Day: May 5, 2009

Colón, el almirante sin rostro

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El segundo hijo de Cristóbal Colón, Diego, describió así a su padre en su Historia del Almirante: “El Almirante fue hombre de bien formada y más que mediana estatura, de rostro alargado y pómulos un poco altos, sin declinar a grueso o macilento. Tenía la nariz aguileña, los ojos garzos, la color blanca y de un rojo encendido. En su mocedad tenía el cabello rubio, pero al llegar a los treinta años ya se había vuelto completamente canoso”.

Sin embargo, quien crea que en base a esa descripción ya tenemos un retrato de don Cristóbal, en mucho se equivoca. No sabemos realmente cómo era, y esa ignorancia abarca todas las facetas de su vida.

En lo que a representaciones se refiere, la historiadora Consuelo Varela reconoce que “no existe ningún retrato de la época que se pueda considerar auténtico”, aunque hay uno que tiene más probabilidades de serlo: el conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Carecemos, pues, de retratos de un nombre cuyo origen sigue siendo un misterio, al igual que lo es el lugar donde fue enterrado. Pero entre la cuna y la tumba está la vida, y en el caso del Almirante sin rostro, ésta es un verdadero “expediente X” histórico…

¿Un marino genovés?

Con motivo del Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, en 1892, el Gobierno italiano logró reunir una ingente cantidad de documentos que probaban que Colón había nacido en Génova. Esa colección de textos –la Raccolta colombina–, pasa por ser la prueba definitiva del origen ligur del descubridor. Pero no para todo el mundo…
Diferentes documentos y actas notariales contenidos en ese trabajo monumental prueban que en la ciudad de Génova nació en 1451 un hombre llamado Christoforo Colombo. Era hijo de Domenico, tejedor de profesión, y de Susana Fontanarossa, y tuvo otros hermanos: Juan Peregrino, Bartolomé, Giacommo y Bianchinetta. No hay ningún acta parroquial que pruebe el caso, sin embargo, hay actas notariales que demuestran la existencia del tal Colombo. Ahora bien, ¿aquél Colombo es nuestro Colón?

¿Por qué hay actas notariales que presentan al tal Colombo en Génova con más de veinte años de edad si Colón escribió a los Reyes Católicos una carta en la que decía: “Muy altos reyes: de muy pequeña edad entré en la mar navegando y lo he continuado fasta oy…”?

¿Cómo es posible que estando Domenico Colombo, su supuesto padre, vivo aún en 1492, tras el glorioso Descubrimiento, Colón no se ponga en contacto con él? ¿Por qué Génova no lanza ni una salva en su honor? ¿Por qué los hermanos del Almirante que conocemos de su estancia en España son Bartolomé y Diego, y nunca se vuelve a saber de Bianchinetta? ¿Qué razón habría de tener Giacommo para mudar su nombre en España y pasar a ser Diego?
El segundo gran argumento que los historiadores ortodoxos manejan para probar que Génova era su cuna es el Acta de Mayorazgo que supuestamente dictó Colón el 22 de febrero de 1498 en Sevilla. En ese texto se puede leer: “…mando al dicho Diego, o a la persona que heredase el dicho Mayorazgo, que tenga e sostenga siempre en la ciudad de Génoba una persona de nuestro linaje (…) pues de aí salí y en ella nazí”.

Ese documento parece una prueba irrefutable. Pero, de ser auténtico, ¿cómo podemos explicar entonces lo que el propio Colón ordenó escribir en su testamento en Valladolid el 19 de mayo de 1506, un día antes de su muerte, cuyo quinto centenario ahora se conmemora? Recordemos ese pasaje: “Cuando salí de España el año de quinientos e dos fize una ordenanza e mayorazgo de mis bienes…”.

Si es en 1502 cuando ordena redactar el Mayorazgo, ¿cómo se explica el texto de 1498? ¿Acaso es falso? Justamente eso es lo que han afirmado algunos investigadores, como Salvador de Madariaga, que sostiene que el documento de 1498 jamás fue escrito por Colón, sino amañado posteriormente por algunos de sus sucesores para hacerse con sus bienes. Y casualmente, el documento de Mayorazgo de 1502 despareció misteriosamente…

Un genovés que no sabe italiano

Los defensores de la cuna genovesa para Colón suelen recordar que el Almirante eligió como custodia de sus bienes a la Banca genovesa de San Jorge, pero olvidan añadir que ni siquiera a esa entidad ni a los demás italianos con los que tuvo trato escribió Colón en italiano. Y tal vez la razón sea bien sencilla: no conocía ese idioma.

