Month: January 2007

Un tesoro de papel

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El Archivo de la Corona de Aragón comienza a desempolvar parte de la historia de los valencianos con la creación de su patronato. No son papeles cualesquiera, sino que constatan la existencia del antiguo Reino de Valencia, circunscrito a los años dorados de la Corona de Aragón. El tesoro en papel no vive en la capital del Turia, sino en el edificio de los Almogávares de Barcelona.

Hasta este emplazamiento se dirigieron ayer los cuatro presidentes autonómicos de los territorios que en los siglos XII y XVIII formaban la Corona de Aragón: Francisco Camps, Jaume Matas, Marcelino Iglesias y José Montilla, como representantes de la Comunitat, Baleares, Aragón y Cataluña, respectivamente. ¿Cuál es su cometido? Crear, junto con la ministra de Cultura, Carmen Calvo, el Patronato del Archivo de la Corona de Aragón.

Este depósito histórico es lo que queda de la antigua cancillería real de la Corona de Aragón. Incluye pergaminos referentes al Reino de Valencia; registros del Consejo Supremo de Aragón, 54 volúmenes del Mestre Racional y fondos referentes a señoríos valencianos, según el Ministerio de Cultura. Gracias a estos papeles se puede escribir parte del histórico pasado de los ciudadanos de la Comunitat Valenciana, sobre todo el que arranca en el remoto año de 1318.

El Archivo de la Corona de Aragón nació por el designio de un monarca meticuloso como fue Jaime I, que sabía esgrimir la documentación como arma legal y diplomática para incorporar territorios y jurisdicciones. La práctica de anotar en libros, primero en forma resumida y luego más extensamente, las cartas y órdenes más importantes que la cancillería real sellaba y expedía, empezó en los últimos tiempos del reinado del Conquistador. Esta costumbre, además, se benefició de la extensión del uso del papel.

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La cantidad de antiguas escrituras de la Casa Real, los archivos incautados a los Templarios (1307), y la complejidad de la documentación producida por su propia cancillería, movieron al rey Jaime II (1231-1327) a destinar al depósito dos cámaras del Palacio Mayor de Barcelona. Dicho monarca ordenó la copia íntegra de los documentos en series temáticas de registros, convirtiendo este trámite tan obligado como el mismo sellado.

Su sucesor, Alfonso el Benigno (1327-1336), siguió el ejemplo paterno, y es igualmente enorme el cúmulo de los papeles y escrituras conservados, tanto administrativos como privados. Entrado el reinado de Pedro el Ceremonioso (1336-1387), el archivo real decae en la consideración de archivo particular o privativo del monarca.

Tan meticuloso y ordenancista como su abuelo, o más, Pedro el Ceremonioso se guió por el instinto de conservar la documentación que le interesaba tener a mano para cuando fuera necesario, y desentenderse de valores transitorios. Así mandó expresamente al Archivo de la Corona de Aragón para que allí se conservaran: el Libro de Privilegios de Mallorca, incautado cuando la incorporación de este reino (1344); el Libro de Privilegios de Valencia, cancelado al derrotar la Unión (1348); el original de sus célebres Ordenaciones; el original del Crónica General de sus antepasados que mandó escribir; el proceso contra Jaime de Mallorca; sus discursos a las Cortes y un largo etcétera.

Lo más destacable de Pedro el Ceremonioso es haber convertido el archivo en una oficina permanente de trabajo documental, nombrando archiveros que conservaban y custodiaban los legajos. Las tareas de indiciación de los fondos se instauraron durante esos años.

En los siguientes reinados, a pesar del cambio de dinastía (1412), la funcionalidad del archivo respecto de la Administración Real se mantuvo con variaciones, según el Ministerio de Cultura. Mientras los documentos de la Corona daban fe de los derechos y prerrogativas del monarca (que afectaban los intereses de sus súbditos, aquellos que habían pagado por obtener la ejecutoria de una sentencia, la legitimación de hijos naturales…), el archivo real era público.

