Posted by: Luis Matos | May 30, 2007

Crunia, la ciudad que medía dos leguas

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Como rezan los títulos de crédito de las películas del cine clásico: cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. El mercado medieval, que estos días tomó las calles del casco histórico, poco tiene en común con el auténtico rostro de la ciudad en la Edad Media. Entre otras razones, por la imposibilidad de trazar el retrato de una época que se prolonga durante nueve siglos, más tiempo del que nos separa a los coruñeses de hoy de los súbditos de Alfonso IX.
Poco sabemos de A Coruña en la Alta Edad Media, entre los siglos VI y XII, un enorme período de tiempo en el que desaparece de los documentos la urbe conocida como Brigantium y los papeles comienzan a hablar de Faro, un topónimo que abarcaba buena parte de la comarca coruñesa.

En junio de 1208, cuando el rey Alfonso IX ordena repoblar y reconstruir la villa y le concede sus fueros y privilegios reales, A Coruña se reducía a una porción de lo que hoy es la Ciudad Vieja y un pequeño arrabal junto al puerto. El Burgo del Faro, situado a ocho kilómetros de A Coruña en lo que ahora es O Burgo (Culleredo) crecía a costa de la antigua Crunia y amenazaba con dejar desierta la villa plantada al pie de la Torre.

Monjes y Templarios

En esa encrucijada histórica llega Alfonso IX y funda oficialmente una ciudad cuyo municipio extiende hasta dos leguas alrededor de la villa (lo que sería un círculo de unos once kilómetros de radio), para lo que tendrá que negociar compensaciones de los derechos que entonces ostentaban sobre Crunia el obispado de Santiago, el poderoso monasterio de Sobrado y los caballeros Templarios.

Una de las condiciones que estipula el fuero de Alfonso IX es que la ciudad depende directamente del Rey, por lo que se veta la presencia de clero y nobleza en su territorio: «Mando que no admitan por vecinos en la villa a militares ni a monjes, excepto a los monjes de Sobrado, quienes tendrán poder para alquilar las casas que tuviesen en la villa». Además, Alfonso IX amenaza en el documento con severas multas a quienes osen atacar a su mimada ciudad: «Y todo aquel que desde ahora cause mal o perjuicio al concejo, ya sea militar o civil, sufrirá mi cólera, será prendido y pagará una multa de mil maravedís».

Las fronteras de Crunia estaban en el siglo XIII delimitadas por las actuales calles de Santo Domingo, Zapatería, la travesía de Puerta de Aires, el callejón de Herrerías, la calle de la Maestranza y la división entre la Casa de la Moneda y el convento de Santo Domingo. Dentro del recinto amurallado se levantaban las parroquias de Santiago y Santa María (la Colegiata) y, en el interior, se alzaba una pequeña fortaleza alrededor de las calles Santa María, Sinagoga, Herrerías y la plazuela de Santa Bárbara.

La élite, en el casco histórico

Entre los siglos XIII y XV asistimos a la resurrección de A Coruña, que desborda sus antiguos límites de la Ciudad Vieja para crecer más allá de las murallas al ritmo que marca el pujante puerto. Nace así la Pescadería, el barrio donde residen los comerciantes y artesanos, mientras que la oligarquía que dirige A Coruña permanece en sus mansiones del casco histórico. A finales de la Edad Media, 200 coruñeses habitaban en la llamada ciudad Alta, mientras que la Pescadería ya contaba con 900 paisanos.

Al otro lado de los exclusivos muros de la Ciudad Vieja se encuentran las parroquias de San Jorge (situada en el emplazamiento del teatro Rosalía), San Nicolás (la actual es del siglo XVIII) y Santo Tomás (arrasada en el ataque de Drake en 1589). En el siglo XIII desembarcan en A Coruña las órdenes mendicantes, que levantan sus monasterios fuera de los límites de la ciudad Alta: Santo Domingo, en su actual solar, y San Francisco, que tras diversos sucesos se trasladó en 1964 a la zona de Santa Margarita. Estos dos edificios fueron destruidos en 1589, por lo que ya no conservan restos de la Edad Media, un privilegio que sí tiene el convento de Santa Bárbara, que ha resistido al paso del tiempo en su hermosa plazuela.

Fuera de las murallas estaban también los restos de la antigüedad: los vestigios romanos (en lo que hoy es el centro urbano), el yacimiento del castro de Elviña y la Torre de Hércules, que durante la Edad Media deja de funcionar como faro y se usa como fortificación costera. La Torre no había sido sometida a la cirugía plástica que le aplicó el arquitecto Eustaquio Giannini en el siglo XVIII y conservaba su primitiva construcción cilíndrica con una cúpula como remate. Un faro que ya asomaba, en un sello del concejo de 1448, como escudo de la ciudad.

by Luis Pousa in http://www.lavozdegalicia.es

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