Antes de llegar a Castilla en 1485, Colón residió en Portugal y allí contrajo matrimonio con una mujer de noble familia, Felipa Moniz. Con ella tuvo su primer hijo, Diego. Pero, curiosamente, tampoco escribió ni una sola página en portugués durante el tiempo que residió en ese país, al que se calcula que llegó en 1476. ¿En qué idioma hablaba a su mujer? ¿Cómo es posible que no supiera italiano un hombre de quien las actas notariales dan noticias de estar en Génova con más de veinte años de edad?

Esa terrible incongruencia preocupó también a Menéndez Pidal, quien, no obstante, zanjó el asunto diciendo que, a pesar de ello, “esta primera observación no me llevó ni por un momento a la demasiada vulgariazada hipótesis del Colón español. No perdamos el tiempo en ella”.

Sin embargo, otros muchos autores sí que decidieron perder tiempo en el asunto, teniendo en cuenta que había escritos suyos en castellano, que fue el único idioma en el que escribió Colón, cuatro años antes de venir a España. Es decir, que ya en Portugal conocía nuestro idioma. ¿O quizá era el suyo propio?¿Podemos afirmar que Christoforo Colombo era Cristóbal Colón? De ser así, ¿qué razón pudo tener para mudar su nombre al llegar a España? Los historiadores ortodoxos dicen que hizo tal cosa por ser Colón más fácil de usar en Castilla. Y aunque es una razón difícil de comprender, ¿también era más fácil de usar en Portugal? Decimos esto porque hay pruebas documentales que demuestran que ya llevaba ese nombre en el país vecino, como una carta que le envió el rey luso cuando ya vivía en Sevilla en la que se le llama también Colón y no Colombo.

Hernando dice que su padre cambió el apellido “para adaptarse a la patria a la que fue a vivir y comenzar nuevo estado”. Y, a la vez, afirma que los actos de su padre no fueron casuales, sino “realizados por algún misterioso designio”. ¿Sucedió eso mismo con el cambio de nombre? Hernando recuerda que Colón, en griego, significa miembro. ¿Miembro de qué? Colombo, añade Hernando, quiere decir paloma, el mismo animal que representa al Espíritu Santo. ¿Creó Colón un nombre ad hoc para mostrarse como un elegido, como el portador de Cristo en el nuevo mundo? Eso es lo que han querido ver algunos al tratar de interpretar su oscura rúbrica.

firma

Xpo FERENS

La firma de Colón es una de las bromas más pesadas que ha gastado ese hombre a las futuras generaciones. Antes del Descubrimiento no tenemos ninguna carta suya, pero a partir de entonces comenzó a firmar empleando una suerte de jeroglífico triangular construido en base a letras, rayas y vírgulas, y debajo del cual añadía El Almirante. En dos ocasiones, en cambio, optó por otro título: El Virrey.

Tan importante era para Colón esa firma, que una de las cláusulas de su testamento la dedica justamente a recordar a su hijo Diego y a “todos los que de mi subcedieren e descendieren”, que firmen de ese modo y no de otra forma. Pero si todo esto es extraño, aún lo fue más la decisión que adoptó a partir de 1502, cuando debajo de la pirámide de letras decide escribir: Xpo FERENS.

¿Qué significa esta charada? Tradicionalmente se ha creído correcta la propuesta del dominico y cronista adulador de Colón fray Bartolomé de Las Casas, según la cual Xpo es la abreviatura griega de Cristo, mientras que FERENS es palabra latina que significa “El que lleva a”, de modo que pareciera que Colón firmó como “El que lleva a Cristo”. Pero, en realidad, la palabra latina es un dativo, con lo que habría que leer esto: “El que lleva para Cristo”.

En cualquier caso, es evidente que algo tiene que ver la firma con llevar o ser portador de Cristo. Y la representación por antonomasia de Jesús es la cruz. ¿Es casual que en las dos carabelas y en la nao Santa María apareciera la cruz? Evidentemente, no. Y lo que es más llamativo es que esa cruz fuera tan sospechosamente parecida a la cruz patada de los templarios.