Las primeras en pedir accesibilidad a los documentos fueron las Cortes de Valencia, consiguiendo del rey Alfonso, en 1419, que en la Cancillería se confeccionaran registros exclusivos para los asuntos regnícolas, y se custodiaran en el Real de Valencia.

Las Cortes catalanas de 1481 aprobaron una Constitución por la que el archivero real estaba obligado a mostrar las cartas que afectaran a particulares, y dar traslado de ellas. El rey Alfonso prohibió en 1702 que nadie sacara libros, cartas o documentos bajo ningún concepto.

La dinastía borbónica, que como lugar de residencia abandonó Barcelona ante Madrid, cerró el archivo a nuevas incorporaciones en 1727. En 1754, una cédula dictaba el reglamento para el funcionamiento de la extinta cancillería real y por primera vez se refirió a él como Archivo de la Corona del Aragón.

A finales del siglo XVIII, el archivo fue trasladado a una dependencias lúgubres del Palacio de la Audiencia. De allí salió en dirección al Palacio del Lugarteniente en 1853, donde le archivero Próspero de Bofarull se esforzó en poner orden y sacar a la luz el tesoro de papel.

El Archivo de la Corona de Aragón es el pasado de los valencianos impreso en letras que el tiempo no borra, pero no toda la historia de la Comunitat Valenciana está en Barcelona. El Archivo del Reino de Valencia conserva otras muchas joyas de pasta envejecida y con olor a pasado de gran valor.

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cvelasco@lasprovincias.es

Splendid Temple Era Street Found in Jerusalem

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Archaeological excavations being carried out in Ir David, near the Temple Mount in Jerusalem, have uncovered what is said to be one of the most impressive finds in the site: a magnificent terraced street from the Herodian era, which served pilgrims and extended 600 meters from the Shiloah (Siloam) Pool to the Temple.

The store fronts and the splendid appearance of the remains have led researchers to conclude it was Jeruslem’s main street in the Second Temple era.

Drainage canals were exposed under the street. The excavators think these are the canals mentioned by contemporary historian Josephus Flavius, who said the Romans trapped the Jews who hid under the streets. The canals contained some cooking pots and remains of food, which may have served the Jews who hid out there in their final days.

La croisade, premier choc des civilisations

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La motivation des chrétiens est la libération des Lieux saints, et non la destruction de l’islam. S’il arrive que le fanatisme conduise les Occidentaux à commettre le pire, ces expéditions sont aussi l’occasion d’échanges fructueux entre les deux communautés.

De la fin du XIe à la fin du XIIIe siècle, des centaines de milliers d’Européens franchissent, par mer ou par terre, des distances considérables pour atteindre la Terre sainte. C’est souvent au péril de leur vie que ces hommes et ces femmes accomplissent ce voyage. Arrivés sur place, beaucoup prennent part aux combats contre les musulmans. Mais pas tous : certains sont de simples pèlerins dont le seul désir est de se recueillir sur le tombeau du Christ.
Tout commence en novembre 1095. Le pape Urbain II préside un concile, à Clermont en Auvergne. Il y rappelle les principes de la réforme lancée, quelques années plus tôt, par son prédécesseur, Grégoire VII (1073-1085), qui lui a donné son nom : la réforme grégorienne. Le pape profite de la réunion d’un grand nombre de prélats et de quelques nobles laïcs pour lancer un appel en faveur des Lieux saints. Tout au long du XIe siècle, les mauvaises nouvelles se sont accumulées. En 1006, le calife Al-Hakim a ordonné la destruction du Saint-Sépulcre. Plus grave : venus du fin fond de l’Asie, les Turcs se sont emparés de Jérusalem dans les années 1070. Or, nombreux sont ceux qui, depuis des siècles, se rendent sur les lieux où le Christ a vécu. Non sans leur infliger parfois quelques vexations, les Egyptiens se montrent plutôt tolérants à l’égard des pèlerins occidentaux. Les Turcs qui leur succèdent sont beaucoup plus durs. Par ailleurs, ces derniers constituent pour l’Empire byzantin une terrible menace : en 1071, à Manzikert, en Asie Mineure, ils ont écrasé l’armée impériale.

