organización, experiencia, habilidad y autonomía. Por encima de todo, combinaban en una sola vocación los dos entusiasmos de esta época valerosa: el heroísmo del monasterio y el heroísmo de la guerra”, según escribió la especialista en Historia Medieval, Nieves Monsuri, para la obra Atlas Visual de la Comunidad Valenciana, publicado en LAS PROVINCIAS en 1999.

Los templarios fueron los “brazos de hierro” para los reyes de Aragón. Los caballeros conquistaban territorios y los monarcas compensaban tal hazaña con privilegios y donaciones. Alfonso I el Batallador les hizo herederos, junto con los hospitalarios y los del Santo Sepulcro, de los reinos de Aragón y Navarra. Ramón Berenguer IV les concedió diversos castillos, villas, rentas y exención de tributos. Con Pedro II comienza la relación de Valencia con la orden del Temple. Del monarca, recibieron los pueblos y la torre de Ruzafa, el pueblo de Cantavella, el castillo y el término de Culla.

Los monjes guerreros conquistaron los castillos de Ademuz, Sertella y Castielfabib. La iglesia de este último municipio está siendo rehabilitada. El arquitecto Francisco Cervera, que trabaja en las tareas de restauración, sostiene que en el techo de la seo de Castielfabib se observa la decoración característica de las construcciones templarias, es decir, columnas rematadas por un capitel completamente plano, o piezas de madera tallada como refuerzo de las vigas donde aparecen grabados cuerpos de guerreros con la cruz del Temple.

El papel de la orden en el reinado del hijo de Pedro II fue fundamental. Siendo niño Jaime I, el papa Inocencio III eligió al maestro templario en Aragón, Guillen de Montredón, como tutor del pequeño. Desde ese momento, los templarios pasarían a ser confidentes, asesores y compañeros de armas del monarca que conquistó tanto Mallorca como el Reino de Valencia.

Asedio con 20 caballeros
La compensación económica que recibió la orden religiosa-militar se tasó en tierras. Jaime I concedió a los templarios el castillo de Pulpis (en 1227), Xivert (en 1233) y un tercio de Burriana. “Conquistada Valencia en 1238, la colaboración templaria será premiada con la torre grande en la calle Barbazachar, varias casas próximas, tierra para una almunia extramuros en Xerea y veinte yugadas de tierra cultivable”, explica Casanovas.

El contingente templario que tomó parte en la conquista del Reino de Valencia era más valioso por su profesionalidad, disciplina, rapidez de movilización y eficacia, que por su número. Así, lo destacó el propio Jaime I en su Crónica.

Cuando en 1238, el monarca se acercaba a la ciudad de Valencia para comenzar el asedio, el destacamento templario se componía de veinte caballeros y la mesnada regia se nutría de 130 a 140 caballeros.

Recompensa en ladrillo
Tras el sitio de Xàtiva, en agosto de 1244, el maestre provincial del Temple recibió como recompensa la mitad del astillero de Dénia. Dos años después, las alquerías de Moncada y Carpesa, pasaron a manos de la orden.

Peñíscola, que había sido prometida tiempo atrás, fue concedida en 1294 junto con Albocàsser, Ares, Benicarló, Cuevas de Vinromá, Serratella, Tírig, las torres de los Domeges, Villanueva de Alcolea, Vinaròs y otras posesiones menores.

El Temple acumuló numerosas posesiones. Su fuerte, dentro del Reino de Valencia, estaba situado en el Maestrat, aunque sus redes se extendían hasta Moncada, Silla o Sueca. “La clave de los territorios –apunta Casanovas– radicaba en las fronteras. Ellos defendían los límites frente Al-Andalus”.

Los templarios lograron extenderse por el nuevo reino y echaron raíces en las tierras conquistadas. Su túnica blanca con la cruz roja se podía ver en la ciudad, en el campo y en la frontera meridional. “En tiempo de paz, los guerreros eran garantía de seguridad; en tiempo de peligro, estaban entre las primeras tropas en pie de guerra”, recoge el Atlas Visual de la Comunidad Valenciana.

por C. Velasco / Valencia

in, Las Provincias

One thought on “El rastro de los templarios

    […] verdad es que nada podía haberme preparado para lo que iba a experimentar en Peñiscola. Ya había visto una o otra foto del castillo y lo creía pintoresco. Cuando recibimos en la […]

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