Colón y el Temple

No está claro, pues, que Colón fuera genovés. Y esto ha motivado toda suerte de hipótesis: Colón ibicenco y judío, Colón mallorquín hijo del forense Juan Colom; Colón mallorquín hijo del Príncipe de Viana; Colón gallego, siendo en realidad el conde Pedro Madruga; Colón alcarreño, hijo de Aldonza Mendoza… E incluso, Colón americano, como defendió Antonio de la Riva, para quien el Almirante era en realidad descendiente de un puñado de peregrinos a los que el Temple iba a transportar en barco desde La Rochelle hasta Santiago de Compostela cuando el rey francés Felipe IV dictó la orden de prender a los freires en 1307. Entonces, aquellos templarios huyeron llevando a los peregrinos como víctimas colaterales de aquel conflicto, y buscaron refugio en el lugar del cual obtenían desde hacía tiempo la plata que permitió la construcción de las catedrales góticas: América.

No obstante, hay muchos más cabos que conducen a Colón hasta las barbas del Temple, como su enigmática huída de Portugal. En efecto, si ya es tarea de difícil explicación aclarar cómo llegó exactamente a ese país, aún más oscura fue la causa de su salida de allí.

Muerta ya su esposa Felipa Moniz, “tomando a su hijo niño, Diego Colón, dio consigo en la villa de Palos”, escribió Las Casas. Pero su segundo hijo, Hernando, anotó algo notable a propósito de la salida de su padre del país vecino: “… abandonó en secreto Portugal con su hijito Diego por miedo a que el rey lo impidiera”. Y los historiadores coinciden en que salió de allí huyendo de la justicia. ¿Por qué?

Antes de salir de Portugal, Colón vendió su proyecto a la monarquía vecina. Dicen que los sabios rechazaron la idea, como sucedió en España inicialmente, pero el rey ordenó aparejar una carabela y enviarla en la dirección que Colón decía. Regresó la expedición con un sonoro fracaso, pero Colón huyó. ¿Por qué?

Estando ya en España, el monarca luso envió una carta a Colón fechada el 20 de marzo de 1488 en la que lo invitaba a regresar a Portugal y le garantizaba inmunidad por un crimen pendiente. ¿Cuál fue ese crimen?

He aquí una propuesta arriesgada: Colón robó en Portugal, tal vez en la propia Escuela de Sagres, un documento de origen templario y seguramente redactado por cosmógrafos judíos que en otros tiempos estuvieron a sueldo de la Orden. Hay que recordar que el Temple mudó de nombre en Portugal bajo el manto protector de Don Dinis. Se transformó en la Orden de Cristo, pero siguió vivo y musculoso. Y allí se instalaron tiempo después cosmógrafos judíos de gran solvencia, como Abraham y Yehudá Cresques, autores del Atlas Catalán fechado en 1375. Y gracias al impulso de todos ellos y al amparo del príncipe Enrique surgió la Escuela de Navegación de Sagres. ¿Estaban allí depositados los mapas secretos que habían permitido al Temple llegar a América?

¿Adónde se dirige Colón una vez arriba a España? ¡Al monasterio de La Rábida! Un enclave otrora templario, donde entabla amistad con dos monjes a los que los cronistas de la época denominan estrelleros, Antonio de Marchena y Juan Pérez. ¿Qué razón movió a Colón a ir exactamente a ese monasterio? Los historiadores argumentan que pretendía dejar a su hijo junto a su cuñada, Briolanja Moniz, que vivía en Huelva. Sin embargo, el monasterio de La Rábida no está de camino a Huelva si uno viene de Portugal. Y además, claramente dice Hernando Colón con quién dejó su padre a Diego: “Dejando al niño en un monasterio de Palos llamado La Rábida, se dirigió inmediatamente a la Corte…”.

Igual a las dos Coronas

Cualquier ángulo de la biografía de Colón es una sorpresa. En cierta ocasión escribió: “pensando lo que yo era, me confundía mi humildad, pero, pensando en lo que llevaba, me sentía igual a las dos coronas”.

¿Era una fanfarronada de Colón, o realmente tienen razón quienes han visto en él al hijo nunca reconocido del Príncipe de Viana, Carlos d’ Evreux y Trastámara, el primogénito del rey de Aragón Juan II a quien su padre desterró y olvidó entregando el trono al hijo que tuvo con su segunda esposa, el futuro Fernando el Católico?

¿Qué explicación se puede encontrar ante el asombroso caso de un supuesto hijo de un tejedor genovés que es recibido en la Corte española por los personajes más notables del momento? El tesorero de Castilla, Alonso de Quintanilla, lo hospeda y le da de comer en su casa, y a través suyo, entra en contacto con el mismísimo “tercer rey” de España, Pedro González de Mendoza y con otros tantos personajes poderosos.

