Trotamundos: Caballero templario y extra de cine

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SCHUSSS! Por favor, si van a cruzar, háganlo en silencio, que estamos rodando una película». Cuando llegamos a Portomarín nos topamos boquiabiertos con toda la parafernalia del mundo del cine. «¿Preparados, vamos a grabar. Acción!». En la plaza del pueblo están rodando algunas secuencias de un film sobre el camino de Santiago, protagonizado por Fernando Tejero, el famoso actor de la serie televisiva ‘Aquí no hay quien viva’. Según él mismo nos explica, el guión trata sobre «un fotógrafo y una redactora (Malena Alterio) de una revista que intentan desesperadamente entrevistar a un gurú argentino, interpretado por Diego Peretti, que nunca se ha dejado fotografiar. En el argumento de la película, este guía espiritual ayuda a parejas en crisis llevándolas al camino como terapia. Los protagonistas se hacen pasar por un matrimonio mal avenido para conseguir el contacto.

En plena grabación se desata una repentina tormenta que obliga a suspenderla. «¿Aprovechamos esta parada para ir a comer. A las cuatro menos cinco volvemos a rodar!», anuncia por megáfono un ayudante del director, Roberto Santiago, el mismo de ‘El penalti más largo del mundo’. La productora ha preparado un cátering para el equipo en una carpa a la entrada del pueblo. Fernando Tejero prefiere comer un menú del día en una terraza.

Nos confiesa que le ha picado el gusanillo del camino, y que cuando termine la película tiene pensado embarcarse en él. «No sé si entero, porque dicen que es muy duro, pero igual la parte gallega», comenta, muy accesible. «Te sientes pequeñito, los paisajes son apabullantes; el Bierzo, por ejemplo…». El actor tiene los ojos verde claro, y cuidada barba de varios días. Lleva, como todo el equipo, una camiseta verde chillón en la que se lee ‘Un buen camino’, bermudas y chaqueta de gore-tex. La película, que se llamará ‘El final del camino’, se estrenará el año que viene, una vez que termine el duro montaje.

Portomarín se alza imponente encima de un puente sobre el río Miño. En tiempos de Franco, el pueblo fue inundado para construir el embalse de Belesar. Sus habitantes subieron a vivir al enclave reconstruido en 1962. La iglesia fue trasladada piedra a piedra. En las losas aún se aprecian los números con los que fueron marcadas para volver a colocarlas como un puzzle. Son típicos el oruxo, tanto el blanco como el de hierbas y otras variedades… y las tartas de Santiago Ancano, que se fabrican aquí.

El pueblo ha sido tomado por 130 personas, entre técnicos de sonido, cámaras, productores… Antes estuvieron en Cebreiro, y terminarán en Santiago. Varios jóvenes con ‘looks’ imposibles, pelo rasta, camisas floreadas, shorts, gafas de pasta y bandoleras de Louis Vuitton, entre ellos actores famosos, se cruzan con los peregrinos. Con ‘walkis’ en la mano, piden silencio con insistencia a los curiosos que observan la escena. «¿Corten!, ¿grabamos!», se oye una y otra vez.

José Manuel González, un peregrino de Almendralejo que está haciendo el camino estos días, fue captado como extra por un ojeador de la película en Cebreiro. Aparece en alguna escena como lo que es, un caminante que se detiene a observar la iglesia del pueblo. Representa la típica imagen del romero: barba oscura, tez morena, y va cubierto de extraños símbolos. Es templario, «guardián del camino», se autodefine. Su labor consiste en vigilar que no haya ladrones en los albergues y garantizar que se trata bien a los peregrinos. José Manuel lleva en la mochila una espada que pesa tres kilos y medio, aunque la rompió de un golpe contra una piedra. Quienes la vieron entera aseguran que la empuñadura dorada sobresalía de la bolsa. «El camino es ya un comercio, para sacar al peregrino lo que se pueda», critica.

Luce un precioso anillo templario de plata, y vistosos colgantes con la cruz de Jerusalén, del priorato de Sión, sobre una camiseta negra con el símbolo de la dualidad, en dorado. En el gorro ha clavado ‘pins’ alusivos a todos los lugares por los que pasa y se apoya en un bordón con una calabaza seca.

La fiesta del ‘conxuro’

Ha hecho el camino francés y la Vía de la Plata ya tres veces. Salió de Almendralejo hace mes y medio y enlazó con el camino francés en Zamora. En el Casar de Cáceres descubrió a un ladrón ‘in fraganti’ y le aconsejó «que desapareciera». Cuando ocurre esto, los templarios avisan a todos los albergues, que declaran al intruso persona ‘non grata’. «Hay mucha maldad en el camino, nosotros somos como una especie de Policía, defensores del peregrino». Uno de los maestros templarios es Tomás, el hospitalero de Manjarín (León), que pasa todo el año en un refugio en plena montaña sin luz ni agua corriente, y recibe a los peregrinos con té caliente. Hay quien asegura que Tomás ordena caballero al primero que le cae bien.

José Manuel pretende llegar hasta Muxia, en la Costa da Morte, «si me llevan los pies» para ver el mar y lanzar la vara, como ya hizo la primer vez. Allí celebrará la fiesta del ‘conxuro’, en una noche de Luna llena, con una queimada como manda la tradición para «invocar a las meigas, que haberlas haylas». Según su receta, «una vez que hierve el líquido se le prende fuego para rebajar el grado de alcohol y se apaga».

Nada más empezar la etapa de hoy, después de atravesar un bosque rodeado de verdes campas, nos encontramos bajo un puente gigante en plena construcción, sobre una vía de tren, a un ajado peregrino que fuma un cigarro de liar sentado a la sombra. Se llama Pascuale y es francés.

-«¿Va a Santiago?», le preguntamos.

-«No, a Francia. Voy de regreso», contesta con mímica.

-«¿Cuánto tiempo ha tardado?»

-«Tres meses en la ida, y me quedan otros dos de vuelta».

-«¿Qué tal la experiencia?»

-«¿La mía? ¿Catastrofic!», espeta. «Ya no hay peregrinos, está lleno de turistas», observa mientras señala a un grupo que toma fotografías sin ton ni son. Pascuale es uno de los desencantados.

Cuando hemos caminado una hora y media, el cuerpo nos pide un descanso. Tomamos un ‘acuarius’ en una terraza de la Taberna Mercado de la Ferra, donde hay una curiosa máquina tragaperras con bolas infantiles que contienen conchas de peregrinos, claro ejemplo del ‘merchandising’ xacobeo.

Los peregrinos medievales adquirían la concha al llegar a Santiago, como prueba de que habían llegado a la costa gallega, única donde abundaban las vieiras. Hoy en día se ha convertido en un símbolo que los caminantes llevan colgado en sus mochilas con la cruz roja de Santiago grabada en medio. Dicen que no se puede comprar, sino que han de regalártela. La concha es también el símbolo que sirve, junto con la flecha amarilla, para indicar el camino a lo largo de las 29 o 30 etapas, más de 750 kilómetros, desde Roncesvalles hasta Santiago.

En este tramo de Sarria a Portomarín el camino discurre entre robles y bajo la atenta mirada de los curiosos petirrojos. Los peregrinos que han comenzado su andadura en Cebreiro, como nosotros, se resienten de las largas pateadas. Agujetas, dolores lumbares… Es fácil reconocerles, andan como si tuvieran las piernas de madera.

in ideal.es

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