Posted by: Luis Matos | April 17, 2007

Roger de Flor, la aureola de un guerrero mítico

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Idealista. Estuvo proscrito, fue templario, corsario y vicealmirante del reino de Sicilia. En el siglo XIV comandó las tropas almogávares que combatieron a los turcos en Constantinopla.

Fue uno de los aventureros más prestigiosos del medievo europeo. Sus hazañas, primero como templario, y más tarde como jefe militar de los temibles almogávares catalano-aragoneses, le proyectaron hacia la leyenda que acompaña a los héroes míticos.

Existen diferentes hipótesis sobre la fecha y lugar de nacimiento de este paladín mediterráneo, elucubrándose lo suficiente como para sostener encendidos debates a cargo de sus numerosos exégetas. Su llegada al mundo pudo acontecer en Cataluña hacia 1262, aunque lo más probable es que naciera en la localidad italiana de Brindisi en torno al año 1266. Esto último se deduce por el origen de sus progenitores. Su padre, Ricardo Blume —apellido cuya traducción sería Flor—, era halconero real del emperador alemán Federico II, mientras que su madre era hija de un rico comerciante de Brindisi. El infortunio quiso que Ricardo muriera combatiendo a favor de Conradino en su lucha contra la casa de Anjou, cuando el pequeño Roger sólo contaba un año de edad, lo que le restó casi todas las posibilidades de ascenso social.

Sin embargo, siendo adolescente tuvo un golpe de suerte y pasó a engrosar la lista de servidores de Vasall, un sargento mayor del Temple. Esta circunstancia le abrió las puertas de la carismática sociedad integrada por monjes guerreros. Al poco, se desveló su innata capacidad marinera, ganándose la confianza de la orden religiosa y asumiendo la dirección de la flota de galeras templarias que surcaban el Mediterráneo. Su nave favorita y capitana de la escuadra llevaba por nombre El Halcón, con lo que se recordaba el oficio de un padre al que no conoció.

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En 1291 participó en la última cruzada librada en Tierra Santa, asumiendo la difícil misión de rescatar a miles de cristianos que se encontraban asediados por los musulmanes en la ciudad de San Juan de Acre (Palestina). La empresa culminó con éxito, y no sólo se consiguió rescatar a los angustiados cruzados, sino también sus ricas pertenencias, que fueron a parar a las arcas del Temple. Empero, una vez solventado el trance, numerosos testimonios acusaron al almirante de haberse apropiado indebidamente de cuanto botín estimó oportuno. Este supuesto delito, nunca demostrado, terminó con la peripecia templaria de Roger de Flor convirtiéndole en poco menos que un proscrito errante por las latitudes mediterráneas.

Durante años ofreció sus servicios militares a diferentes cortes europeas, combatió con unos y otros, hasta que, finalmente, estrechó lazos con la corona de Aragón, lugar en el que se hizo con prestigio y dinero suficientes para poseer 50 caballerías y otros tantos escuderos almogávares.

Tras múltiples avatares en los que desempeñó el oficio de corsario, Federico II, rey de Sicilia, le nombró vicealmirante de su flota alcanzando notables victorias frente a los ejércitos de su oponente el rey Carlos II de Nápoles. Al fin llegó la paz gracias al acuerdo de Caltabellotta, rubricado en 1302, por el que el rey Carlos aceptaba la permanencia vitalicia en el trono siciliano de Federico II. Una auténtica victoria para las armas aragonesas y un factor de prestigio para Roger de Flor quien, libre de compromisos bélicos, se dedicó a merodear diferentes puntos del Mediterráneo de los que extrajo tesoros gracias a la disciplina de sus hombres, los cuales seguían con entusiasmo a un líder que pagaba por adelantado otorgándoles un trato digno de los mejores soldados.

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En 1304 la situación para el imperio bizantino era sumamente delicada. Su cabeza visible, Andrónico II, se encontraba más que amenazado por el empuje de la sublime puerta otomana. En consecuencia, no dudó en solicitar ayuda a Occidente y su petición encontró eco en la corona de Aragón, desde donde se empezó a preparar una expedición de auxilio. En ese tiempo, el principal ariete de los ejércitos catalano-aragoneses lo constituía la audaz compañía de almogávares, hombres duros como la tierra que les vio nacer y curtidos en mil refriegas de la Reconquista hispana y de las guerras italianas. Su ferocidad en el combate trascendía fronteras, y lo cierto es que esa fama estaba justificada. Su grito de combate: “¡Despierta ferro!”, atemorizaba allá donde resonaba. Y sería este mercenario idealista, convertido ahora en comandante de aquellos guerreros, el encargado de acometer una tarea tan exigente como incierta. Con 4.000 infantes y 1.500 jinetes, las tropas almogávares embarcaron en 39 galeras que zarparon rumbo a Grecia, donde en violentas batallas hicieron retroceder la amenaza turca. El nombre de Roger de Flor fue elevado al universo de los héroes y el propio Andrónico le otorgó el título de megaduque para más tarde proclamarle César de Oriente. Sin embargo, los recelos anidaron en el alma del gobernante bizantino, el cual comenzó a temer por su trono y aún por su vida a manos del influyente jefe almogávar. El 5 de abril de 1305 el emperador organizó una trampa en la que cayeron Roger de Flor y 130 de sus oficiales, siendo asesinados a traición por aquellos a los que con tanto acierto habían socorrido. La reacción de los catalano-aragoneses supervivientes no se hizo esperar, arrasando despiadadamente los territorios griegos, en lo que se llamó “venganza catalana”.

El resultado fue la creación de los ducados de Atenas y Neopatria, lugares independientes de Bizancio en los que perduraron tres generaciones de almogávares que mantuvieron la impronta catalana y aragonesa en forma de sistema de gobierno e idioma. En ese tiempo, las gestas de su indomable general fueron ensalzadas para que su épica atravesara los siglos.

Por Juan Antonio Cebrián, elmundo.es

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Responses

  1. [...] templars.wordpress.com ↩ [...]

  2. muy bacano el blog, saludos

    gerardo


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