¿Por qué lo habrían de recibir y escuchar tan altas instancias cuando su proyecto fue desestimado en la Junta de expertos que lo analizó en Salamanca, según escribió Las Casas? ¿Cómo es posible que los reyes no se lo quiten de encima de inmediato tras ese dictamen e incluso le concedan varias subvenciones económicas en los siete años que esperó hasta que fuera aceptada su idea? ¿Era casualidad que los altos funcionarios de la Corona de Aragón arriba mencionados fueran judíos conversos y que la mayor parte del dinero del primer viaje lo aportar el converso Santángel? ¿Era Colón también un converso? Muchas preguntas sin respuesta.

El Portal de Belén de América

Si el lector visita el monasterio de La Rábida no debe dejar pasar la ocasión de entrar en una pequeña celda que se encuentra en el claustro mudéjar del recinto. Allí, en una pieza que no contiene sino un sobrio mobiliario y un retrato imaginario de Colón, Juan Pérez, el monje franciscano que siempre apoyó al marino, ayudó al aventurero a redactar las Capitulaciones que presentó posteriormente a los monarcas. Esa sala es conocida como “el Portal de Belén de América”.

En la Junta de expertos que desestimó el proyecto colombino, el futuro Almirante no mostró todas sus cartas.

¿Qué fue lo que no dijo Colón ante la Junta de expertos? ¿Acaso la vieja leyenda del piloto anónimo cuya existencia no puede dudarse después de los magníficos trabajos del profesor Juan Manzano Manzano? ¿No quiso decir que un moribundo marino, que accidentalmente había llegado a América y de allí logró regresar, le confesó en Porto Santo antes de morir víctima de la sífilis qué ruta había seguido?

Tal vez fuese ése el secreto, pero tal vez no. ¿Y si era su baza final el documento templario robado en Portugal, tal y como yo creo?

Los reyes no despiden nunca definitivamente a Colón, quien durante aquellos años debió sobrevivir como vendedor de libros de estampa y dibujante de cartas de marear. Pero el 17 de abril de 1492, los monarcas y Colón firman el documento más controvertido de la historia desde el punto de vista jurídico: las Capitulaciones de Santa Fe.
¿Qué hizo cambiar de idea a los reyes hasta el punto de conceder en ese documento a Colón los títulos de Virrey y Almirante de la Mar Océana “en alguna satisfacción por lo que ha descubierto”? ¿Qué había descubierto Colón en abril de 1492? ¿Cómo es posible que el funcionario que ejerce de secretario en el lance sea Juan de Coloma, que lo era de Aragón, cuando el documento se firma en tierra castellana? ¿Por qué después se guardó en el Archivo de Aragón?

Quinto centenario de un nuevo misterio

Lo único seguro de la biografía de este extraño hombre es que el 20 de mayo de 1506 expiró en Valladolid. Las exequias se celebraron en la iglesia de Santa María la Antigua y sus huesos fueron a descansar al convento de san Francisco, donde hoy está la Plaza Mayor de Valladolid.

Pero el miércoles 11 de abril de 1509 un hombre que respondía al nombre de Juan Antonio Colombo, mayordomo de Diego, el primogénito del Almirante, llegó al monasterio de La Cartuja, en Sevilla. Llevaba con él una urna. Dijo que allí estaban los restos de Colón.

No conocemos cuándo tuvo lugar la exhumación del cadáver en Valladolid ni quién lo hizo, pero el caso es que se convino que fue enterrado en la capilla de Santa Ana de La Cartuja, aunque la leyenda no da descanso a sus huesos. En esa capilla fue enterrado su hermano Diego el 21 de febrero de 1515, y también el primogénito del Descubridor, también llamado Diego.

Pero en 1536, la viuda de este último solicitó a la Corona poder trasladar los restos de su marido y de su suegro a Santo Domingo. Se afirma que se concedió tal petición, pero tampoco hay constancia documental de que realmente embarcaran.

Sin embargo, quienes creen que hubo viaje recuerdan que, tras el Tratado de Basilea, España dejó de ser soberana de aquellas tierras, y el 21 de noviembre de 1795 se llevaron los huesos de Colón a La Habana. Mas al perder España Cuba, se afirma que retornaron a Sevilla, donde presuntamente duermen bajo un barroco catafalco en su catedral. Y en el esfuerzo de demostrar mediante estudios de ADN que es él y no otro quien allí sestea, se encuentra la ciencia en estas fechas.

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