Les relations entre Occidentaux et Byzantins, entre Latins et Grecs, ne sont pas très bonnes. En 1054, le pape et le patriarche, qui veulent chacun la prééminence sur l’autre, se sont mutuellement excommuniés. Pour autant, des deux côtés, en dépit des désaccords et des préjugés, on a le sentiment d’appartenir à la même religion, surtout face aux Turcs. Le sort des Lieux saints et leur accessibilité importent aux uns autant qu’aux autres. Au printemps 1095, une ambassade envoyée par l’empereur Alexis Comnène a imploré l’aide des Occidentaux.

Les historiens se sont longuement interrogés sur les objectifs que poursuivait Urbain II en lançant un appel qui devait changer le cours de l’Histoire. Il est difficile de répondre de façon tranchée. Le but principal est certainement de rendre de nouveau accessibles les Lieux saints aux pèlerins venus d’Europe. Débarrasser la chrétienté des chevaliers pillards des biens d’Eglise, affirmer la suprématie du pontife de Rome sur les pouvoirs temporels, rois et princes d’Europe, dans la lignée de la réforme grégorienne, ou encore encourager l’expansion de la chrétienté ne fait sans doute pas partie des desseins d’Urbain II, même si, de fait, la croisade y contribue. Quant à la guerre contre l’islam, elle n’est pas à l’ordre du jour : il ne s’agit pas pour les croisés d’éliminer l’islam ni de convertir ou d’exterminer les musulmans ; il faut simplement libérer la terre où le Christ s’est incarné.

Relayé par l’envoi de lettres et une campagne de prédication efficace, l’appel du pape connaît un grand succès. Dans le royaume de France et dans toute l’Europe, des milliers de personnes prennent la croix.

Les Etats francs qui se sont constitués après les succès de la première croisade (1096-1099) vont se trouver au contact des Etats musulmans qui les entourent. Dans la seconde moitié du XIIIe siècle, les territoires tenus par les chrétiens s’amenuisent inexorablement. Le dernier port important, Acre, tombe en mai 1291 aux mains des musulmans. L’événement marque les contemporains, sans pour autant susciter un mouvement comparable à la première croisade, deux siècles plus tôt.

La croisade est, de nature, un phénomène religieux. Le monde musulman n’est rien d’autre, pour la plupart des Européens, qu’une vaste « païennerie » : ce n’est donc pas la lutte contre l’islam, méconnu en Occident, qui mobilise les foules. C’est le rappel permanent des dangers que courent les Lieux saints puis, après la perte de Jérusalem, l’insistance sur leur nécessaire reconquête. Le salut de la Terre sainte prend une tournure obsessionnelle.
En un sens, en effet, la croisade est partout en Occident. La préparation de nouvelles expéditions mobilise la diplomatie pontificale et occupe une part non négligeable de l’activité diplomatique entre les cours européennes. De la haute noblesse aux simples fidèles, à tous les niveaux de la société, nombreux sont ceux qui prennent la croix. Cela se voit : ils portent sur leur vêtement une croix d’étoffe. Ils sont dotés d’un statut particulier qui les protège dans une large mesure des poursuites judiciaires, les exempte d’impôts et les dispense même de payer leurs dettes. Leurs privilèges ont une contrepartie : les croisés se sont engagés par un voeu solennel à partir pour la Terre sainte. Seuls le pape et ses légats sont habilités à les relever de ce voeu impératif, moyennant une compensation financière appropriée : les croisés, de ce fait, ne sont plus de simples laïcs.

La dimension religieuse de la croisade conduit les autorités de l’Eglise à accepter, non sans hésitation au départ, la création des ordres militaires. Les chevaliers du Temple et de l’Hôpital, à la fois religieux et combattants, constituent une aberration presque monstrueuse au regard du principe fondamental qui interdit à tout clerc de verser le sang. Présents en Occident, dans leurs fameuses commanderies, Templiers et Hospitaliers illustrent aux yeux de tous le dévouement suprême : la perte de la Terre sainte entraînera la chute des Templiers.

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