Day: May 2, 2007

Midi-Pyrénées, trazas y trazos

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Sobre las cimas jóvenes, desgastadas como hogazas de pan, se salpican ruinas de castillos magníficos. Los ríos, que han construido valles anchos y fértiles, o angostos y umbríos, fluyen mansos reflejando el ambiente verde. Ríos transparentes que se abren gestando, engarzando y abrazando minúsculas islitas. En la plaza de Ax aux Thermes, junto a la puerta de una iglesia, sentadas en la escalinata de piedra rojiza, damas maduras muestran sin coquetería las pantorrillas mientras chapotean como niños en la fuente termal. Y es que en principio fue el agua, la que todo lo cura, la que horadó la piedra, la que como imaginativa arquitecta, construyó las grutas, los primeros hogares.

Por eso en el Parque de la Prehistoria, en Tarascón sur Ariège, un estanque preside la entrada, reflejando el circo montañoso y el pueblo. El parque —maquetas, proyecciones, talleres dentro y fuera de la cueva visitable— es un didáctico aperitivo para digerir lo que la región significó hace más de 10.000 años, para disfrutar el patrimonio que significan cuevas como Niaux, que, al igual que Altamira, componen la mejor expresión conservada de la prehistoria de la Humanidad.

Contemplar las huellas de pies en las dunas petrificadas, las artísticas figuras trazadas con carbón, las raras imágenes humanas o los ingeniosos utensilios despiertan una emoción comparable a un viaje a Marte.

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El tiempo ha seguido su curso, plácido aquí, en granjas con patos y cabras en el patio, a veces convertidas en albergue como la sencilla Ferme de Cassou. Sobre una larga mesa de madera, en el soleado comedor, Mme. Baby sirve una torta frita de granos majados, crujiente y dorada, unos tomates asados, concentrados y sabrosos, un paté de campaña bañado en su gelatina, como los hacía su abuela, y una calabaza en rodajas, transparente de puro blanca, tersa y rebosante de queso gratinado.

Tiene siete habitaciones, pero quien prefiera exquisitez dormirá en el Claro del Bosque, La Clairerie, en Saint Girons. La pareja propietaria, él en la forja de hierro, ella en la máquina de coser y el bastidor de bordar, han construido con sus manos cada detalle de la casa. En la cocina, Paul Fontvielle hace gala a su origen —Sete— y así ha concebido una carta que combina lo mediterráneo y lo pirenaico, mar y montaña. Como ejemplo, los salmonetes sobre pies y morros de cerdo, un moderno juego de texturas. A pocos kilómetros, Saint Lizier, ruta secundaria del Camino de Santiago, conserva intacta una farmacia del siglo XVIII, al final de una galería donde se asolean los ancianos de una residencia que ocupa el Hotel de Dieu, con habitaciones para los peregrinos.

LOS ESTADOS DEL AGUA.

La tierra es eso que hay bajo el pasto, eso a lo que sin duda se aferran las raíces de los árboles, eso que alfombran las setas. De pronto la tierra es un río de rocas y troncos desordenados, los restos de una impresionante avalancha del último invierno. Porque, en invierno, la tierra es eso que se supone que hay bajo la nieve. Es algo siempre oculto por una vegetación feraz y cambiante, por el verde fresco de la hierba, por el rojizo y pardo otoño, por los robles multicolores, los chopos amarillos, las campanillas malva.

No asoma ni un centímetro hasta que el cuchillo de granito corta el cielo en las cimas, como si emergiera de un verde mar. Y la mejor atalaya para contemplarlo es cara al Vignemale, en el parque Nacional de los Pirineos, más allá de las cascadas y el Pont d´Espagne, frente al lago de Gaube, a mil ochocientos metros de altura. Los deportistas ascienden a pie, los demás, mecidos por la brisa, en un teleférico, muy próximo a los balnearios de Cauterets.

El pueblo es un juguete al final de una carretera tortuosa, casi un rito de iniciación, que sigue el curso del río que brilla abajo, en la sima. Por la mañana el sol ha de crecer, remontar un embudo de montañas y bosques hasta tocar la plaza. En el momento en que lo logra, hay que contenerse para no aplaudir, para no dar saltos de alegría, para no ir saludando a los transeúntes con una palmadita de complicidad: ¡Vaya, lo logró!, como después de un arriesgado número de circo.

Entonces su caricia hace que se desperecen los geranios en los balcones del Ayuntamiento, que despierten los colores en las fachadas, los olores de resina en los pinos y la sutil neblina húmeda que, asustada, escapa hacia lo alto.

Y el pueblo cobra vida como una cajita de música. Rueda el histórico y dorado carrusel que preside el parque, tose el trenecito y arranca con un traqueteo de cafetera vieja, los confiteros se calzan su mandil limpio, calientan el azúcar y de cada puerta escapan los dulzones aromas —limón, menta, fresa, bergamota— y el tintineo de los famosos caramelos Berlingo, honra de la confitería local, recién hechos, que repiquetean sobre el impoluto mármol del mostrador.

Y, como si una mano invisible les hubiera dado cuerda, se mueven los sexagenarios en atuendo deportivo, con la toalla al hombro, a tomar las aguas. Los más jóvenes, según la temporada, esquían, escalan, trepan a pie o en bici y, al caer la tarde, acuden a las termas, al centro de wellness, para un relajante baño y un masaje que haga olvidar cualquier estrés, antes de la cena.

Así es un día en Cauterets, tan fuera del tiempo que ni siquiera se denuncian robos porque allí muere la carretera y los ladrones no podrían escapar. Donde la prefectura de policía dormita sin más actividad que empapelar o al menos reprender a algún fumador de porros. No lejos de allí, en la vecina Lourdes, explotan las fuentes milagrosas y arranca la marcha de los procesionarios.

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LA ISLA DE LOS PRODIGIOS

El viajero que desde la terraza de Cordes mira la noche de verano «sabe que no es preciso ir más lejos y que, si quiere, la belleza aquí, día tras día, lo librará de toda soledad». Así lo vio un espíritu tan difícil de contentar, tan torturado, como el de Albert Camus. Y así sigue, inmutable desde mucho antes. Desde que a su nacimiento, en el siglo XIII, se bautizó con un nombre que enlaza el homenaje a la libertad cosmopolita de la Córdoba del momento y, cómo no, al mar de nubes a sus pies, que convierte la cima donde se alza en una isla celestial.

Las amarguras de un pasado que dejó vivas huellas, el auge y el cruento final de los Cátaros —la que la Iglesia triunfante consideró herejía albigense— se diluyen ahora en la contemplación de un museo de la dulcería, Musee de l´Art du Sucre, donde Jean Francois Arnau, calificado como Mellieur Ouvrier de France, reúne una deslumbrante colección de perecederas obras de arte, barrocas o conceptuales esculturas de ingeniería de azúcar.

Otro de los mejores obreros franceses, el chef Yves Thuriès pone allí mesa, una sencilla, en la Hostelería, en un patio de glicinias centenarias, y otra regia en Le Grand Ecuyer, con epatantes habitaciones en un edificio gótico capaz de destacar entre las fachadas de una ciudad histórica, bella y conservada como pocas en el mundo.

En la plaza central, lo que fuera mercado cubierto, bajo un robusto artesonado, se puebla de terrazas y animación, pero basta dar dos pasos para atravesar el túnel del tiempo en el sonido del empedrado, los blasones de los palacios renacentista, las torres, los balcones, murallas, puertas, empinadas escalinatas, vidrieras, tiendas de exquisita artesanía y los miradores que se asoman al infinito. Y nada, ni dentro ni fuera, que estorbe a la vista. 

ALBI LA ROJA Y SUS AZULES

Su nombre ha quedado como símbolo de un fracaso, de la cruenta destrucción de un idealista movimiento —los Cátaros, los puros, los que la Cruzada bautizó simplemente, albigenses—, que pretendía reformar la espiritualidad del cristianismo y de la Iglesia romana. En la trastienda de la Cruzada, por supuesto, la lucha por el poder económico y político de una región fronteriza, de gran importancia estratégica.

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TOULOUSE-LAUTREC

Albi es también la patria de Toulouse-Lautrec, donde su madre, en un justificado alarde edípico, conservó toda su obra y sus recuerdos. Y allí están, como un postrero guiño canalla del artista, invadiendo el Palacio Arzobispal. Desde un tramposo bastón que esconde una licorera hasta sus descocadas sans culottes, al aire sus blancas enaguas, sus sayas rojas, amarillas, azul pastel. Y es que ese pastel, esa frágil creta coloreada que nace en una planta, fue el oro azul de Albi, el sólido sustento de su riqueza y de una suntuosa arquitectura renacentista, tanto o más que su puerto fluvial sobre el Tarn.

Pero Albi es, sobre todo, desde kilómetros a la redonda, su imponente catedral fortaleza y, a sus pies, el palacio de La Berbie, sede de los obispos. Ladrillos cocidos durante dos siglos —del XIII al XV— para ensalzar la más pura arquitectura gótica y el poder de la Iglesia. Una nave sin pilares, una bóveda celestial de 113 metros para albergar a más de 5.000 fieles. Para volver a la tierra, para recuperar la medida de lo humano, hay que callejear entre casonas caprichosas, entre el primor de los jardines, o hacer una escapada.

A pocos kilómetros, las viñas, la bodega, el hotel y restaurante Salettes, un château y bodega, rodeado de viñedos, que conserva construcciones del siglo XIII y perteneció durante cien años a la familia Toulouse-Lautrec.

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Hoy, restaurado durante cuatro años con talante vanguardista y minimalista, convertido en hotel de dieciocho lujosas habitaciones y restaurante gastronómico, lo dirige Yorrick Pellegri, famoso conductor de Relais Châteaux.

En el camino de regreso, tras descender a las profundas cavas donde se afina el roquefort o ascender al viaducto más alto del mundo, en Millau, otro gran chef, Enmanuel Mercadier, acaba de reinaugurar el coqueto hotel La Musardiere.

Un perfecto muslito de pichón con arroz perlado de cebada, o su foie envuelto, restauran el ánimo para la despedida. Será en La Couvertoirade, un recinto templario milagrosamente conservado y acogedor que sintetiza todas las experiencias y los goces del recorrido: en estado puro, paisaje, espiritualidad, historia, arte. Ahora empieza el descubrimiento.

Por Ana Lorente, elmundo.es